Mostrando entradas con la etiqueta TLC. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta TLC. Mostrar todas las entradas

Comercio exterior en deuda

viernes, 24 de agosto de 2018
Publicado en Portafolio el viernes 24 de agosto de 2018

Es pertinente evaluar en términos agregados el comercio exterior durante los dos últimos gobiernos, con el fin de precisar los retos que enfrenta la actual administración en esta materia.

El éxito o el fracaso de la política comercial no se puede medir por el superávit o déficit en la balanza comercial, como lo pretenden muchos de los supuestos peritos en TLCs.

En una economía globalizada, la evaluación más agregada es la participación de las exportaciones en el PIB. La de bienes y servicios era el 14.8% del PIB en 2002 y fue igual en 2017; en el mismo periodo, la media mundial pasó del 25.4% al 28.5%. Además, por el coeficiente de apertura (exportaciones sobre PIB), Colombia clasificó en el puesto 124 entre 137 países en el World Competitiveness Report 2017-2018.

Otro indicador es la participación de las exportaciones en el total mundial. En valores, en 2002 Colombia participaba con el 0.18% y aumentó hasta 0.32% en 2013, para finalmente caer al 0.21% en 2017; es decir, “ganamos” tres décimas. Pero el problema es que hubo una bonanza de precios de productos básicos, que distorsiona los comportamientos reales; por eso, después de la participación alcanzada en 2013 se perdió gran parte del supuesto avance.

La apreciación de la tasa de cambio, producto de la bonanza, originó un problema de enfermedad holandesa que redujo la competitividad de las exportaciones industriales y repercutió en la pérdida de participación global. En 2002 eran el 0.22% de las exportaciones manufactureras mundiales y en 2017 fueron el 0.14%.

Debido a la alta dependencia de los minero-energéticos (72% del total en 2013), el efecto precios de la bonanza incrementó la concentración de la canasta exportadora. El índice de Herfindahl-Hirschman, IHH (en escala de cero a 10.000), estuvo en niveles por debajo de 700 hasta 2007 y subió a 2.400 en 2013 (por encima de 1.800 se considera alta concentración); solo con el derrumbe de los precios del petróleo en 2014 empezó a disminuir el IHH.

Por la distorsión que ocasionan los precios, el análisis en términos de volumen refleja mejor la evolución de las exportaciones. El total se multiplicó por 2.5 entre 2002 y 2017, mientras que las no minero-energéticas apenas lo hicieron por 1.2; estas últimas crecieron hasta 2007 y luego se estancaron; igual comportamiento se observa en las industriales.

Como decía un Ministro de Comercio, para exportar petróleo no se necesitan TLCs; esos acuerdos son para diversificar las exportaciones. Comparando el año de vigencia de cada acuerdo con 2017, el IHH revela una mayor concentración con Canadá, Chile, México y Mercosur. Disminuye con Estados Unidos, Unión Europea, EFTA, la CAN, el Triángulo Norte Centroamericano; pero en todas las economías desarrolladas la reducción del IHH refleja la caída en las exportaciones de minero-energéticos, más que el aumento de las no minero-energéticas.

Conclusión, seguimos siendo una economía cerrada, el volumen muestra bajo crecimiento y la concentración en minero-energéticos sigue siendo muy alta, especialmente con las economías desarrolladas.

Con ese punto de partida, el gobierno Duque enfrenta enormes retos de competitividad y diversificación, en un mercado internacional cada vez más complejo por la inminencia de una guerra comercial y por los impactos negativos de la tecnología en las cadenas globales de valor.

Las diferencias en el desarrollo regional

viernes, 13 de octubre de 2017
Publicado en la Revista Fasecolda No. 167, octubre 2017

La nueva geografía económica postula que la distribución espacial de la producción es dinámica; cambia con el modelo de desarrollo económico y con la forma de vinculación de las economías al comercio mundial.

Los empresarios de cualquier actividad económica deberían hacer una revisión periódica de los cambios que se están propiciando en la localización de la producción; con base en ella pueden adoptar las decisiones estratégicas que les permitan no solo la continuidad del negocio en la nueva distribución geográfica, sino el aprovechamiento de oportunidades emergentes.

Competitividad y localización

En el caso colombiano, se escucha todavía el trivial argumento de que estando a mil kilómetros de las costas no somos competitivos, especialmente cuando no contamos con una infraestructura moderna, y que, por eso, los acuerdos comerciales tendrán impactos negativos en la economía.

Ese argumento desconoce que las importaciones también tienen que recorrer esos mismos mil kilómetros para competir con la industria y los servicios locales y que la deficiente infraestructura impacta sus costos de operación como lo hace a los productos nacionales.

En realidad, el problema de competitividad es evidente cuando una empresa localizada en Bogotá, por ejemplo, usa insumos importados que tienen que pagar un arancel y luego atravesar medio país para ser incorporados en un producto destinado al comercio exterior; posteriormente, ese producto debe recorrer los mil kilómetros para salir del país a los mercados internacionales.

Desde hace mucho tiempo, la economía internacional señaló que la distancia actúa como un arancel; entre más kilómetros deba recorrer un producto para llegar a su mercado de destino, más costos de logística incorporará y menos competitivo será frente a los que hacen recorridos menores.

Más elocuentemente lo señaló un estudio del BID titulado Muy lejos para exportar. Su conclusión es tajante: competir en los mercados internacionales cuando la producción se localiza a miles de kilómetros de los puertos es imposible (Mesquita, et al; 2013).

¿A qué lleva todo esto? A que la actual distribución espacial de la producción colombiana es herencia del modelo de sustitución de importaciones. Recordemos que en ese modelo se pregonaba que primero se debía desarrollar el mercado interno y después, cuando el aparato productivo fuera competitivo, se abriría la economía y se lanzarían las empresas a la conquista de la economía mundial.

Ese ideal no fue alcanzado porque las políticas proteccionistas generan sesgos antiexportadores, mala asignación de los recursos en la economía e ineficiencias en la producción, que son pagadas por los consumidores (Little, Scitovsky y Scott, 1975).

Lo anterior significa que en una economía globalizada, si el modelo económico de un país cambia hacia una economía abierta, la distribución espacial de la producción debe cambiar, para no incurrir en el riesgo de desaparecer frente a la competencia internacional.

El caso de Colombia

Colombia intentó inducir el cambio de su geografía económica con la apertura unilateral del presidente Gaviria en 1991. Se bajó el arancel promedio, cercano al 50%, al 11%, se eliminó la licencia previa, se desmontó el control de cambios y se suprimieron las restricciones a la inversión extranjera.

Pero esa política no cambió la distribución espacial de la producción porque la reacción de los empresarios fue la intensificación del cabildeo para sustituir la protección arancelaria por la no arancelaria. Un estudio de investigadores del Banco de la República demostró la explosión de barreras no arancelarias desde la apertura económica: de 1.102 medidas que estaban vigentes en 1991, se llegó en 2007 a 24.357 (García, et al; 2014).

Desde entonces, nominalmente la economía fue clasificada como «abierta», cuando en la práctica siguió siendo cerrada. Como consecuencia, muchos empresarios no adoptaron las decisiones de inversión y modernización que demandaba el nuevo entorno; tampoco relocalizaron las empresas (Fernández, 1998) y menos aún se desarrolló una orientación exportadora que se reflejara en cambios estructurales en la canasta de exportación.

En lo corrido del presente siglo las cosas empiezan a cambiar con la negociación de los tratados de libre comercio (TLC), pues ellos implican compromisos internacionales que hay que cumplir y ante los cuales el cabildeo pierde fuerza. Los TLC tendrán profundas repercusiones sobre el aparato productivo del país: inducen reformas regulatorias y la adopción de los mejores estándares técnicos; los empresarios tienen que incrementar la calidad de los productos y servicios; propician la modernización tecnológica de los procesos de producción; desencadenan la reasignación de recursos desde actividades ineficientes hacia actividades con ventajas comparativas; e incentivan las decisiones de relocalización, si la opción es aprovechar las ventajas de acceso preferencial obtenidas.

