Alimentos: ¿Oportunidades o Apocalipsis?

lunes, 29 de julio de 2013
Publicado en Ámbito Jurídico, Vol. XVI, No. 374, 22 de julio al 4 de agosto de 2013


Algunas sombrías voces pretenden imponer en la opinión pública ideas apocalípticas sobre las perspectivas de la agricultura colombiana con los acuerdos comerciales que están entrando en vigencia.

Al calor de las situaciones recientes en que los cultivadores de algunos productos han realizado movilizaciones de protesta por la reducción de sus ingresos reales –generados por factores de la coyuntura internacional o por problemas específicos de la producción, como plagas, o alteraciones climáticas–, aparecen oportunistas que tratan de aplicar el famoso adagio: “en río revuelto ganancia de pescadores”.

Esas visiones generan actitudes derrotistas que eventualmente originarían casos de profecías autorrealizadas; pueden por ejemplo, inducir a los empresarios de un sector del agro a desistir de su actividad, en lugar de perseverar y buscar la forma de superar los cuellos de botella que los afectan. Con ello, el país desperdiciaría las oportunidades que tiene no solo por su dotación natural sino por la situación proyectada a nivel mundial para los productos del agro y especialmente para los alimentos.

En el tema de alimentos en el mundo el punto de partida ya es complejo: en siete de los últimos ocho años creció más el consumo que la oferta, y el crecimiento de los rendimientos se viene desacelerando.

La creciente demanda de alimentos no solo proviene de las economías más pobres que no tienen una producción suficiente. También hay economías desarrolladas y emergentes de rápido crecimiento, que registran déficits cada vez mayores en estos productos. China, por ejemplo, importa alrededor de 95 millones de toneladas de alimentos por año; Japón, 42 millones; Alemania, 33 millones; Corea del Sur, 24 millones; Italia, 25 millones; Egipto, 23 millones; y Rusia, cerca de 15 millones. Para las próximas décadas es posible que esa brecha tienda a ampliarse, por la sostenida dinámica de la demanda y la incierta capacidad de reacción de la oferta. La mayor fuente de demanda provendrá del crecimiento de la población y del crecimiento de las clases medias, a medida que se reduce la pobreza en las economías en desarrollo.

Homi Kharas en un estudio para la OECD (“The emerging middle class in developing countries”) estima que las clases medias en el mundo se incrementarán en más de 3.000 millones de personas entre 2009 y 2030. Este crecimiento repercutirá en una mayor demanda de alimentos, toda vez que la población que sale de la pobreza destina un porcentaje alto de sus ingresos a mejorar la dieta alimenticia.

Según la FAO, para el 2050, mientras la población mundial se incrementará en 34% con relación a la de hoy, la producción de alimentos tendrá que aumentar en un 70%, lo que plantea un reto para la agricultura.

La respuesta de la oferta está en función de mejorar los rendimientos, aumentar la frontera agrícola y contar con buena disponibilidad de agua. Con relación al primero, como ya se enunció, su variación viene siendo cada vez menor, lo cual solo puede ser revertido mediante innovaciones tecnológicas.

Sobre el segundo, estima la FAO que las economías en desarrollo deben crecer en 120 millones de hectáreas las tierras en cultivo y que el 50% de ellas están en siete países: Angola, Argentina, Bolivia, Brasil, Colombia, República Democrática del Congo y Sudán.

En el caso de Colombia, es conocido que hay disponibilidad de tierras con vocación agrícola y agroforestal, para duplicar las 4 millones de hectáreas que actualmente están en cultivos y las 10 millones en agroforestal. Esto requiere como complemento la reducción de áreas en ganadería extensiva y su mejora tecnológica para reducir costos, mejorar eficiencia y crecer la oferta.

En agua, el mundo afronta una creciente escasez en varias regiones, bien sea por problemas climáticos o por efectos de la destrucción de páramos, la deforestación y la contaminación de fuentes, lo que restringe la expansión de la producción de alimentos, especialmente mediante sistemas de riego. Según la FAO, “hoy, más de 1.200 millones de personas viven en regiones con escasez de agua y para 2025 serán más de 3.000 millones”.

Según este organismo, los recursos totales de agua en el mundo ascienden a 47.750 km3/año, y la región con mayores recursos es Latinoamérica, con el 30.1%. Colombia se clasifica como el séptimo país del globo en riqueza hídrica.

En este contexto, son claras las potencialidades de aprovechamiento que surgen para Colombia, especialmente en aquellos mercados en los que tiene acceso preferencial permanente. Con un uso adecuado de los recursos, el énfasis en la superación de los problemas sanitarios, la destinación de más recursos a investigación y desarrollo, la superación de los problemas de acopio y distribución, y la incorporación de más valor agregado a los productos, los empresarios del campo, en vez de declararse derrotados, tienen la oportunidad de salir beneficiados, y, con ellos, el país.

Aritmética y diversificación de exportaciones

martes, 23 de julio de 2013
Publicado en Portafolio el 23 de julio de 2013


Por increíble que parezca, numerosas personas con formación profesional, incluidos algunos analistas económicos, se comieron el cuento de que la concentración de las exportaciones colombianas en los productos mineros es una manifestación más de la desindustrialización del país. Creen que ya no tenemos para exportar sino petróleo y carbón, lo que les demuestra que la industria se está acabando. 

Vaya y venga que un ciudadano del común concluya eso cuando le dicen que las exportaciones mineras eran el 46% de las exportaciones totales de Colombia en el 2000 y que en el 2012 fueron el 73%; y que, además, las industriales bajaron su participación del 30% al 16%. Pero no es tan razonable que personas con educación superior y algo de lógica traguen entero.

Lamentablemente esa visión errada ha hecho carrera y al que miran como ‘bicho raro’ es al que disiente de esa forma de ver las cosas. A riesgo de entrar en ese colectivo, trataremos de mostrar otra cara de la moneda. 

