Mostrando entradas con la etiqueta Pirámides. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Pirámides. Mostrar todas las entradas

Apocalipsis financiero

miércoles, 13 de enero de 2010
Publicado en el diario La República el 4 de febrero de 2009


Un desocupado, que se escuda tras el anonimato como “empleado bancario, miembro de la junta directiva de un banco colombiano”, está propalando en internet un libelo en el que anuncia el Apocalipsis en Colombia, por cuenta del sector financiero.

En su opinión, el mundo va hacia una crisis económica sin precedentes; por eso los banqueros decidieron establecer un “corralito” al estilo argentino, para proteger sus millones y evitar que los ahorradores puedan retirar los ahorros. Además, asegura que, bajo su presión, el gobierno ha tomando diversas medidas entre las que se cuentan las sanciones a prestamistas y compraventas y la quiebra de “mecanismos alternativos de ahorro como las cooperativas y las pirámides”. Con esos argumentos, invita al retiro masivo de los depósitos de las entidades financieras e incita al no pago de las deudas.

Cierto es que la economía mundial está atravesando una fase de recesión, pero los economistas no acaban de ponerse de acuerdo sobre su magnitud; mientras que algunos la califican como la más grave desde la Gran Depresión, otros consideran que no será tan profunda ni tan prolongada.

En el caso de Colombia, todas las proyecciones apuntan a una desaceleración de la economía, pero ningún analista está pronosticando una crisis. Este sólo hecho desvirtúa totalmente la sarta de barbaridades del presunto “empleado bancario”.

Queda en evidencia que el autor no tiene ni idea de cómo funcionan los bancos. Si lo supiera, sabría que su invitación puede desatar una crisis de confianza y entendería que sus afirmaciones carecen de asidero en la realidad.

Los bancos no son como las panaderías, en las que el dueño resuelve si abre o no. El sistema financiero tiene unas concesiones que le da el Estado –como la exclusividad en el manejo del ahorro de la sociedad–, pero también tiene obligaciones. Por ejemplo, contar con un capital mínimo; manejar prudentemente los recursos de los ahorradores; medir los riesgos que asume; hacer provisiones para proteger el ahorro frente a potenciales pérdidas de cartera o inversiones; revelar información; y, por supuesto, contar con la liquidez necesaria para entregar los recursos a los depositantes cuando ellos los soliciten.

Sería cosa de locos que todos los banqueros resolvieran cerrar los bancos de la noche a la mañana, en un escenario en el que sus niveles de solvencia están por encima de los estándares internacionales, la calidad de la cartera es buena –a pesar del leve deterioro reciente–, tienen provisiones altas, y las utilidades registran un sólido crecimiento. Hacerlo sería un suicidio, pues no sólo llevaría la banca a la quiebra sino que inmediatamente quedaría paralizada toda la economía.

La historia muestra que los banqueros que cierran un banco lo hacen porque están quebrados y entonces tienen que responder por sus actos, incluso con su patrimonio.

También muestra la historia que la actividad del banquero no siempre es del agrado de todos. Según Jacques Attali, a finales de la edad media la banca era una de las pocas actividades permitidas a los judíos; y no por sus habilidades innatas, sino por “…la presión de los otros a los que les es necesario este oficio, pero que, sabiendo el odio que despiertan quienes se dedican a ello, lo hacen desempeñar a sus enemigos”.

Convertir esos odios en una invitación a boicotear la actividad del sector financiero, además de evidenciar poco sentido común, muestra la proclividad del autor al delito del pánico económico. Es evidente que al pretendido “empleado bancario” no lo guía un “sentido profundo de patria” sino sus viscerales animadversiones. ¿Se trata acaso de uno de los promotores de las pirámides?

El mito del rey Midas o…

Publicado en el diario La República el 21 de enero de 2009


Hay conductas económicas que chocan frontalmente contra la pretendida racionalidad del ser humano. Así lo demuestran fehacientemente los episodios de las pirámides financieras.

El economista Xavier Sala i Martin describe la percepción esperada de un consumidor racional ante las ofertas de enriquecimiento rápido: “Si una inversión obtiene una rentabilidad extraordinariamente elevada es porque tiene un riesgo extraordinariamente elevado. Y riesgo quiere decir que el cliente puede ganar mucho... pero también puede perder mucho dinero... Y cuando se prometen retribuciones excesivamente altas y seguras –es decir, sin riesgo–, es que hay gato encerrado”.

Pero aún a sabiendas del altísimo riesgo de las inversiones que ofrecen pajaritos de oro, muchos ciudadanos son víctimas de los cada vez más refinados estafadores. ¿Existe algún colombiano ingenuo que siga creyendo en actividades financieras legales que renten el 200 o el 300%, cuando la tasa de interés de un crédito bancario de consumo –que todos consideramos muy alta– bordea el 30% anual? ¿Podemos presumir que las personas de escasos recursos, que llevaron sus ahorros a las pirámides colombianas no percibían el riesgo al que se estaban exponiendo? ¿Actuaron racionalmente quienes tomaron créditos de los bancos o vendieron activos fijos para “invertir” en las pirámides?

Las explicaciones a este comportamiento no son fáciles y son objeto de estudio de los especialistas en sicología de los consumidores. En un artículo reciente, el sicólogo Stephen Greenspan (“Anatomía de la credulidad”) afirma que “las estafas financieras son sólo una de las muchas formas de ingenuidad humana, junto con la guerra (el Caballo de Troya), la política (las armas de destrucción masiva en Irak), las relaciones sentimentales (seducción sexual), la ciencia patológica (fusión fría) y las modas médicas pasajeras”.