Hay quienes tienen afán de juzgar los TLC y aprovechan los resultados deficitarios en la balanza comercial para aseverar que son un fracaso. La realidad es que pocas cosas han cambiado, por un lado, por la inercia de décadas de proteccionismo y, por otro, porque los acuerdos con mayores impactos esperados llevan poco tiempo de vigencia y la reasignación de recursos no se produce de forma inmediata. Por eso, seguimos clasificando como una de las economías más cerradas del mundo en las comparaciones internacionales.

Según el Global Competitiveness Report 2016-2017, en los coeficientes de exportaciones e importaciones sobre PIB quedamos en el puesto 126 entre 138 países; en el arancel, con un nivel nominal promedio del 6.4%, en el puesto 79; y en barreras no arancelarias en el puesto 94 (Schwab, 2016).

Las cifras disponibles muestran que se están registrando algunos cambios en la distribución espacial de la producción nacional, pero no son los esperados.

La evaluación de la participación de los departamentos en el PIB entre 2000 y 2016 indica que 14 departamentos perdieron 5.8 puntos, que fueron ganados por ocho, mientras que los restantes 11 la mantuvieron inalterada. Entre los perdedores están, como se esperaba, Bogotá y Cundinamarca; pero sorprende que hagan parte de ese conjunto el Valle, Atlántico y Magdalena (cuadro 1). Especialmente llama la atención el caso de Atlántico, pues es la región con mayores cambios aparentes en los años recientes y hacia donde es más probable la relocalización de empresas.


Entre los ganadores también hay sorpresas (cuadro 2); lideran Meta y Santander, con tres cuartas partes del incremento mencionado, y solo hay un departamento con puerto marítimo: Bolívar.


De estos, el Meta es un departamento petrolero, lo que explica su repunte de casi tres puntos en la participación en el PIB nacional; su producción de petróleo pasó del 0.4% del PIB nacional en 2000-2004 al 3.0% en el periodo 2013-2016. Pero la tendencia de producción de este hidrocarburo es a la baja, por lo que su importancia relativa viene declinando, igual que la participación del departamento en el valor agregado de Colombia; lamentablemente, la bonanza de precios internacionales del petróleo no se aprovechó para diversificar la estructura productiva departamental.

El caso de Santander es más llamativo, pues está lejos de los puertos. Su mayor participación en el PIB del país es aportada, en orden de magnitud, por la construcción, la industria y la minería. En el sector industrial es fundamental la actividad de refinación, que ha impulsado el desarrollo de la metalmecánica y los servicios empresariales a las petroleras; ellas se suman a la producción tradicional de calzado y confecciones y a los importantes avances en medicina, con particular orientación al turismo de salud, y en avicultura.

Santander también registra un notable incremento de su PIB per cápita, que pasó del cuarto al segundo puesto entre 2000 y 2016, superando el de Bogotá en un 16% en este último año (gráfico 1). Finalmente, excluyendo al Meta, Santander registra la segunda productividad laboral más alta de Colombia, después de Bogotá.


Reflexiones finales

Los cambios que se vienen registrando en la distribución espacial de la producción colombiana no parecen responder a las tendencias de globalización y de aprovechamiento de los TLC.

Con excepción de los servicios que no requieren relocalización –como el turismo de salud en Santander–, la producción de manufacturas de exportación demanda la instalación de plantas cerca a los puertos.

Transcurridos más de 25 años desde la apertura unilateral, es vital entender por qué no están ocurriendo los cambios esperados en la geografía económica del país y qué se debe hacer para incentivar la relocalización. Esperemos que sean preguntas centrales en los debates que se avecinan.

Bibliografía

Fernández, C. (1998). "Agglomeration and Trade: The Case of Colombia". Ensayos sobre Política Económica, No. 33. 

García, J., López, D., Montes, E. y Esguerra, P., (2014), "Una visión general de la política comercial colombiana 1950-2012". Borradores de Economía No. 817.

Little, I., Scitovsky, T. y Scott, M. (1975). Industria y comercio en algunos países en desarrollo. Fondo de Cultura Económica, México.

Mesquita,M., Blyde, J., Volpe, C. y Molina, D. (2013). Muy lejos para exportar. BID, Washington.

Schwab, K., (2016). World Competitiveness Report 2016-2017. World Economic Forum, Geneva.




Destrucción de empleos en EE.UU.

viernes, 21 de abril de 2017
Publicado en Portafolio el viernes 21 de abril de 2017

Hace algunos años, durante la negociación de los TLC, los críticos aseveraron que generarían desempleos al tornar deficitaria la balanza comercial. Fue necesario demostrarles que tanto las exportaciones como las importaciones generan empleos y crecimiento (Hernán Avendaño “¿Por qué negociar acuerdos comerciales?”. Revista Civilizar de Empresa y Economía, 2011).

Curiosamente, los críticos criollos se deben sentir en su salsa con las posturas de Donald Trump, que satanizan las importaciones y les atribuyen la pérdida de empleos industriales. En “How Imports Boost Employment”, la conocida economista Anne Krueger demuestra la trivialidad de esas posiciones. Afirma que las importaciones generan empleos y que los intentos de reducirlas mediante la imposición de barreras repercutirán en la destrucción de puestos de trabajo en Estados Unidos.

Recuerda los diversos canales por los que las importaciones generan empleos, comenzando por los directamente vinculados a los operadores de los medios de transporte, los estibadores y los comercios que distribuyen los productos importados. Otro canal es el acceso a insumos baratos que permiten a las empresas competir tanto en el mercado local como en el extranjero; si no contaran con los insumos importados tendrían que cerrar, perdiendo empleos.

Adicionalmente, las exportaciones de Estados Unidos son pagadas con las importaciones que hace este y otros países; en términos escuetos, la importancia de exportar consiste en la adquisición del medio de pago internacional para adquirir, mediante importaciones, lo que cada país necesita y no produce en la cantidad, calidad y precio necesarios.

Krueger también destaca que las importaciones suelen generar empleos derivados. En el caso de Colombia, por ejemplo, a pesar de no producir computadores, son miles los empleos que nacen de las empresas que los utilizan y que demandan servicios complementarios.

Todos estos argumentos le permiten a Krueger concluir que “las importaciones de bajo costo, en lugar de “destruir” los empleos de los estadounidenses, realmente los sostienen”.

Aun cuando no existe una medición oficial de los empleos vinculados a las importaciones en Estados Unidos, hay varios estudios que estiman su importancia.

Cabe destacar el análisis auspiciado por U.S. Chamber of Commerce, National Retail Federation, Consumer Electronics Association y American Apparel and Footwear Association en 2013 (Laura Baughman y Joseph Francois “Imports Work for America”). Ahí se concluye que las importaciones soportan 16 millones de empleos; “un gran número de ellos son de empleados sindicalizados, ocupados por minorías y mujeres, y están ubicados en todo Estados Unidos”.

Un documento de investigadores de Heritage Foundation estima que más de medio millón de empleos tienen soporte en las importaciones de ropa y juguetes provenientes de China (D. Scissors, T. Millerand y C. Espinoza “Trade Freedom: How Imports Support U.S. Jobs”).

De igual forma, las exportaciones generan empleos. Las estadísticas oficiales de los Estados Unidos muestran que de ellas dependen más de 11.5 millones de empleos, de los cuales el 18% está asociado a las exportaciones a China y México, los dos países que Trump tiene en la mira para imponerles sanciones comerciales.