Partamos de un ejemplo hipotético. La empresa Compu-Orange produce dos productos: naranjas y computadores. Inicialmente el 80% de sus ventas se concentra en el segundo producto. Pero las naranjas se ponen de moda intempestivamente, porque así son las modas. Como esa producción no responde automáticamente a los cambios en la demanda, el precio de las naranjas comienza a subir. Y sube hasta tal punto que las naranjas representan ahora el 70% de las ventas de la empresa, aun cuando el volumen de producción de los computadores no cambió. 

¿Podemos concluir que la empresa está abandonando la actividad de los computadores y se está ‘primarizando’? La respuesta es claramente negativa. Hay un fenómeno particular de precios que modificó la composición de las ventas, y nada más.

Veamos ahora el caso de Colombia, comparando los años 2000 y 2012, pero teniendo en cuenta que, a diferencia de Compu-Orange, las cantidades también cambian. Entre esos dos años las exportaciones mineras crecieron en volumen dos veces, mientras que los precios implícitos crecieron 3.6 veces. Así, la diferencia entre las exportaciones de 2000 y las de 2012 se explica en un 28% por aumento en el volumen y en 72% por aumento en los precios.

En ese mismo periodo, las exportaciones industriales (sin agroindustria, porque recogen el impacto de los precios internacionales de los productos básicos) crecieron el volumen 1.7 veces y el precio implícito 1.4 veces. En este caso, los precios explican el 28% del aumento entre los dos años, y el volumen el 72% (lo contrario de lo observado con la minería).

Cabe preguntarse qué hubiera pasado con la composición de las exportaciones si los precios de los mineros se hubieran mantenido constantes en los niveles de 2000; en este caso su participación en las exportaciones totales sería del 43% en 2012, es decir, tres puntos menos. Si mantenemos las industriales con el comportamiento observado, representarían actualmente el 34% del total, es decir, habrían ganado cuatro puntos.

Por lo tanto, no hay tal cuento de la ‘reprimarización’ de la economía o que la composición de las exportaciones es una demostración de la presunta desindustrialización. Los defensores de esas exóticas ideas deberían explicar por qué se mantiene la tendencia ascendente en el volumen exportado si, según ellos, la producción industrial se está deteriorando.

Para la economía colombiana podría plantearse un dilema, por absurdo que parezca: ¿Debería Colombia dejar de exportar petróleo, carbón y los demás mineros, para no ser calificados por los analistas nacionales y extranjeros de ‘primario dependientes’? ¿O aprovechar el auge sin descuidar la producción y las exportaciones de los demás transables?

Desde luego, nadie desconoce los riesgos que implica un auge minero-energético para el resto de la producción transable de la economía. El gobierno los reconoce y por eso adoptó medidas estructurales, como el ahorro de parte de las regalías y la regla fiscal, o coyunturales, como la reducción del endeudamiento externo.

Y con el propósito de preservar y fortalecer la tendencia de las exportaciones industriales, el gobierno fijó una meta de triplicar al 2021 las exportaciones diferentes de las minero-energéticas. Para lograrla, la política industrial, cuya existencia algunos se niegan a aceptar, tiene enfiladas sus baterías a la producción de valor agregado.

Aquellos que critican el alto peso de las minero-energéticas en el total exportado son los mismos que ahora critican al gobierno porque las exportaciones están cayendo; pero no reconocen que la caída de petróleo y las mineras, en valores y en volumen, explican tal resultado, mientras que las industriales siguen creciendo. Ese empecinamiento, deja poco margen para pensar que aceptarán los argumentos aquí presentados… Pero, ahí están.

Ocampo y la industria

viernes, 5 de julio de 2013
Publicado en Portafolio el 5 de julio de 2013


Sin duda, José Antonio Ocampo es uno de los economistas más sobresalientes del país, como lo resaltó una encuesta reciente de un periódico nacional y lo evidencia su brillante trayectoria profesional. Con esos antecedentes, sus opiniones en escritos, conferencias y entrevistas suelen tener eco en el país y en América Latina, dependiendo de su temática. 

Sus más recientes intervenciones no han dejado de sorprender, especialmente por su visión pesimista sobre el país y por la descalificación que hace del manejo de la política económica.

Si bien es cierto que la política económica por su propia naturaleza nunca deja contentos a todos, las divergencias también surgen de las diversas vertientes de pensamiento económico en su concepción; además aparecen cuando el analista cree que su punto de vista es más razonable y más inteligente que el del gobierno; éste último es el síndrome del director técnico de fútbol que todos llevamos dentro.

Sea cual sea su origen, lo cierto es que las afirmaciones de Ocampo en la entrevista dejan clara su discrepancia prácticamente con toda la política económica. En el contexto señalado es “normal” que así sea. Sin embargo, hay algunos aspectos que son muy discutibles y la limitación de espacio solo permite hacer referencia a unos pocos.

El entrevistador sintetizó una de las ideas de Ocampo en los siguientes términos: “Ya van tres trimestres de caídas en el crecimiento de la producción industrial, una recesión indiscutible y el peor episodio de 30 años de desindustrialización”.

Sorprendente que Ocampo, que es un distinguido experto en historia económica de Colombia, caiga en una afirmación tan alegre. Sin pretender hacer un ranking de los peores momentos de la industria, cabe recordar que desde el cuarto trimestre de 1980 y hasta el cuarto trimestre de 1982, la dinámica industrial fue negativa: fueron 9 trimestres continuos registrando caídas anuales. Además, en el primer trimestre de 1983 la industria apenas creció 0.2% anual y luego volvió a caer en los dos trimestres siguientes. Y esto ocurrió con el modelo de economía cerrada que tanto añoran algunos analistas del país y no con el actual, que califican de neoliberal, en el que los TLC supuestamente están acabando con la industria nacional.

También habría que mirar las cifras de la crisis de 1998-1999 y las de la crisis mundial de 2008-2009: 6 y 5 trimestres de caídas consecutivas, respectivamente.