Para Greenspan, la credulidad o ingenuidad genera en el comportamiento social un efecto rebaño: “la tendencia de los humanos es modelar sus acciones (especialmente cuando involucran temas que no comprenden por completo) siguiendo el comportamiento de otros humanos”. Cuando los primeros inversionistas de una pirámide cuentan a sus parientes y amigos los fantásticos rendimientos que han recibido, crean socialmente la impresión de seguridad en la inversión y anestesian las alertas que el consumidor racional dispara ante el riesgo.

Otro comportamiento atípico de los consumidores es la negación a aceptar que fueron estafados y, en cambio, asumir acciones en defensa de sus estafadores. La experiencia más relevante es la de Albania, país en el que las pirámides financieras involucraron los ahorros de dos tercios de la población; el destape de las estafas y la posterior persecución a los estafadores por parte del gobierno –que fue patrocinador de ellas– generaron el rechazo de los estafados; las protestas alcanzaron dimensiones de guerra civil, y entre 1996 y 1997 causaron la muerte de más de 2.000 personas.

En Colombia hemos presenciado múltiples manifestaciones, huelgas de hambre, campañas en los medios de opinión y demandas penales contra las decisiones del gobierno, por ordenar la liquidación de las pirámides y la captura de sus promotores.

Por si no fueran ya raras las conductas mencionadas, los defraudados esperan que las decisiones irracionales en la administración de sus patrimonios sean compensadas por el gobierno con recursos del presupuesto; esto es, que los compensemos los demás colombianos. Lamentablemente, en este objetivo son acompañados por algunos medios y ciertos políticos y analistas que consideran culpable al gobierno por las pérdidas derivadas de tan insensatos comportamientos.

La sicología del consumidor muestra que, en determinadas circunstancias, las personas tienden a creer que el mito del rey Midas es real. ¿Cómo evitar la repetición de los comportamientos ingenuos que periódicamente incentivan el surgimiento del fraude?

Quien no conoce la historia…

miércoles, 30 de diciembre de 2009
Publicado en el diario La República el 12 de diciembre de 2008


…Está condenado a repetirla, dice el adagio popular. No obstante, ese principio no aplica a las crisis financieras. Si aplicara, las lecciones de la crisis de las Saving and Loans de los años ochenta y de la Gran Depresión de finales de los veinte hubieran contribuido a evitar el actual colapso en Estados Unidos. De igual forma, en Colombia no estaríamos viviendo el drama generado por las pirámides, pues en la historia tenemos varios antecedentes.

Todas las crisis financieras tienen dos factores comunes, como enfatiza Charles Kindleberger en el clásico “Manías, pánicos y cracs. Historia de las crisis financieras”: la ambición desenfrenada y la irracionalidad económica. A ellos habría que sumarle dos, que podríamos denominar la pérdida del sentido de realidad y la inteligencia post facto.

Sin duda, el primero fue el combustible de las pirámides en la experiencia colombiana reciente: la ilusión de una riqueza fácil nos torna cándidos frente a los estafadores y a los riesgos que asumimos.

La irracionalidad se evidencia cuando, por ejemplo, los agentes económicos pierden de vista la existencia de los ciclos económicos. No hay auges eternos, pero, aún así, los inversionistas actúan como si lo fueran.

Con la pérdida del sentido de realidad, nadie se percata de la gravedad de los hechos hasta que es demasiado tarde. ¿Por qué las autoridades de supervisión de Estados Unidos, consideradas entre las más sólidas del mundo, no vieron el problema? ¿Por qué la Superfinanciera, que ha dedicado ingentes recursos a la formación técnica y a mejorar la regulación de riesgos financieros después de la crisis de los noventa, no vio venir la tormenta?

Pero los críticos también la sufren. ¿Quién en los Estados Unidos percibió que se estaba fraguando una crisis de magnitudes tan enormes como para borrar del mapa en pocos días la poderosa banca de inversión? ¿Quién en Colombia previó las grandes dimensiones que alcanzarían las pirámides y el complejo problema social que generarían? …Nadie.

Pero siempre hay quienes declaran que ellos si lo anticiparon y llamaron la atención. Si así hubiera sido ¿por qué no echaron mano de todo su poder para propiciar la reacción de la sociedad?

Alguien mencionó que escribió un editorial en un prestigioso medio; otro, que habló del tema en un debate en el Congreso de la República y uno en un medio radial. ¿Por qué se resignaron a una tímida manifestación que se perdió en la avalancha diaria de información? ¿Por qué los pocos privilegiados que veían la realidad, en lugar de armar escándalo, actuaron frente a la sociedad y a los reguladores como un bombero que deja a un niño jugar con fósforos en un polvorín?

Dicen que todos somos inteligentes analizando la historia. Juzgar los hechos ya ocurridos permite a muchos inteligentes pavonearse, criticando la presunta ineptitud de las autoridades, su ceguera y su demora para actuar.

No conformes, se erigen en jueces que señalan a los culpables y los juzgan públicamente. En los medios, por ejemplo, se han visto y oído declaraciones y opiniones que señalan al sector financiero como causa implícita de las pirámides.

Afirmar que las dificultades de acceso al sector financiero y los bajos intereses que pagan por los ahorros forzaron a las personas a poner en riesgo sus recursos es una exageración. Fueron muchos los que tomaron créditos de libre disponibilidad de los bancos para perseguir una ilusoria ganancia mediante el arbitraje. Y no puede forzarse al sector financiero a remunerar el ahorro por encima de lo razonable en las condiciones macroeconómicas del país.

Lo urgente es crear los cortafuegos que aíslen el problema de las pirámides y no echarle más leña al fuego.