Esto demuestra que los bloqueos al comercio internacional y una posible guerra comercial tendrían un impacto muy negativo en el empleo de Estados Unidos y del resto del mundo. ¿Ese será el camino que insisten en proponer a Colombia los críticos de los TLC?

Economía a la Trump

martes, 10 de enero de 2017
Publicado en la Revista Misión Pyme No. 94, diciembre 2016 - enero 2017

Los analistas señalan que el malestar de la clase media en Estados Unidos (EEUU) explica los sorprendentes resultados de la votación en la que fue elegido Donald Trump como presidente.

Arianna Huffington, desde 2010 llamó la atención sobre el notorio descontento de ese grupo en su libro Traición al sueño americano. Cómo los políticos han abandonado a la clase media. En él demuestra la pérdida de bienestar por recortes del gasto social en muchos estados, especialmente desde la crisis de 2008-2009.

Además, varios economistas, como Joseph Stiglitz, habían revelado la creciente concentración del ingreso. Señaló Stiglitz, en el libro El precio de la desigualdad (2012), que el uno por ciento de los más ricos es dueño de un tercio de la riqueza total de la economía de EEUU. “Mientras que al 1 por ciento más alto las cosas le iban fabulosamente, la mayoría de los estadounidenses en realidad estaba empobreciéndose”.

Ese empobrecimiento aumentó con la crisis; millones de familias perdieron sus viviendas y sus empleos y muchas se vieron precisadas a consumir su ahorro pensional.

En el mercado laboral se perdió la estabilidad del empleo y aumentó la población con desempleo de largo plazo, lo que, sugiere Huffington, repercutió en cambios en la percepción sobre la democracia en los grupos sociales afectados.

Para completar, la globalización indujo la relocalización o la quiebra de muchas industrias. Según Huffington, “en algunos casos, poblaciones enteras caen en una depresión permanente cuando desaparecen sus industrias principales”. Para ilustrarlo relata el caso de Mount Airy (Carolina del Norte), un pueblito de 9.500 habitantes en el que la industria textil y de confecciones generaba más de 3.000 empleos. Entre 1999 y 2010 las empresas quebraron y se perdieron esos trabajos; eran personas que no estaban preparadas para otro tipo de labores o, por la edad, era difícil su contratación o su capacitación para otras actividades.

El creciente descontento en el país se canalizó contra los migrantes, las élites que gobiernan el país y la globalización. Esta última se identifica claramente con la relocalización de empresas en países con mano de obra más barata, y con el aumento de productos importados que compiten o sustituyen la producción nacional.

Este fue el público al que Trump cautivó. De ahí que parte de sus promesas van contra la globalización: volver a traer las empresas que se fueron a otros países; renegociar el NAFTA o salirse de él; salirse del Acuerdo Transpacífico (TPP), que aún no ha sido ratificado; y reducir el enorme déficit comercial, que casi en un 50% es explicado por el comercio con China. En este último caso, Trump dijo expresamente: “Yo pondría impuestos a los productos que vienen de China... Y el impuesto debe ser del 45%” (New York Times, 7 de enero de 2016).

En el mundo hay temor por las consecuencias de implementar esas promesas contra la globalización. No obstante, la lógica da pocas posibilidades de aplicación, como lo muestra el caso con China.

En primer lugar, en el marco de la OMC imponer aranceles a solo un país miembro va contra el principio de Nación más Favorecida (NMF); no se puede discriminar a un país, pues este principio obliga a extender a todos los miembros de la OMC el mejor trato que ofrezca a uno de ellos.

En segundo lugar, es erróneo sancionar a China porque genera la mayor parte del déficit comercial de EEUU. La organización de la producción mundial en cadenas globales de valor volvió irrelevantes las mediciones tradicionales de comercio internacional, como la balanza comercial.

A manera de ejemplo, un estudio de la OMC calculó que la balanza comercial de EEUU en iPhones en 2007 fue deficitaria con el mundo en US$1.900 millones, resultado que fue totalmente explicado por China. Pero el comercio medido con la nueva metodología de la OMC y la OCDE basada en el valor agregado, encuentra que el déficit con China apenas llegó a US$73 millones, esto es, el 3.8% del total. En cambio, Japón explica el 36%, Alemania el 18%, Corea el 14% y el resto del mundo el 29%.

Esto evidencia que el uso de aranceles es obsoleto en la economía globalizada. En el mejor de los casos la consecuencia de un arancel del 45% solo a China, sería el aumento del precio de los iPhones a los consumidores de EEUU; en el peor, Apple quebraría, por la pérdida de competitividad frente a los fabricantes de otros países; otra opción sería el traslado del ensamble a terceros países, mejorando la balanza comercial con China, pero no la global.

En tercer lugar, la experiencia de la Gran Depresión demuestra que los obstáculos al comercio internacional generan reacciones en cadena. Con la Ley Smoot-Hawley, que aumentó los aranceles de EEUU, otros países del mundo incrementaron las barreras a las importaciones. El balance fue el deterioro del comercio mundial, con impactos negativos para todas las economías; ese mismo episodio se podría repetir en este hipotético caso.

Es claro que en la actual situación el primer país en reaccionar sería China, que podría imponer barreras a productos sensibles de las exportaciones de EEUU, como las agropecuarias y las de la industria automovilística.

En cuarto lugar, parte de las elevadas reservas internacionales de China están invertidas en bonos del tesoro de los EEUU. En agosto de 2016 su inversión ascendió a US$1.2 billones, que representan el 30% de las tenencias en manos de extranjeros. En un escenario hipotético en el que China resolviera salir rápidamente de sus bonos, propiciaría el desplome del dólar y nefastos efectos en los mercados financieros mundiales.

En síntesis, si el presidente Trump no quiere profundizar el estancamiento de las economías desarrolladas, ni ocasionar una guerra comercial en la que solo habría perdedores, tendrá que revisar sus planes de gobierno y aterrizarlos para reducir o eliminar los temores que hay en el mundo… Si no va contra

La pelotera industrial

viernes, 21 de agosto de 2015
Publicado en Portafolio el viernes 21 de agosto de 2015

Nuevamente saltó a la palestra el tema de la política industrial y retornaron las inevitables imprecisiones.

Se cayó en la vana discusión de si hay o no política industrial en Colombia, cuando fácilmente se pueden enumerar muchos instrumentos que todos los países clasifican como política industrial. Cosa diferente es que no le guste a todos; que unos la quieran llamar moderna; que otros consideren necesarios más instrumentos; o que algunos añoren volver al pasado proteccionista.

¿Debe existir un ministerio exclusivo para la industria? La realidad del mundo es que son escasos los países que lo tienen. En varios de los desarrollados y de los emergentes que nos llevan ventaja, el ministerio responsable de los temas de industria también lo es de los de comercio; incluso hay casos en los que incluyen los de turismo, energía, construcción, innovación, tecnología, minería o formación para el trabajo.

La política industrial engloba múltiples temas transversales, pero un ministerio que los abarque todos no existe; aspectos como infraestructura, educación, impuestos, licencias sanitarias, tarifas de energía, etcétera, son de competencia de otros ministerios. Por lo tanto, lo deseable para la política industrial es un ministerio que tenga a su cargo algunos elementos transversales y los sectoriales clave, complementados con la capacidad gubernamental de articulación y coordinación efectiva de las agencias públicas involucradas en el desarrollo empresarial.

La desindustrialización también se debate, pero hay zonas grises difíciles de despejar. Por ejemplo, qué tan cierto es que en los noventa teníamos una industria promisoria y que los TLCs y la enfermedad holandesa la acabaron. Los datos evidencian que la mayor pérdida de participación de la industria ocurrió en la década de los noventa; si eso fue desindustrialización, cambios metodológicos, o tercerización de actividades industriales, es otro debate. También muestran que en el periodo 2001-2007 la industria creció más que la economía y que, a partir de 2008, coincidiendo con la crisis mundial, entró en recesión y luego en un prolongado periodo de estancamiento.