Para comparar la magnitud de estos episodios, resulta útil el cambio del peso relativo de la industria en el PIB, medido como la diferencia entre el indicador en el último trimestre de caída y el anterior al comienzo. Esto indica que el primero repercutió en una pérdida de participación de la industria de 2.2 puntos porcentuales, el segundo en 0.9 puntos y el tercero en 1.4 puntos; por contraste en el más reciente la reducción fue de 0.8 puntos.

Adicionalmente, un análisis de la industria colombiana en el periodo reciente queda cojo si no se mira qué está pasando en el mundo. En lo corrido del presente año, el 62% de los 33 países a los que hace seguimiento el MinCIT en sus informes mensuales de industria (disponibles en la web), registró tasas negativas de crecimiento entre enero y marzo; en abril bajó al 40%. Un comportamiento similar se observó en 2012, cuando países como Brasil tuvieron variaciones negativas todos los meses del año. Independientemente del enfoque de la política industrial implementada esto evidencia que el entorno internacional frenó la industria y en varios países ocasionó recesión.

En ese contexto, lo más probable es que las políticas industriales ayudaron a amortiguar los impactos negativos. Aun así, algunos seguirán insistiendo en que es una prueba de los errores de la política o de su ausencia.

Para finalizar, una breve anotación a una afirmación de Ocampo sobre la revaluación del peso, que “ahora se ha corregido porque la Reserva Federal nos ha ayudado un poquito… Ya que el gobierno y el Banco de la República habían hecho tan poco por corregir la revaluación, le agradezco a la FED que esté haciendo el trabajo por nosotros”. Esta frase es una muestra de su buen humor. Ahora le tenemos que dar gracias a la FED por generar la volatilidad de los mercados financieros del mundo, incluyendo las tasas de cambio que se empezaron a depreciar, por anunciar la intención de frenar el chorro de emisión monetaria a que sometieron al mundo en los años recientes; pero, al tiempo, hay que echarle la culpa al gobierno colombiano y a su autoridad monetaria por no controlar la apreciación del tipo de cambio, que en buena medida es consecuencia directa de esa política monetaria flexible de la FED.

Alimentos: Utopías y realidades

jueves, 30 de mayo de 2013
Publicado en Ámbito Jurídico Año XVI, No. 370 del 27 de mayo al 9 de junio de 2013


En un debate reciente en el Senado de la República sobre “Seguridad alimentaria y el sector lechero”, el senador Robledo defendió su conocida posición sobre la soberanía alimentaria, opuesta al concepto de seguridad alimentaria, conceptualizado por la FAO y adoptado por la mayor parte de países del mundo. 

Esa posición es coherente con sus ideas sobre el comercio internacional de alimentos: el país “debe hacer esfuerzos por producir sus propios alimentos”, porque, de no hacerlo, “quedamos sometidos al chantaje extorsivo que nos quiera hacer el país o la trasnacional a la que haya que comprarle la comida”. En cambio, “la visión del libre comercio, del neoliberalismo, es que no importa en qué país del mundo se produzca la comida mientras yo tenga dónde comprarla”.

La realidad del mundo muestra que la soberanía alimentaria es una utopía. Todos los países exportan y/o importan alimentos en mayor o en menor medida porque el comercio internacional permite el acceso a una amplia variedad de alimentos y es un canal para reducir los problemas de hambre en las economías en desarrollo.

Para la muestra un botón. En 2010 China importó 92 millones de toneladas de alimentos: ¡casi cuatro veces la producción agropecuaria total de Colombia! Entre ellas, 57 millones de toneladas de soya, 6 millones de maíz, 6 millones de aceite de palma, 690 mil toneladas de carne de pollo y 355 mil de leche en polvo. Y no solo eso. Pasó de ser una economía superavitaria en alimentos a una con un creciente déficit, que llegó a US$20 mil millones en 2011; puesto que la producción local no es suficiente, mediante el mercado internacional pueden atender la mayor demanda de nutrientes de los millones de los chinos que están saliendo de la pobreza.

China no es el único botón: en 2010 Alemania importó 31 millones de toneladas en alimentos; Italia 24 millones de toneladas; Japón 43 millones; Corea del Sur 24 millones; y Egipto 24 millones.

No se conocen, al menos en la historia contemporánea, situaciones de chantaje como las sugeridas por el Senador. En cambio sí son notables los casos de hambrunas en economías comunistas defensoras de la autarquía y, en la práctica, del concepto de soberanía alimentaria (aun cuando este fue acuñado en 1996): Los tres de la Unión Soviética: en 1921-1922 con más de un millón de muertos, en 1932-1933 con estimativos entre 6 y 8 millones de muertos, y en 1946-1947 con más de 500 mil muertos; el de China a finales de los años cincuenta en la que murieron más de 20 millones de personas; y los dos de Corea del Norte: uno de 1994 a 1998 en el que se estima que murieron entre 500 mil y 3.5 millones de personas y otro que ocurre actualmente y se desconoce el número de víctimas.

Estas hambrunas ponen en evidencia que la soberanía alimentaria, que el Senador Robledo considera una garantía de abastecimiento de alimentos, no está exenta de riesgos frente a los desastres naturales o a las decisiones erradas de las autoridades económicas o a las veleidades y vanidades políticas de quienes detentan el poder de forma despótica, y prefieren dejar morir de hambre a sus compatriotas antes que reconocer con humildad que tienen un problema de abastecimiento de alimentos y que necesitan del resto del mundo.

Tal vez por las claras lecciones de esos episodios, los propulsores de la soberanía alimentaria reconocieron, en una cumbre en La Habana en 2001, que ese concepto no significa aislamiento de las corrientes del comercio internacional. En la Declaración Final del Foro sobre Soberanía Alimentaria concluyen: “…La soberanía alimentaria no significa autarquía, autosuficiencia plena o la desaparición del comercio agroalimentario y pesquero internacional”.