¿Coincidencia con el ciclo de la economía mundial? Probable; esta es una hipótesis por explorar. ¿Efecto TLCs? Dudoso; en el periodo de la crisis mundial no estaban vigentes los que generan pánico a los críticos; los de EEUU, UE y Canadá entraron en vigencia después de iniciada la contracción industrial. Y es bien sabido que los grandes impactos de los TLCs no son instantáneos sino de mediano y largo plazo.

Pero incluso los analistas más calificados se pifian en estas materias. Un reconocido economista declaró que México es la “muestra palpable de que los TLC afectan la industria”. Las cifras del Banco Mundial dicen lo contrario. Entre 1994 y 2014, el valor agregado industrial de México creció 60%, y el de Brasil 22%, expresados en moneda local a precios constantes; y medidos en dólares corrientes crecieron 150% y 69%, respectivamente.

¿Y Colombia? ¡Sorpresa! La industria creció 46% en moneda local y 249% en dólares; además, mientras que en Brasil perdió 6.5 puntos de participación en el PIB entre 2005 y 2014, en Colombia lo hizo en 2.5 puntos.

Buenos son los debates en estas materias. Pero deben ser constructivos y no pensando que estamos en el primer día de la creación. En ese contexto, el documento técnico de la Andi es un destacado aporte.

TLC Colombia – Estados Unidos: ¿Un fracaso?

viernes, 24 de julio de 2015
Publicado en la revista Fasecolda No. 160, julio de 2015

El comercio internacional de Colombia está en la picota pública por cuenta del enorme déficit comercial que se registra desde al año pasado, explicado básicamente por el comercio con Estados Unidos. Justamente por eso, hay analistas que le achacan ese resultado al presunto fracaso del TLC, que en mayo pasado completó tres años de vigencia.

Esas posiciones pasan por alto el entorno internacional y reflejan lecturas a medias de la información disponible. Un análisis más objetivo de las cifras y de los hechos muestra que no hay tal fracaso.

El comercio internacional no sirve

Al celebrarse el tercer año de vigencia del TLC de Colombia con Estados Unidos aparecieron diferentes críticas, que evidencian, una vez más, una muy particular interpretación del comercio internacional, la debilidad de los argumentos para evaluar los acuerdos comerciales y el desconocimiento de los tiempos en que se deben producir los impactos de este tipo de acuerdos.

Sobre este último aspecto, se sabe que los acuerdos comerciales no producen efectos en el corto, sino en el mediano y en el largo plazos. Esto porque los cambios más importantes provienen de procesos de reasignación de recursos en la economía. Los impactos de corto plazo se fundamentan en la estructura del comercio al momento de entrar en vigencia el acuerdo, es decir, en el aprovechamiento de las ventajas en productos que ya están en los mercados internacionales.

El análisis de Recalca (2015) señala que los efectos negativos son peor de lo esperado por los más pesimistas. Para sostener sus afirmaciones, este organismo elabora su propia visión del comercio internacional:

“El comercio es importante como mecanismo de transmisión de riqueza, pero no de creación de la misma. Si un país fabrica aviones, que otro no puede producir, el comercio libre de estos favorece a ambas naciones. Sin embargo, no se puede perder de vista que la riqueza generada, resultado de la transformación de energía, materiales y mano de obra en una manufactura, es para el país que lo fabrica, no para el que lo compra”.

Semejante argumento desconoce toda la teoría del comercio internacional que desde Adam Smith viene formulando las ganancias del comercio como el eje central del intercambio entre los países (Krugman y Wells, 2012; p. 23). Van al extremo de suponer que la importación de bienes no sirve para producir riqueza al país que los importa. Partiendo del ejemplo de los aviones que menciona Recalca, habría que preguntarse si las empresas aéreas que los compran para prestar los servicios de transporte de pasajeros y de carga no generan riqueza; o si tampoco la crean los servicios de mantenimiento de aeronaves, de los cuales Colombia es exportadora; o cómo se consideran la producción y el empleo de las empresas proveedoras de los bienes y servicios que demandan esas actividades de transporte y mantenimiento.

Contrario a los postulados de la teoría del comercio internacional que interpretan el intercambio como un gana-gana, en la visión de Recalca el intercambio entre países solo debe darse sobre bienes de igual nivel tecnológico o, en su defecto, siempre ganará el país de mayor tecnología. Si este principio se aplicara, no existiría el comercio Norte-Sur. En ese caso, los países en desarrollo no podrían adquirir los bienes de capital que no producen, y en el ejemplo de los aviones, se condenaría a la población a los métodos más arcaicos de transporte.

Lejos de tan fatalistas interpretaciones, autores como Joseph Stigliz, premio nobel de economía y connotado crítico de la globalización, enuncia que el comercio internacional juega un papel preponderante en el crecimiento de las economías. Opina este autor que la difusión de los beneficios de la revolución industrial no se hubiera realizado sin el comercio de Inglaterra con otras naciones, incluidas sus colonias; de igual forma el desarrollo de Japón se hubiera truncado:

“Es difícil imaginar que la industrialización de la era Meiji se hubiera producido si Japón no hubiese podido importar grandes cantidades de maquinaria, equipación (sic) de transporte y otros bienes de producción provenientes de Occidente a cambio de exportaciones de tejidos y juguetes baratos y otros productos que requerían uso intensivo de mano de obra” (Stiglitz y Charlton, 2007; p. 37-38).

El fracaso del TLC

Con esas ideas, Recalca muestra que el comercio de Colombia con Estados Unidos pasó de un superávit de US$8.100 millones en 2011 a un déficit de US$3.300 millones en 2014 y de US$1.200 millones en febrero de 2015; estos resultados son explicados por la caída de las exportaciones, cuyo nivel en 2014 es apenas similar al observado en 2008.

Según Recalca, “para 2014, mientras Colombia exportó 953.000 toneladas de alimentos a Estados Unidos, importó 5.100.000 toneladas desde ese país. Pero más grave es el hecho de que los principales bienes que se están comprando al país del Norte, como maíz, trigo y arroz, son productos que se pueden producir en Colombia y cuyas importaciones están reemplazando producción y empleos locales”.

Estas cifras en apariencia dan la razón al análisis de Recalca. Pero tiene tres grandes problemas. En primer lugar, ignora por completo la caída de los precios internacionales de los productos básicos y especialmente el desplome del precio del petróleo (gráfico 1). En segundo lugar desconoce el impacto de la creciente producción de petróleo en Estados Unidos sobre las importaciones que realiza del resto del mundo. Por último, solo presenta las cifras de volumen de comercio agropecuario de un año, sin contar la historia de los años anteriores.


Los dos primeros aspectos mencionados repercutieron en caídas del volumen exportado de petróleo, desde 19.6 millones de toneladas en 2011 hasta 12.8 millones en 2014; en valores la contracción fue de US$13.700 millones a US$7.600 en el mismo periodo (gráfico 2). Este es el principal factor que explica el deterioro de la balanza comercial de Colombia con Estados Unidos.


Pero ese no es un fenómeno que afecte solo a Colombia, sino a todos los países que exportan el hidrocarburo a ese mercado. Según la Energy Information Administration de Estados Unidos, las importaciones de crudo, que en 2007 promediaron los 305 millones de barriles por mes, bajaron a 223 millones en 2014.

Con relación al volumen de comercio agropecuario, hay que ver lo ocurrido en los años anteriores (gráfico 3). Las cifras muestran que en 2007 Colombia exportó a Estados Unidos 907 mil toneladas e importó 4.3 millones. Pero en los años siguientes las importaciones cayeron hasta 947 mil toneladas en 2012, porque la demora en la aprobación del TLC en el Congreso estadounidense propició el desplazamiento de ese país por productos de Canadá y Argentina. Una vez entró en vigencia el TLC, se observa una recuperación de su participación de mercado. Por lo tanto, las diferencias en volumen de comercio no se originan con el acuerdo, sino que vienen de años anteriores.


La referencia a las importaciones de trigo, maíz y arroz no pasa de ser un discurso sin asidero en la realidad. Desde hace muchas décadas Colombia es un país deficitario en trigo, de forma que al entrar en vigencia el TLC ya se abastecía con importaciones el 97% del consumo nacional.

En el caso del maíz, el país importa dos tercios de su consumo, porque la producción nacional no ha tenido la capacidad de responder a la mayor demanda que ocasionó la modernización de la ganadería, basada en el consumo de alimentos concentrados; pero no significa esto que las importaciones estén acabando con la producción doméstica, pues como lo indican los datos oficiales, entre 2012 y 2014 la producción nacional aumentó de 765 mil a 823 mil toneladas.

En el caso del arroz, los contingentes acordados con Estados Unidos representan el 3.3% de la producción, que equivale a menos de 10 días del consumo del país.

En términos generales, quitando los productos minero-energéticos, el resto de las exportaciones a Estados Unidos aumentaron durante la vigencia del TLC (gráfico 2). Las exportaciones no minero-energéticas crecieron a una tasa media anual del 5.4% entre 2012 y 2014. De ellas, las industriales crecieron al 3.2% anual y las agroindustriales al 6.3% anual.

Aun cuando los impactos más notorios de los acuerdos comerciales se dan en el mediano y en el largo plazos, como ya se anotó, cabe destacar algunos logros en el corto periodo que llevan vigentes. Según ProColombia, 434 nuevos productos colombianos se exportaron a Estados Unidos entre mayo de 2012 y diciembre de 2014. La misma fuente indica que 1.908 empresas exportaron por primera vez a ese mercado y la mayoría de ellas son mipymes.

Conclusiones

En síntesis, atribuir al TLC el deterioro reciente de la balanza comercial de Colombia con Estados Unidos no tiene ningún fundamento. Las cifras, los acontecimientos internacionales, que afectaron los precios de todos los productos básicos, y las nuevas tecnologías de producción de petróleo en ese país explican el resultado comercial.

Lo que sí es objetivo es que la bonanza de productos básicos aumentó la concentración de la canasta exportadora colombiana al mercado estadounidense; en 2012 los minero-energéticos representaron el 84.4% del total y en 2014 el 73.1%. Es hora de retomar la senda de la diversificación y de fortalecer las políticas de fomento a las exportaciones de mayor valor agregado, que son las que en el mediano y largo plazo mostrarán los verdaderos impactos del TLC.

Bibliografía

Krugman, P. y Wells, R. (2007). Macroeconomics. Second Edition. Worth Publishers, New York.

Stiglitz, J. y Charlton, A. (2007). Comercio justo para todos. Cómo el comercio puede promover el desarrollo. Taurus Alfaguara S.A. Bogotá.

Recalca (2015). “Balance de los 3 años del TLC con Estados Unidos”. 15 de mayo. Consultado el 8 de junio de 2015 en: http://www.recalca.org.co/balance-de-los-3-anos-del-tlc-con-estados-unidos/

Balanza comercial y TLC

lunes, 1 de septiembre de 2014
Publicado en la Revista Portafolio No. 14, agosto-septiembre de 2014

La balanza comercial de Colombia, que era superavitaria desde 2008, registró a mayo un saldo de -US$1.135 millones. Cabe preguntarse por la fuente de ese cambio de signo y especialmente por el impacto de los tratados de libre comercio.

En el conjunto de países con TLC la balanza comercial colombiana a mayo fue deficitaria en US$1.827 millones, como consecuencia del incremento de las importaciones en 2.6% anual y la caída de las exportaciones en 14.7%. Con el resto de países el saldo es superavitario (US$693 millones) y el crecimiento de las exportaciones duplica el de las importaciones (17.5% y 8.7% anual, respectivamente).

Estos resultados parecieran dar la razón a los críticos. Pero eso sería desconocer diversos hechos que hay detrás del saldo negativo, como son la terminación del ciclo de altos precios internacionales de los productos básicos, el cambio estructural en el abastecimiento de petróleo y gas en Estados Unidos, las dificultades cambiarias de Venezuela y las medidas proteccionistas en varias economías de la región.

En el análisis de los TLC vigentes sobresale la mejora en la balanza comercial de Colombia con la Unión Europea, cuyo superávit se multiplicó por cuatro, especialmente por el repunte de las exportaciones a España. También es destacable la reducción del déficit con Mercosur, México y Canadá.

En el comercio con la CAN, Venezuela, Chile y el Triángulo Norte de Centroamérica se mantiene el superávit, pero en niveles inferiores a los del año anterior. De los factores mencionados, en este grupo impactaron las medidas proteccionistas de Ecuador y los problemas de pagos de Venezuela, país que, a pesar del desabastecimiento, redujo sus compras de ganado en pie (-96.2%) y carne de res (-59.4%) colombianos.

El mayor deterioro de la balanza comercial se observa con Estados Unidos y es explicado en gran parte por la caída de las exportaciones de petróleo en US$2.250 millones (-40.6%), y oro en US$465 millones (-49.1%). Sin esos dos productos, las demás exportaciones crecieron 12.9% anual.

Es conocido el efecto que está generando en Estados Unidos la explotación de hidrocarburos no convencionales, que en poco tiempo llevarán a este país no solo al autoabastecimiento sino a convertirse en exportador neto. Sus importaciones de petróleo, que llegaron a 5.000 millones de barriles en 2006, han bajado continuamente hasta 3.500 millones anuales en mayo de 2014.

Los minero-energéticos, causa importante del déficit comercial reciente, no son el foco de los TLC negociados. Pero sí lo son los productos de mayor valor agregado, que se vienen diversificando gradualmente, como lo indica el descenso del índice Herfindahl-Hirschman de no minero-energéticos de 426 en 2011 a 304 en 2013. Además, las exportaciones industriales, a destinos diferentes a Venezuela, registran una tendencia creciente y ya superaron el nivel precrisis mundial.

Es necesario enfatizar que los acuerdos comerciales no dan resultados en el corto plazo, sino en el mediano y largo, porque los ajustes en la producción y la diversificación de la canasta exportadora no se logran de la noche a la mañana. Lo importante es que los empresarios mantienen su empeño en aprovechar las ventajas del acceso preferencial permanente.

Lo anterior muestra la equivocada percepción de quienes atribuyen a los TLC el deterioro de la balanza comercial de Colombia.

¿Hay importaciones agropecuarias masivas?

jueves, 3 de abril de 2014
Publicado en Portafolio el jueves 3 de abril de 2014

En Colombia está funcionando de maravillas el ‘teléfono roto’, o algunos grupos ‘cazadores de rentas’, como los denominan los economistas, están aplicando la técnica de Goebbels: “Una mentira repetida mil veces, acaba convirtiéndose en verdad”. Al parecer, se proponen seguir tergiversando el impacto de los TLC en el sector agropecuario, ganar adeptos para nuevas movilizaciones y ver qué dividendos pueden sacar.

Está demostrado que los TLC no han tenido impactos negativos en la agricultura. Aun así, con el objetivo de promover otro paro agrario, se siguen lanzando declaraciones como las siguientes:

-“En noviembre el agro siguió perdiendo con los TLC”.