En el caso de Colombia, nadie es tan miope para pensar en dedicarse exclusivamente a la exportación de petróleo y carbón, e importar todos los alimentos necesarios. Con la dotación de recursos que tiene el país, lo absurdo es no capitalizar su potencial de producción agropecuaria, en particular cuando hay una creciente demanda de alimentos en numerosos países desarrollados y subdesarrollados. Es crucial fortalecer el trabajo del gobierno y el sector privado para mejorar la productividad y superar los cuellos de botella de infraestructura y sanitarios que aquejan nuestra producción; lo que no podemos es quedarnos en los lamentos por las “barreras sanitarias” o soñar con el relajamiento de los estándares de los demás países para poderles exportar.

Pero tampoco tenemos que producir todos los alimentos. Desde hace décadas (o siglos), está comprobado, por ejemplo, que Colombia no es eficiente en la producción de productos como el trigo y la cebada. Insistir en su producción no deja de ser otra utopía, conducente a una mala asignación de los recursos.

Los pollos y el teléfono roto

jueves, 28 de marzo de 2013
Publicado en Ámbito Jurídico, Año XVI, No. 366, 25 de marzo al 14 de abril de 2013

Dicen que a un consagrado escritor –posiblemente Ítalo Calvino, Jorge Luis Borges o Ernst Hemingway– le preguntaron qué son los autores clásicos; su respuesta fue: “los clásicos son unos escritores muy famosos de los que todo el mundo habla pero nadie lee”.

Algo similar está ocurriendo con los TLC en Colombia. No hay día en que no se mencionen en los diarios, la radio y la televisión, las revistas de diversa índole, las conversaciones informales y muchos foros gremiales y académicos. Un amplio porcentaje de los colombianos nos formamos ideas y opiniones sobre los tratados comerciales a partir de estas fuentes.

Pero cuando en la mayoría de ellas se pregunta quién ha leído un TLC, generalmente se producen “silencios embarazosos”. Si eso es así, surge el interrogante sobre cómo formamos nuestras opiniones sobre los tratados comerciales y qué tan bien sustentadas están.

Pareciera que las formamos bajo el supuesto de que quienes hacen las afirmaciones en las diversas fuentes han leído y analizado juiciosamente los tratados. Pero si no lo han hecho, como en muchas ocasiones es evidente, estaremos cayendo en la práctica del teléfono roto, aquel juego infantil en el que se empieza a transmitir un mensaje oral de una persona a otra y al final de la cadena se comprueba que se ha distorsionado, por sencillo que sea.

El problema es que ese teléfono roto, aplicado a temas como los TLC es muy perjudicial. Hace que los ciudadanos se creen falsas ideas tanto sobre las bondades como sobre los riesgos que ellos implican. Lo grave es que parte de esa cadena del teléfono roto la integran formadores de opinión con gran influencia en numerosos lectores.

En un caso reciente, Daniel Samper Pizano, prestigioso columnista, hacía un contraste entre la vieja expresión popular “quién pidió pollo” –con la cual se sentenciaba décadas atrás que era un plato de las élites–, y la realidad actual en la que la carne de pollo está al alcance de la mayor parte de los colombianos. Luego, en dos párrafos se despachó contra el TLC de Colombia con EE.UU.

El autor usa la reminiscencia de la mencionada expresión popular para afirmar que ella volverá a ser vigente porque el TLC presuntamente acabará con la avicultura colombiana. ¿Cómo lo demuestra? Da la cifra de importaciones de “gallinas jubiladas” en enero de 2013 (22.672 kilos) y cita de otro artículo de prensa el monto esperado de las importaciones de cuartos traseros para este año: “2.06 millones de kilogramos”; con esos elementos saca su tajante conclusión: “Nos aguarda una avalancha”.

El columnista incurre en el error de retransmitir un mensaje que ya fue mal emitido por el medio del cual tomó el dato. El contingente o cupo de importaciones de cuartos traseros este año no es “2.06 millones de kilos”, sino 28.1 millones; y si con la primera cifra vaticinó una avalancha, ¿qué apocalíptica conclusión habría sacado con la segunda, que es la del texto del TLC?

Afirmar, ´sin ton ni son´, que por “culpa” del TLC las importaciones de cuartos traseros de pollo desde EE.UU. serán de 28.1 millones de kilos, puede generar temor. Pero si se indica que ese volumen equivale al 2.5% de la producción anual de pollo en Colombia, la interpretación es otra.

Una información balanceada sobre la negociación del pollo en este TLC debería indicar como mínimo: 1. Que el arancel aplicado para las importaciones por fuera del contingente es de 164.4% para los cuartos traseros refrigerados y 70.0% para los condimentados. 2. Que esos aranceles se mantienen iguales para los primeros 5 años en el caso de los refrigerados y de 10 años en el caso de los condimentados; solo después de esos plazos comienza su reducción. 3. Que el plazo total para eliminar los aranceles es de 18 años. 4. Que los contingentes de importación de cada año se negociaron de forma que no pongan en riesgo la producción nacional durante el periodo de desgravación; aun suponiendo que la producción no crezca, en el año 17, las 50.645 toneladas asignadas representarían menos del 5% de la producción nacional. Hay varios elementos adicionales, pero estos serían suficientes para brindar al lector una información de mayor calidad.

Quienes se proclaman como voceros, generadores de opinión, analistas, docentes y conferencistas tienen una seria responsabilidad. En el caso que nos ocupa, tienen la obligación de acudir a las fuentes primarias (es decir, los textos oficiales de los TLC), a las secundarias con alta credibilidad técnica, y sopesar las posiciones antagónicas; así, sus opiniones contribuirán realmente con rigurosos argumentos a cuestionar o a elogiar las decisiones económicas de trascendencia nacional y a orientar a la ciudadanía. En caso contrario, seguirán jugando al teléfono roto.

La catástrofe colombiana

martes, 12 de febrero de 2013
Publicado en martes 12 de febrero en Portafolio.


La economía genera algunos comportamientos sociales predecibles. Uno de ellos es el aumento del pesimismo cuando la actividad económica pierde dinamismo; es un sentimiento que tiende a acentuarse por la existencia de “pesimistas profesionales” que ganan figuración en estas coyunturas.