-“Freno y mayor regulación a las importaciones de alimentos bajo los tratados de libre comercio reclamaron en Cali los diferentes gremios de la producción agropecuaria, tras señalar que esos productos extranjeros están diezmando al sector”.

-“Nos hemos cansado de solicitar reiteradamente del gobierno nacional la aplicación de medidas contracíclicas compensatorias para paliar esa coyuntura de los TLC en la actual cosecha”.

¿Es cierto que las importaciones agropecuarias crecieron desmesuradamente? Aun cuando esa apreciación se refuta con las cifras de 2013, pues cayeron en 27 mil toneladas, podemos evaluar el periodo 2011-2013, cuando entraron en vigencia varios TLC.

Según el Dane, las importaciones agropecuarias (ámbito OMC) pasaron de 8,5 a 9,7 millones de toneladas en ese periodo. ¿Es desmesurado ese crecimiento? ¿Qué explica el incremento de 1,2 millones de toneladas?

Los 1,2 millones se descomponen en productos ganaderos (64 mil toneladas), agrícolas (694 mil) y agroindustriales (452 mil).

Aparentemente, la producción agrícola sufrió una mayor exposición a la competencia externa, de lo cual algunos coligen que la está diezmando. Pero su incremento resulta del crecimiento de 834 mil toneladas en cereales y la caída de 140 mil toneladas en los demás agrícolas.

El incremento de los cereales se concentró en maíz (815 mil toneladas); sorgo (26 mil); y arroz (118 mil). Trigo y cebada cayeron en 121 mil y 7 mil toneladas, respectivamente.

El cultivo de estos dos últimos productos prácticamente desapareció del país. Y no por efecto del neoliberalismo, que es la trillada explicación de ciertos analistas, sino porque son cultivos de zonas templadas y no de zonas tropicales. Ya en 1970, cuando no había TLC, se importó el equivalente al 68% de la producción de cebada y casi cuatro veces la de trigo.

La tecnificación de la producción pecuaria desde hace casi tres décadas aumentó vertiginosamente la demanda de maíz para la industria de alimentos concentrados. Pero la producción no respondió y, aun cuando registra una tendencia creciente, hay una brecha equivalente al 75% del consumo, que se atiende con importaciones.

El sorgo también se importa para alimentos concentrados. Pero, a diferencia del maíz, su producción viene declinando en Colombia desde comienzos de los noventa. Las importaciones de 2013 fueron 17 veces superiores a la producción.

En los agroindustriales, que son los segundos más afectados, el 92% de la variación absoluta se explica por cuatro productos: residuos de la industria alimentaria (27,7%) que son insumo de la producción de alimentos concentrados, azúcar (24,1%), bebidas (21,9%) y soya (18,7%).

En azúcar, la producción doméstica se estancó desde 2004 y fue afectada por el paro de corteros en 2008 y el crudo invierno de 2010; para atender los mercados industrial y de consumo humano, y la nueva demanda de las fábricas de etanol, las exportaciones disminuyeron. A pesar de las importaciones, según el Informe Anual 2012-2013 de Asocaña, el consumo per cápita cayó durante 2007-2011.

Es cierto que las importaciones de algunos productos, como el arroz, están creciendo con la vigencia de los TLC. Pero se trata de volúmenes previstos desde la negociación los acuerdos, que en el caso de los contingentes representan porcentajes pequeños del consumo nacional.

En general, se acordaron tiempos de desgravación y exposición gradual a la competencia para poder ajustar las brechas de productividad de los productos sensibles. No obstante, como acabamos de reseñar, no son ellos los que están explicando el mayor volumen de importaciones.

Por último, las importaciones de los sensibles del paro agrario, con excepción de papa que creció 6,6%, registraron caídas en 2013: leche en polvo (-72,2%), lactosuero (-12,8%), fríjol (-26,0%), tomate (-56.0%), arveja (-13,2%). 

Con ese panorama, ¿qué tal un cierre de importaciones como medida contracíclica? ¿Qué pasaría con el abastecimiento interno? ¿Y con los precios al consumidor? El laboratorio del vecindario es ilustrativo.

No hay que seguir buscando el muerto aguas arriba, sino enfocarse en los verdaderos problemas del sector y buscar soluciones acordes con un mundo globalizado. En buena hora el Gobierno Nacional convocó la Misión Rural y su conformación abre muy positivas expectativas para el rediseño de la política agropecuaria.

Pinocho y los TLC

viernes, 4 de octubre de 2013
Publicado en Portafolio el 4 de octubre de 2013

Pasada la efervescencia del paro agrario, una mirada más reposada y con nuevos datos pone en evidencia cómo manipulan la información algunos supuestos defensores de los campesinos colombianos. En su desesperado afán de endilgar todos los problemas del agro a los TLCs, no dudaron en lanzar afirmaciones poco fiables.

Es claro que el campo colombiano vive una compleja problemática, gestada a lo largo de varias décadas y fuente del malestar social reflejado en el paro. Pero ella no se puede solucionar buscando chivos expiatorios sino encontrando la raíz real de los problemas. Y a eso no contribuyen aquellos que buscan pescar en rio revuelto, con perlas como las siguientes:

El senador Jorge Robledo afirma que “el libre comercio es la causa de la crisis agraria”. Ese es un eslogan que suena bonito, vende bien y genera alianzas, antes imposibles, con aquellos que nunca piensan en el bienestar del consumidor pero sí en preservar su estado de confort.

Curiosamente, pocos días antes de esa afirmación, Portafolio titulaba: “Colombia, la segunda economía más cerrada de A. Latina”. Muchos siguen creyendo que la apertura unilateral de 1991 volvió al país una economía abierta y de libre comercio. Pero con su táctica del avestruz, no ven que el mundo se siguió moviendo mientras aquí nos quedamos maquinando cómo “neutralizar” el “neoliberalismo”.

No de otra forma se pueden entender los resultados del Global Competitiveness Report 2013–2014: en la variable “prevalencia de barreras al comercio”, Colombia está en el puesto 131 entre 148 países; en el de la tarifa arancelaria en el 82, aun después de la reforma arancelaria de 2010 y del diferimiento para bienes de capital e insumos no producidos; y en los coeficientes de apertura en el 143 en importaciones y en el 137 en exportaciones. ¿Es este el libre cambio a la colombiana que explica el paro?

En el mismo artículo el senador Robledo afirmó que: “…arroz, cárnicos, lácteos, oleaginosas, papa, azúcar y hortalizas… vienen desapareciendo con los TLC suscritos y la Alianza del Pacífico, como lo muestra el otro millón de hectáreas de agricultura eliminada entre 2000 y 2012”. Esta afirmación es falsa de ‘cabo a rabo’.

Para empezar, la Alianza del Pacífico no puede estar “desapareciendo” cultivos por la simple razón de que no está vigente. La negociación comercial apenas concluyó a finales de agosto y debe ser aprobada como ley por el Congreso y revisada por la Corte Constitucional antes de entrar en vigencia.

Con relación al área cultivada, las cifras del MinAgricultura indican que en ese periodo, excluyendo café que no tiene datos completos, creció en 240 mil hectáreas. Y respecto a papa, azúcar, hortalizas, oleaginosas y carnes de res, pollo y cerdo, la producción tiene las oscilaciones naturales, pero su tendencia es claramente ascendente; en el caso de leche hay un estancamiento reciente, pero no una caída; y solo en arroz riego se reduce la producción en los últimos años.

La representante Pinilla trinó el 28 de agosto: “TLC con UE puso en total riesgo producción de leche, quesos y mantequillas colombianas por eso se justifica el #ParoNacional”. Este debe ser el TLC con el impacto más veloz en la historia comercial del mundo; entró a regir el 1 de agosto de 2013 y en 27 días tenía en riesgo al sector lechero.

En esa negociación, quedó un contingente de leche en polvo de 4.000 toneladas, equivalente al 0.6 por ciento de la producción anual nacional, y por fuera de él se aplica un arancel del 98 por ciento que se desgrava a 17 años. ¿Será un tiempo suficiente para mejorar la productividad y neutralizar el “riesgo”?

En otro de sus trinos dijo: “Importaciones de alimentos pasaron de 252.516 t en el 1er trimestre del 2011 a 385.196 t en el primero del 2012 TLC con #EstadosUnidos”. Esas cifras son falsas, porque entre los dos periodos mencionados el volumen se redujo en 71.1 por ciento; pero, más importante aún: el TLC con Estados Unidos no estaba vigente en el primer trimestre de 2012.

¡Ese es el tipo de “verdades” con las que defienden a los campesinos! Y con ellas crearon un ambiente que impidió a los ciudadanos de a pie asimilar objetivamente la información con la que el gobierno demostró lo enclenques que eran esos argumentos.

Por si hiciera falta algún dato objetivo más, los resultados del PIB del primer semestre de 2013 que acaba de publicar el Dane, indican que la papa creció 13.5% respecto al 2012, corroborando una buena cosecha que pudo reducir los precios ¿Aun así seguirán sosteniendo que está “desapareciendo” por los TLC, y que eso justifica los paros?

Al Sur

jueves, 19 de septiembre de 2013
Publicado en Ámbito Jurídico No. 378, el 16 de septiembre de 2013


No me refiero al famoso vals de Jorge Villamil, sino al término utilizado en comercio internacional para describir el bloque de economías en desarrollo. La contraparte es el Norte, que comprende el conjunto de economías desarrolladas.

¿Por qué hablar del Sur? Porque está en ebullición; viene cambiando a gran velocidad y esa tendencia se consolidará en las próximas décadas. Y porque los empresarios, los políticos, los académicos y, en general, los ciudadanos de un país como Colombia, que es parte de ese bloque, deben conocer para dónde va el Sur, con el fin de identificar los efectos, las amenazas y las oportunidades que conlleva ese proceso.

Entre 1970 y comienzos de los 2000, el Sur representaba alrededor del 20% del PIB mundial. Pero en los años siguientes la participación se disparó hasta el 34%; esto es, en menos de 10 años su peso relativo en la economía global se incrementó en 14 puntos.

De entrada, hay que decir que el motor de esos cambios del Sur está en Asia. La notable dinámica de economías como China, Corea e India, explican la mayor parte del incremento y lo seguirán explicando. Así se deduce de un documento reciente del BBVA, según el cual, en la actual década (2012-2022), el 56.4% del crecimiento del PIB mundial será explicado por las economías de Asia, excluyendo a Japón.

Otro cambio que se avecina es el del peso relativo del Sur en el comercio mundial. Tradicionalmente el mayor porcentaje del comercio mundial correspondía a los flujos Norte-Norte; pero su participación, que a mediados de los años ochenta representaba el 65% del total, viene declinando y se espera que hacia el 2018 sea superada por los flujos de comercio Sur-Sur.

La consecuencia más significativa del mayor crecimiento ha sido la reducción de la pobreza y el aumento de las clases medias en el Sur. Se espera que estos dos comportamientos se mantengan en las próximas décadas y, de nuevo, con especial concentración en Asia. Un estudio de Homi Kharas para la OECD (“The emerging middle class in developing countries”) estima que en el 2030 el 66% de la población de clase media en el mundo, estará en Asia Pacífico; en América Latina, si bien el número absoluto de personas en este nivel de ingresos pasará de 181 a 313 millones, su participación en el total de la clase media se reducirá de 10% a 6%.

Son evidentes los impactos que el aumento de la clase media tendrá en la demanda global de productos como los alimentos (en una región que ya es deficitaria), en bienes de consumo duradero y en servicios como la educación, la salud y el turismo.

La provisión de estos bienes y servicios se dará en un entorno de menores obstáculos al comercio, como se deriva de la actual tendencia a la negociación de mega-acuerdos.

Los tradicionales TLC están dando paso a la integración de diversos acuerdos regionales, que implicarán la convergencia de disciplinas comerciales. Lo interesante es que en varios de ellos solo participan economías asiáticas, como en el caso del que están negociando Japón, China y Corea o del Regional Comprehensive Economic Partnership, entre 16 países de Asia y Oceanía.

Hay otros en los que se mezclan diversas regiones del Sur con el Norte, como el Trans-Pacific Partnership, con 11 países, y del cual hacen parte México, Perú y Chile. Hay uno del Norte (TLC Unión Europea – Estados Unidos) y uno de América Latina: La Alianza del Pacífico, que la integran Chile, Colombia, México y Perú, y cuenta con 19 países observadores tanto del Sur como del Norte.

Estos mega-acuerdos serán en poco tiempo el canal básico para la inserción en las cadenas globales de valor y el fortalecimiento del comercio intraindustrial.

¿Qué implicaciones tiene esto para Colombia? Que hay que moverse y aprovechar las ventajas de estar en el Sur. Se debe seguir fortaleciendo la inserción en la economía global, impulsar la vinculación de las empresas en las cadenas globales de valor y aumentar el comercio intraindustrial con la región; esto es vital para acelerar el desarrollo de la industria nacional y del sector de servicios.

Finalmente, la Alianza del Pacífico, como mega-acuerdo, es el vehículo para fortalecer las relaciones con Asia y con los otro mega-acuerdos. También hará posible el aprovechamiento de todo el potencial de demanda de bienes alimenticios de valor agregado.

Lo que no puede hacer Colombia frente a este creciente protagonismo del Sur es adoptar la estrategia del avestruz que quieren forzar algunos sectores promotores de paros. No es demandando políticas proteccionistas y generando miedos infundados frente a los TLC como saldremos del atraso. Esa sería la mejor opción para terminar desplumados y quedarnos del tren del desarrollo.

Alimentos: ¿Oportunidades o Apocalipsis?

lunes, 29 de julio de 2013
Publicado en Ámbito Jurídico, Vol. XVI, No. 374, 22 de julio al 4 de agosto de 2013


Algunas sombrías voces pretenden imponer en la opinión pública ideas apocalípticas sobre las perspectivas de la agricultura colombiana con los acuerdos comerciales que están entrando en vigencia.

Al calor de las situaciones recientes en que los cultivadores de algunos productos han realizado movilizaciones de protesta por la reducción de sus ingresos reales –generados por factores de la coyuntura internacional o por problemas específicos de la producción, como plagas, o alteraciones climáticas–, aparecen oportunistas que tratan de aplicar el famoso adagio: “en río revuelto ganancia de pescadores”.

Esas visiones generan actitudes derrotistas que eventualmente originarían casos de profecías autorrealizadas; pueden por ejemplo, inducir a los empresarios de un sector del agro a desistir de su actividad, en lugar de perseverar y buscar la forma de superar los cuellos de botella que los afectan. Con ello, el país desperdiciaría las oportunidades que tiene no solo por su dotación natural sino por la situación proyectada a nivel mundial para los productos del agro y especialmente para los alimentos.

En el tema de alimentos en el mundo el punto de partida ya es complejo: en siete de los últimos ocho años creció más el consumo que la oferta, y el crecimiento de los rendimientos se viene desacelerando.

La creciente demanda de alimentos no solo proviene de las economías más pobres que no tienen una producción suficiente. También hay economías desarrolladas y emergentes de rápido crecimiento, que registran déficits cada vez mayores en estos productos. China, por ejemplo, importa alrededor de 95 millones de toneladas de alimentos por año; Japón, 42 millones; Alemania, 33 millones; Corea del Sur, 24 millones; Italia, 25 millones; Egipto, 23 millones; y Rusia, cerca de 15 millones. Para las próximas décadas es posible que esa brecha tienda a ampliarse, por la sostenida dinámica de la demanda y la incierta capacidad de reacción de la oferta. La mayor fuente de demanda provendrá del crecimiento de la población y del crecimiento de las clases medias, a medida que se reduce la pobreza en las economías en desarrollo.