Siempre están afirmando que el país va camino a la catástrofe y que muchos sectores se van a perjudicar porque los gobiernos de turno no hacen caso de sus permanentes admoniciones y de sus valiosas recomendaciones de política económica. Colombia no es la excepción. En los últimos meses hemos visto cómo los “pesimistas profesionales” muy ufanos salen a cobrar sus “acertadas predicciones”.

Como los ciclos económicos existen, porque son una característica inmanente del capitalismo y ningún economista, por iluminado que sea, ha encontrado la forma de evitarlos, estos pesimistas se sienten “realizados” cuando la economía se desacelera. Entonces empiezan las cantilenas sobre las repetidas ocasiones en que sabiamente anunciaron la catástrofe.

Eso sí, son muy cautelosos al delimitar la cancha de juego para neutralizar críticas. Por ejemplo, enfatizan que no es correcto comparar los resultados de nuestra industria con los de otros países de la región que presuntamente también se están “desindustrializando”. ¿Por qué no tiene sentido? Tal vez porque se evidencia que el fenómeno de desaceleración del crecimiento industrial no es un fenómeno exclusivo de Colombia y, por lo tanto, que el entorno global aporta a la explicación.

Las cifras así lo demuestran. De 58 economías a las que la revista The Economist hace seguimiento permanente hay 31 con registros negativos en el último dato disponible de la industria. Es más, la producción acumulada del sector en Brasil, país que siempre nos ponen como paradigma de política industrial, cayó en 2.7% en 2012 y en 11 de los últimos 12 meses tuvo variaciones negativas. ¿Por qué en una economía globalizada Colombia tendría que ser un bicho raro que no se contagiara?

Otros aprovechan para revelar sus posiciones contra los acuerdos comerciales, que son el blanco preferido de muchos en la actual coyuntura.

Se afirma que los TLC que firmó Colombia no están dando los resultados esperados, pues las exportaciones a esos destinos no crecen. En cambio, los sectores de calzado y confecciones son víctimas de las masivas importaciones, consecuencia de abrir rápidamente los mercados y exponerlos a la competencia global.

Con relación al primer aspecto, cabe recordar que los impactos de los TLC son de mediano y largo plazo y que los aprovechamientos de corto plazo provienen fundamentalmente de la oferta exportable existente. Sin embargo, en una coyuntura mundial de desaceleración, en la que las exportaciones mundiales están cayendo, sería utópico esperar que las de Colombia fueran inmunes a esa situación.

Según la OMC, las exportaciones globales cayeron 0.2% en el acumulado a septiembre de 2012 con relación al acumulado de 2011; las de la Unión Europea bajaron 5.6%; y las de nueve países de América Latina también se redujeron. En ese complejo escenario, las de Colombia crecían al 7.6% anual.

Y con relación al segundo aspecto, la forma en que lo enuncian, haciendo una velada alusión a los TLC, confunde a los lectores desprevenidos. No obstante, es evidente que los “pesimistas profesionales” saben que esas importaciones provienen de China y otras economías asiáticas con las que Colombia no tiene tratados comerciales. Los datos a noviembre de 2012 muestran que el 74% de las confecciones viene de Asia y crecen a tasas superiores al 40% anual. En cambio, las provenientes de países con TLC vigente, o decrecen o aportan modestamente a la variación de estas importaciones.

¿Significa lo anterior que las autoridades económicas no tienen nada que hacer, porque los choques son exógenos? Nada más lejano de la realidad. La crisis mundial de 2008-2009 evidenció las falencias de la regulación financiera en las economías desarrolladas y, en consecuencia, ella está siendo revisada. De igual forma, la coyuntura actual saca a flote los diversos problemas de la economía colombiana, especialmente del sector industrial, y señala la importancia de avanzar en una agenda para superarlos.

Pero el diagnóstico de partida tiene que limpiarse de esa contaminación pesimista, para poder adoptar las medidas adecuadas; en caso contrario, ellas podrían ser contraproducentes. Por ejemplo, tenemos que reconocer el avance que representa la resiliencia de la economía a los choques externos, y no ignorar la diferencia que ellos generan en otros países.

Y también conviene examinar la percepción que prestigiosos analistas internacionales como Moisés Naím tienen sobre nuestro país: “Una de las grandes perplejidades de quienes seguimos a Colombia es la brecha que hay entre el progreso de los últimos años y el pesimismo que reina entre sus ciudadanos”.

Por fortuna, también hay análisis serios que aportan para superar la situación.

EEUU y UE: determinantes del crecimiento global

martes, 29 de enero de 2013
Publicado en Ámbito Jurídico, Año XVI - No. 362; del 27 de enero al 9 de febrero de 2013


Aun cuando el mundo pareciera ir camino de una recesión en 2013, hay factores que pueden reducir esa probabilidad.

La tendencia a la recesión encuentra sustento en los complejos procesos de adopción de medidas de política económica tanto en la Unión Europea, como en Estados Unidos.

En la zona euro persisten los problemas asociados a la crisis de confianza en la deuda soberana. Las decisiones se dan a cuentagotas y solo cuando el desastre parece inminente, razón por la cual los mercados se mantienen en permanente zozobra y aumenta su volatilidad. El economista español Xavier Sala i Martin resume muy bien este comportamiento: “los reformistas europeos solo se mueven a golpe de pánico y como el pánico ha desaparecido desde hace unos meses, los eurócratas han dejado de tener prisa”.

A diferencia de lo ocurrido con la crisis mundial de 2008-2009, este comportamiento impidió la adopción de medidas rápidas y oportunas para conjurar la recesión. La austeridad fiscal desacelera más las economías de la UE a la vez que impide la reducción de los niveles de la deuda pública. La demora en la negociación y aprobación de paquetes de apoyo para las economías con mayores dificultades y la negativa de los gobiernos a aceptar públicamente la urgencia de los rescates, prolonga el desánimo.

Entre tanto, el desempleo sigue creciendo y la baja actividad relativa del Banco Central Europeo contribuye a la apreciación del euro respecto al dólar. Este hecho sumado a los problemas de competitividad de las economías europeas, impide que el comercio tenga un efecto positivo mayor.

No obstante, hay algunos hechos que permiten prever una moderación de las tendencias recesivas en 2013. Alemania, que ha mantenido las posiciones más duras frente a la crisis de la deuda, las ha flexibilizado gradualmente y transmite a los mercados su firme intención de defender el euro.

Adicionalmente, el solo anuncio de las políticas está contribuyendo a restablecer la confianza en la moneda única y a alejar el fantasma de su quiebra, con todos los efectos negativos que podría desencadenar.

Este resultado se observa, por ejemplo, con las declaraciones de Mario Draghi, gobernador del BCE en julio de 2012, en las que anunció que este organismo haría todo lo que fuera necesario para defender el euro, incluyendo la compra masiva de bonos soberanos de los países con mayores problemas; posteriormente hizo la aclaración de que esa compra se aplicaría en el marco de compromisos de ajuste fiscal por parte de esos gobiernos. Aun cuando no se han realizado compras ni compromisos como los mencionados, las presiones de los mercados sobre esos bonos se redujeron notablemente.

En igual sentido han contribuido tanto el acuerdo para poner en funcionamiento un supervisor financiero único para los bancos más grandes a partir de 2014, como las discusiones y documentos de trabajo en torno a posibles acuerdos para complementar la unión monetaria con la unión fiscal y financiera.

En el caso de los EEUU, hay síntomas de recuperación, como el crecimiento del PIB en el tercer trimestre de 2012, el gradual repunte de los indicadores del mercado de vivienda y la reducción de los indicadores de desempleo, aun cuando en este último caso hay preocupación por el lento descenso.

Pero también son evidentes los problemas de incertidumbre que generan las dificultades para la toma de decisiones de política económica. El caso más sonado es el denominado abismo fiscal. Aun cuando su impacto estaba previsto desde el acuerdo de septiembre de 2011 para aumentar el techo fiscal, apenas en la primera semana de 2013 tuvo una solución a medias: el aumento de ingresos será menor al esperado y quedaron pendientes por definir en los próximos meses los temas de recortes de gastos y aumento del techo fiscal.

Sin embargo, en el manejo de la política monetaria no solo se mantiene la flexibilidad de los dos últimos años, sino que potencialmente se amplía. A finales de 2012, la Reserva Federal adoptó lo que se ha denominado como la “regla de Evans”.

Mientras que el compromiso anterior de la autoridad monetaria era mantener la tasa de interés cerca de cero hasta 2015, la nueva regla implica que la expansión monetaria se mantiene hasta que se logre bajar la tasa de desempleo al 6.5% o hasta que la inflación supere el 2.5% anual.

En síntesis, el efecto esperado de las decisiones de política económica en la UE y en EEUU puede prolongar la débil dinámica de la economía mundial, sin ocasionar una nueva recesión, salvo que la resolución del problema fiscal en EEUU tome algún giro inesperado. La mala noticia para las economías en desarrollo será la persistencia de la tendencia de apreciación de la moneda por las políticas monetarias expansivas en ambas regiones.

Buen año exportador

martes, 8 de enero de 2013
Publicado en Portafolio el 8 de enero de 2013

El título puede sonar un tanto extraño o excesivamente optimista cuando se observa que las exportaciones pasaron de un crecimiento del 43% anual en 2011 a uno que probablemente esté en el 7.5% en 2012.

Pero insisto en que es bueno por varias razones. Una, porque las exportaciones totales sobrepasarán el nivel de 2011, y será la cifra más alta en la historia económica de Colombia. Una proyección reciente del BID (“Estimaciones de las tendencias comerciales de América Latina 2012”) calcula su monto en US$61.200 millones; mientras que las exportaciones del conjunto de América Latina apenas se incrementan el 1.5% anual, las colombianas crecen a un ritmo cinco veces mayor.

Otro aspecto sobresaliente en la proyección del BID es que Colombia y Costa Rica son los únicos países de la región que crecen sus exportaciones a todos los grupos de destinos seleccionados por este organismo: Subregión (CAN en nuestro caso), Resto de América Latina, EEUU y Canadá, Asia, Europa, y Mundo.

Dos, porque las exportaciones no minero-energéticas, superarán los US$16.700 millones, cifra mayor al registro del año anterior y muy cercana a la meta de US$16.800 millones establecida por el gobierno para 2012. Dentro de ellas cabe destacar el continuo crecimiento de las exportaciones industriales tanto en valores como en volúmenes, en contravía de los augures de la catastrófica enfermedad holandesa, que presuntamente ya está sufriendo la economía colombiana.

De hecho, quienes pregonan que Colombia está experimentando la enfermedad holandesa deberían explicar cómo las exportaciones industriales mantienen una tendencia creciente, solamente interrumpida por la crisis mundial de 2008-2009 y el cierre del mercado venezolano, en un escenario con marcada tendencia de apreciación de la moneda.

Tres, porque esos resultados se dan en una coyuntura internacional muy compleja, derivada de las situaciones particulares de la Unión Europea, Estados Unidos y las principales economías emergentes.

Las economías europeas entraron en recesión; pese a que están alejando el fantasma de la quiebra del euro, las proyecciones muestran que la Unión Europea cerró el 2012 con tasas negativas de crecimiento y que ellas se mantendrán durante el 2013.

La economía de Estados Unidos no despegó. Aun cuando las cifras de crecimiento del tercer trimestre de 2012 fueron buenas, el ambiente positivo que generó esa noticia tendió a diluirse en el último trimestre por el problema del abismo fiscal (aumentos automáticos de impuestos y recortes de gastos a partir de enero, que pueden ocasionar una nueva recesión en este país). Los juegos de poder entre demócratas y republicanos no permitieron un acuerdo antes de terminar el 2012, aumentando la incertidumbre sobre la forma en que se afrontará el abismo en el primer mes de 2013 y sobre su potencial impacto en la dinámica del PIB.