Homi Kharas en un estudio para la OECD (“The emerging middle class in developing countries”) estima que las clases medias en el mundo se incrementarán en más de 3.000 millones de personas entre 2009 y 2030. Este crecimiento repercutirá en una mayor demanda de alimentos, toda vez que la población que sale de la pobreza destina un porcentaje alto de sus ingresos a mejorar la dieta alimenticia.

Según la FAO, para el 2050, mientras la población mundial se incrementará en 34% con relación a la de hoy, la producción de alimentos tendrá que aumentar en un 70%, lo que plantea un reto para la agricultura.

La respuesta de la oferta está en función de mejorar los rendimientos, aumentar la frontera agrícola y contar con buena disponibilidad de agua. Con relación al primero, como ya se enunció, su variación viene siendo cada vez menor, lo cual solo puede ser revertido mediante innovaciones tecnológicas.

Sobre el segundo, estima la FAO que las economías en desarrollo deben crecer en 120 millones de hectáreas las tierras en cultivo y que el 50% de ellas están en siete países: Angola, Argentina, Bolivia, Brasil, Colombia, República Democrática del Congo y Sudán.

En el caso de Colombia, es conocido que hay disponibilidad de tierras con vocación agrícola y agroforestal, para duplicar las 4 millones de hectáreas que actualmente están en cultivos y las 10 millones en agroforestal. Esto requiere como complemento la reducción de áreas en ganadería extensiva y su mejora tecnológica para reducir costos, mejorar eficiencia y crecer la oferta.

En agua, el mundo afronta una creciente escasez en varias regiones, bien sea por problemas climáticos o por efectos de la destrucción de páramos, la deforestación y la contaminación de fuentes, lo que restringe la expansión de la producción de alimentos, especialmente mediante sistemas de riego. Según la FAO, “hoy, más de 1.200 millones de personas viven en regiones con escasez de agua y para 2025 serán más de 3.000 millones”.

Según este organismo, los recursos totales de agua en el mundo ascienden a 47.750 km3/año, y la región con mayores recursos es Latinoamérica, con el 30.1%. Colombia se clasifica como el séptimo país del globo en riqueza hídrica.

En este contexto, son claras las potencialidades de aprovechamiento que surgen para Colombia, especialmente en aquellos mercados en los que tiene acceso preferencial permanente. Con un uso adecuado de los recursos, el énfasis en la superación de los problemas sanitarios, la destinación de más recursos a investigación y desarrollo, la superación de los problemas de acopio y distribución, y la incorporación de más valor agregado a los productos, los empresarios del campo, en vez de declararse derrotados, tienen la oportunidad de salir beneficiados, y, con ellos, el país.

Los pollos y el teléfono roto

jueves, 28 de marzo de 2013
Publicado en Ámbito Jurídico, Año XVI, No. 366, 25 de marzo al 14 de abril de 2013

Dicen que a un consagrado escritor –posiblemente Ítalo Calvino, Jorge Luis Borges o Ernst Hemingway– le preguntaron qué son los autores clásicos; su respuesta fue: “los clásicos son unos escritores muy famosos de los que todo el mundo habla pero nadie lee”.

Algo similar está ocurriendo con los TLC en Colombia. No hay día en que no se mencionen en los diarios, la radio y la televisión, las revistas de diversa índole, las conversaciones informales y muchos foros gremiales y académicos. Un amplio porcentaje de los colombianos nos formamos ideas y opiniones sobre los tratados comerciales a partir de estas fuentes.

Pero cuando en la mayoría de ellas se pregunta quién ha leído un TLC, generalmente se producen “silencios embarazosos”. Si eso es así, surge el interrogante sobre cómo formamos nuestras opiniones sobre los tratados comerciales y qué tan bien sustentadas están.

Pareciera que las formamos bajo el supuesto de que quienes hacen las afirmaciones en las diversas fuentes han leído y analizado juiciosamente los tratados. Pero si no lo han hecho, como en muchas ocasiones es evidente, estaremos cayendo en la práctica del teléfono roto, aquel juego infantil en el que se empieza a transmitir un mensaje oral de una persona a otra y al final de la cadena se comprueba que se ha distorsionado, por sencillo que sea.

El problema es que ese teléfono roto, aplicado a temas como los TLC es muy perjudicial. Hace que los ciudadanos se creen falsas ideas tanto sobre las bondades como sobre los riesgos que ellos implican. Lo grave es que parte de esa cadena del teléfono roto la integran formadores de opinión con gran influencia en numerosos lectores.

En un caso reciente, Daniel Samper Pizano, prestigioso columnista, hacía un contraste entre la vieja expresión popular “quién pidió pollo” –con la cual se sentenciaba décadas atrás que era un plato de las élites–, y la realidad actual en la que la carne de pollo está al alcance de la mayor parte de los colombianos. Luego, en dos párrafos se despachó contra el TLC de Colombia con EE.UU.

El autor usa la reminiscencia de la mencionada expresión popular para afirmar que ella volverá a ser vigente porque el TLC presuntamente acabará con la avicultura colombiana. ¿Cómo lo demuestra? Da la cifra de importaciones de “gallinas jubiladas” en enero de 2013 (22.672 kilos) y cita de otro artículo de prensa el monto esperado de las importaciones de cuartos traseros para este año: “2.06 millones de kilogramos”; con esos elementos saca su tajante conclusión: “Nos aguarda una avalancha”.

El columnista incurre en el error de retransmitir un mensaje que ya fue mal emitido por el medio del cual tomó el dato. El contingente o cupo de importaciones de cuartos traseros este año no es “2.06 millones de kilos”, sino 28.1 millones; y si con la primera cifra vaticinó una avalancha, ¿qué apocalíptica conclusión habría sacado con la segunda, que es la del texto del TLC?

Afirmar, ´sin ton ni son´, que por “culpa” del TLC las importaciones de cuartos traseros de pollo desde EE.UU. serán de 28.1 millones de kilos, puede generar temor. Pero si se indica que ese volumen equivale al 2.5% de la producción anual de pollo en Colombia, la interpretación es otra.

Una información balanceada sobre la negociación del pollo en este TLC debería indicar como mínimo: 1. Que el arancel aplicado para las importaciones por fuera del contingente es de 164.4% para los cuartos traseros refrigerados y 70.0% para los condimentados. 2. Que esos aranceles se mantienen iguales para los primeros 5 años en el caso de los refrigerados y de 10 años en el caso de los condimentados; solo después de esos plazos comienza su reducción. 3. Que el plazo total para eliminar los aranceles es de 18 años. 4. Que los contingentes de importación de cada año se negociaron de forma que no pongan en riesgo la producción nacional durante el periodo de desgravación; aun suponiendo que la producción no crezca, en el año 17, las 50.645 toneladas asignadas representarían menos del 5% de la producción nacional. Hay varios elementos adicionales, pero estos serían suficientes para brindar al lector una información de mayor calidad.

Quienes se proclaman como voceros, generadores de opinión, analistas, docentes y conferencistas tienen una seria responsabilidad. En el caso que nos ocupa, tienen la obligación de acudir a las fuentes primarias (es decir, los textos oficiales de los TLC), a las secundarias con alta credibilidad técnica, y sopesar las posiciones antagónicas; así, sus opiniones contribuirán realmente con rigurosos argumentos a cuestionar o a elogiar las decisiones económicas de trascendencia nacional y a orientar a la ciudadanía. En caso contrario, seguirán jugando al teléfono roto.