China, India y Brasil perdieron ritmo, y los precios internacionales de los productos básicos descendieron, aun cuando se mantienen en niveles altos. En el caso de China, la pérdida de dinamismo de la demanda en las economías desarrolladas no pudo ser compensada por el crecimiento del mercado interno, a pesar del supuesto impulso que se le viene dando, justamente para reducir la vulnerabilidad de esta economía a las fluctuaciones externas.

En el caso de Brasil, a los factores estructurales que limitan su crecimiento, como, por ejemplo, los problemas de competitividad y los bajos niveles de inversión, se suman los problemas que acarrea la coyuntura mundial. Las medidas de reactivación adoptadas por el gobierno han tenido escaso impacto, por lo que a finales de diciembre el Banco Central revisó a la baja el crecimiento estimado de 2012 del 1.6% al 1.0%.

Cuatro, porque el comercio mundial se desaceleró rápidamente. Las estadísticas de la OMC muestran que en el acumulado de los tres primeros trimestres las exportaciones mundiales se contrajeron en 0.2% con relación a igual periodo del año anterior. La evaluación por trimestres muestra la continua pérdida de dinamismo, al punto que en el tercero cayeron en 4.2% anual.

En el caso de Colombia las exportaciones crecieron 7.6% anual en el acumulado de los tres primeros trimestres y se contrajeron en 0.1% en el tercero (pero en octubre crecieron 4.8% anual).

Es notable el contraste con lo registrado en los 27 países de la Unión Europea: –5.6% y -8.5% en los mismos periodos. De igual forma, en América Latina nueve países tuvieron variaciones negativas en ambos periodos. Un comportamiento similar se observó en Japón, India, Indonesia, Nueva Zelanda, Australia, Corea del Sur, Malasia, Singapur, Taiwán y Tailandia.

En síntesis, a pesar de la pérdida de dinamismo de las exportaciones, Colombia se diferencia no solo de países de la región sino de un grupo importante de economías de otras latitudes. Una vez más se comprueba la resiliencia de la economía colombiana a los choques externos… y ella no es producto del azar.

Los árboles y el bosque

viernes, 21 de diciembre de 2012
Publicado en Portafolio el lunes 19 de noveimbre de 2012

Hace unos pocos meses se planteó una discusión sobre la orientación exportadora de las empresas colombianas y se presentaron unas cifras que generaron impacto y preocupación. Se divulgó que solo 8 empresas aportan el 53% del total exportado por el país y que apenas el 0.8% del universo empresarial realizó exportaciones en 2011.

El tema está presente de manera explícita o implícita en casi todos los debates sobre diversificación de las exportaciones y sobre el aprovechamiento del potencial de los acuerdos comerciales. Al parecer es un elemento complementario de todos aquellos que indican que la apertura económica de comienzos de los años noventa no ocasionó mayores cambios en la estructura y la vocación exportadora de Colombia.

Las preguntas obligadas que surgen de estos datos son, primera, si Colombia es un caso atípico en el contexto internacional y, segunda, si ese es uno más de los síntomas del subdesarrollo y del cierre relativo de la economía.

Como anillo al dedo viene una investigación que está adelantando el Banco Mundial y cuyos datos acaban de ser revelados en dos documentos de investigación: Caroline Freund y Martha Denisse Pierola “Export Superstars” y Tolga Cebeci y otros “Exporter Dynamics Database”.

En el primer documento se afirma: “Las empresas grandes definen las exportaciones. Hay ejemplos bien conocidos de empresas como Nokia en Finlandia, Samsung en Corea, e Intel en Costa Rica, cada una de las cuales aporta alrededor de 20% de las exportaciones totales de su país. En promedio, la empresa más importante explica ella sola alrededor del 15% de las exportaciones no petroleras en 32 países en desarrollo entre 2006 y 2008”.

Esos datos son interesantes, pero hay una novedad de mayor impacto: en las economías en desarrollo “el 1% de los mayores exportadores aporta en promedio el 53% de las exportaciones durante el mismo periodo… El 5% contribuye con cerca del 80% de las exportaciones, y el 10% con casi el 90%”.

En el caso de Colombia, el 1% de los exportadores principales contribuyó con el 51.8% del total del valor exportado no minero (el capítulo 27 no se incluye) en 2009; por lo tanto, la concentración es un poco inferior a la media de las economías en desarrollo.

Para el mismo año, el indicador de Brasil fue 56.3%, el de Chile 75.7%, Costa Rica 58.2%, México 66.7% y Perú 77.1%. De la región, solo los datos de Ecuador, El Salvador y Nicaragua son inferiores al colombiano.

También es notable la concentración en economías desarrolladas, como España con un indicador de 63.6% y Bélgica con 60.2%. En Noruega y Suecia fue 72.4% y 73.9%, respectivamente, en 2006 (último año reportado por esos países).

La publicación de la base de datos permite contrastar con otros países que no están incluidos en ella, pero cuentan con amplia información pública. Es el caso de Estados Unidos, que para 2010 identificó 293.131 exportadores (U.S Census Bureau “A Profile of U.S. Importing and Exporting Companies, 2009-2010”).

El cruce de estos datos con el total de empresas de los Estados Unidos indica que las exportadoras representan alrededor del 1.1% del universo empresarial, es decir, 0.3 puntos porcentuales más que Colombia.

Tomando las empresas de menos de 250 trabajadores (para asimilarla a nuestro concepto de pyme), se observa que ellas son el 96.3% de las exportadoras y el 29.7% del valor exportado.

También se puede corroborar que este país sigue una tendencia similar a la de otras economías desarrolladas, pues las 2.000 empresas exportadoras más importantes, que representan el 0.7% del total, exportaron el 76.9% del valor en 2010.

Los resultados de la base de datos del Banco Mundial tendrán profundas repercusiones en muchos de los postulados hasta ahora planteados por estudios tanto empíricos como conceptuales, lo que, sin duda, será fuente de controversia.

A manera de ejemplo, según uno de los enunciados que formulan Freund y Pierolla “la ventaja comparativa revelada es definida en gran medida teniendo unos pocos gigantes y no teniendo muchas empresas”.

En otro afirman que “el crecimiento del comercio y la diversificación dependen esencialmente de la creación de un ambiente en el que las grandes empresas se pueden desarrollar”.

Pero volviendo a nuestro tema, es evidente la diferencia de apreciaciones que surge cuando nos maravillamos de ver un árbol a cuando vemos el bosque y podemos comparar sus diferentes integrantes.

Desde luego, hay que continuar en el empeño de incrementar el número de empresas exportadoras para aprovechar los acuerdos comerciales. Y hay que hacer todos los esfuerzos que sean necesarios para que el valor medio por exportador sea mucho mayor. Pero viendo la estructura empresarial exportadora del mundo, el objetivo, antes que aspirar a cambiar radicalmente su concentración, debe ser más bien crecer las exportaciones de valor agregado.

Eso somos

jueves, 13 de diciembre de 2012
Publicado en el diario Portafolio el jueves 13 de diciembre de 2012

Algo debe pasar con lo que somos los colombianos, o lo que creemos que somos. Siempre nos hemos vanagloriado de ser los más vivos de la región, de nuestra astucia (¡más que la del Chapulín Colorado!), de tener malicia indígena.

Sin embargo, eso no parece reflejarse en nuestro desempeño económico. Casi por cualquier variable que nos comparemos con la región, nos ubicamos en la mitad, tal vez con las excepciones de la inflación (una de las más bajas) y el desempleo (la más alta). Por lo tanto, somos tan aburridos como los promedios: no registramos el crecimiento más impresionante, pero tampoco las más devastadoras crisis. Simplemente ahí vamos con nuestro nadadito de perro.

Juan Carlos Echeverry cerró su gestión en el Ministerio de Hacienda lanzando al mundo la noticia de que somos la tercera economía de América Latina, pues el valor de nuestro PIB superó el de Argentina. Lo que pocos recuerdan de esa noticia es que el propio Ministro explicó que ese hito no se debía a nuestro espectacular crecimiento (pese a que en el presente siglo tenemos un buen desempeño) sino a los problemas de manejo económico que presionan la devaluación de la moneda de ese país.

Además, somos muy conformes. Nos acomodamos a algo y de ahí no nos queremos mover; cambiar se vuelve algo tortuoso. Y cuando un cambio se anuncia, la reacción es inmediata: ¡No estamos listos!, ¡no estamos preparados!, ¡nos van a acabar! Entonces sacamos toda la artillería que sea necesaria para defender el status quo.

Mientras que un economista como Jagdish Bhagwati desarrolla el concepto de ventaja comparativa caleidoscópica, para describir una realidad mundial, en la que las ventajas competitivas de un sector se desplazan de un país a otro por el surgimiento de nuevos sectores, en Colombia nos aferramos a lo que hemos hecho por décadas.

Nos negamos a aceptar que hay sectores que ya cumplieron su ciclo y que otros países son los que tienen la ventaja. Como resultado tenemos sectores que demandan cada vez más protección (sobre todo no arancelaria), con la amenaza de generar desempleos y nefastos impactos sociales. Con esto cerramos las posibilidades de desarrollar nuevos sectores y nuevas habilidades, a la vez que nos rezagamos en competitividad.

Pasamos fácilmente de la euforia al sentimiento derrotista. No es sino recordar lo contentos que andamos con Falcao. Pero esperemos a verlo en un partido en el que la selección Colombia esté perdiendo o simplemente no logre un gol, para ver cómo se desahoga el técnico de futbol que todos llevamos adentro. ¡Qué le pasa! ¡Se le olvidó jugar fútbol! ¡Claro, es que como aquí no le estamos dando euros o dólares, no suda la camiseta!

Ante cualquier escándalo la primera solución que se nos ocurre es expedir una norma. Lo ilustra el caso reciente de un proyecto de ley para hacer obligatorias las pruebas de alcoholemia porque se desató un escandalo cuando un congresista presuntamente ebrio se negó a hacerla.

Entonces nos ufanamos de ser un país de leyes (santanderistas, dirán algunos). Pero también tenemos un dicho de aplicación generalizada: “hecha la ley hecha la trampa”. Más se demora la expedición de una norma que su incumplimiento. Montones de casos lo ilustran, pero basta con recordar las normas de tránsito y ver el comportamiento de motociclistas, conductores de bus, peatones y hasta las propias autoridades de tránsito. ¿Cuántos peatones sufren accidentes de tránsito debajo de los puentes peatonales? ¿Y cuántos conductores de transporte público adeudan millones de pesos en infracciones y siguen en la jungla (perdón, en las calles) cometiendo atropellos?

Otra característica es “esperemos a ver qué pasa”. Siempre estamos confiados en que las reglas, las obligaciones, las tareas pueden ser aplazadas. Como consecuencia, no nos preparamos como toca. El caso lo ilustran algunos empresarios frente a las negociaciones comerciales ¿Cuántos han emprendido proyectos de reconversión para reducir las brechas de productividad? ¿Cuántos aprovecharon la demora de casi seis años para la entrada en vigencia del TLC con EEUU?

Y, por si fuera poco, tendemos a subvalorar lo que somos y hacemos, mientras endiosamos lo que otros hacen, a pesar de que un análisis sencillo derriba muchas de esas creencias. En el debate sobre la política industrial ponen como modelo las medidas adoptadas por Brasil en los años recientes, justamente cuando el desempeño de la industria colombiana es muy superior al de ese país.

Qué mejor cierre que una cita textual de una entrevista que le hizo Bocas a Luis Alberto Moreno en septiembre pasado: “Revise las carátulas de The Economist de los últimos tres años, de los periódicos de todo el mundo; es posible decir –wow– el mundo se está acabando. Esas mismas revistas hablan maravillas de Colombia y usted lee las de aquí y Colombia es un desastre”.