Mostrando entradas con la etiqueta Libre comercio. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Libre comercio. Mostrar todas las entradas

Pinocho y los TLC

viernes, 4 de octubre de 2013
Publicado en Portafolio el 4 de octubre de 2013

Pasada la efervescencia del paro agrario, una mirada más reposada y con nuevos datos pone en evidencia cómo manipulan la información algunos supuestos defensores de los campesinos colombianos. En su desesperado afán de endilgar todos los problemas del agro a los TLCs, no dudaron en lanzar afirmaciones poco fiables.

Es claro que el campo colombiano vive una compleja problemática, gestada a lo largo de varias décadas y fuente del malestar social reflejado en el paro. Pero ella no se puede solucionar buscando chivos expiatorios sino encontrando la raíz real de los problemas. Y a eso no contribuyen aquellos que buscan pescar en rio revuelto, con perlas como las siguientes:

El senador Jorge Robledo afirma que “el libre comercio es la causa de la crisis agraria”. Ese es un eslogan que suena bonito, vende bien y genera alianzas, antes imposibles, con aquellos que nunca piensan en el bienestar del consumidor pero sí en preservar su estado de confort.

Curiosamente, pocos días antes de esa afirmación, Portafolio titulaba: “Colombia, la segunda economía más cerrada de A. Latina”. Muchos siguen creyendo que la apertura unilateral de 1991 volvió al país una economía abierta y de libre comercio. Pero con su táctica del avestruz, no ven que el mundo se siguió moviendo mientras aquí nos quedamos maquinando cómo “neutralizar” el “neoliberalismo”.

No de otra forma se pueden entender los resultados del Global Competitiveness Report 2013–2014: en la variable “prevalencia de barreras al comercio”, Colombia está en el puesto 131 entre 148 países; en el de la tarifa arancelaria en el 82, aun después de la reforma arancelaria de 2010 y del diferimiento para bienes de capital e insumos no producidos; y en los coeficientes de apertura en el 143 en importaciones y en el 137 en exportaciones. ¿Es este el libre cambio a la colombiana que explica el paro?

En el mismo artículo el senador Robledo afirmó que: “…arroz, cárnicos, lácteos, oleaginosas, papa, azúcar y hortalizas… vienen desapareciendo con los TLC suscritos y la Alianza del Pacífico, como lo muestra el otro millón de hectáreas de agricultura eliminada entre 2000 y 2012”. Esta afirmación es falsa de ‘cabo a rabo’.

Para empezar, la Alianza del Pacífico no puede estar “desapareciendo” cultivos por la simple razón de que no está vigente. La negociación comercial apenas concluyó a finales de agosto y debe ser aprobada como ley por el Congreso y revisada por la Corte Constitucional antes de entrar en vigencia.

Con relación al área cultivada, las cifras del MinAgricultura indican que en ese periodo, excluyendo café que no tiene datos completos, creció en 240 mil hectáreas. Y respecto a papa, azúcar, hortalizas, oleaginosas y carnes de res, pollo y cerdo, la producción tiene las oscilaciones naturales, pero su tendencia es claramente ascendente; en el caso de leche hay un estancamiento reciente, pero no una caída; y solo en arroz riego se reduce la producción en los últimos años.

La representante Pinilla trinó el 28 de agosto: “TLC con UE puso en total riesgo producción de leche, quesos y mantequillas colombianas por eso se justifica el #ParoNacional”. Este debe ser el TLC con el impacto más veloz en la historia comercial del mundo; entró a regir el 1 de agosto de 2013 y en 27 días tenía en riesgo al sector lechero.

En esa negociación, quedó un contingente de leche en polvo de 4.000 toneladas, equivalente al 0.6 por ciento de la producción anual nacional, y por fuera de él se aplica un arancel del 98 por ciento que se desgrava a 17 años. ¿Será un tiempo suficiente para mejorar la productividad y neutralizar el “riesgo”?

En otro de sus trinos dijo: “Importaciones de alimentos pasaron de 252.516 t en el 1er trimestre del 2011 a 385.196 t en el primero del 2012 TLC con #EstadosUnidos”. Esas cifras son falsas, porque entre los dos periodos mencionados el volumen se redujo en 71.1 por ciento; pero, más importante aún: el TLC con Estados Unidos no estaba vigente en el primer trimestre de 2012.

¡Ese es el tipo de “verdades” con las que defienden a los campesinos! Y con ellas crearon un ambiente que impidió a los ciudadanos de a pie asimilar objetivamente la información con la que el gobierno demostró lo enclenques que eran esos argumentos.

Por si hiciera falta algún dato objetivo más, los resultados del PIB del primer semestre de 2013 que acaba de publicar el Dane, indican que la papa creció 13.5% respecto al 2012, corroborando una buena cosecha que pudo reducir los precios ¿Aun así seguirán sosteniendo que está “desapareciendo” por los TLC, y que eso justifica los paros?

Lecciones chinas

miércoles, 30 de diciembre de 2009
Publicado en el diario La República el 13 de junio de 2008


China fue la economía más rica del mundo y también la más pobre. Desde 1978 viene recuperando peso relativo y en pocos años será nuevamente la economía más grande, aun cuando no la de mayor ingreso per cápita.

Las investigaciones de Angus Maddison muestran que entre los siglos I y XIV China fue la nación con el ingreso per cápita más alto y en el año 1500 era la economía más grande, con el 24.9% del PIB mundial. Ese éxito se basó en buena medida en su apertura al comercio mundial y en su poderío naval.

Pero, según Maddison, “China volvió la espalda a la economía mundial a principios del siglo XV, época en que su tecnología marítima era superior a la de Europa”. A partir de entonces su PIB per cápita se mantuvo constante y desde el siglo XIX comenzó a caer. En 1950, el PIB per cápita real apenas era el 75% del registrado en 1850 y el PIB total representaba el 4.6% del valor agregado mundial.

El régimen socialista instaurado desde finales de los años cuarenta optó por un modelo autárquico. En las décadas siguientes logró revertir la caída del ingreso per cápita, pero aún así en 1978 China era uno de los países más pobres del mundo.

La decisión de terminar el periodo de autarquía a finales de los setenta y virar hacia un modelo de libre mercado cambió radicalmente el desempeño económico. En las últimas décadas es la economía que más crece en el mundo y la más exitosa en la reducción de la pobreza.

Estas experiencias son una rica fuente de la cual los estudiosos del desarrollo tratan de sacar lecciones para otras naciones. La más obvia, es la relación directa que se observa entre el crecimiento y la inserción activa en la economía mundial.

Con relación al periodo post-reformas de finales de los setenta, un artículo reciente de David Dollar, del Banco Mundial, identifica como las causantes del despegue económico las políticas adoptadas en cuatro frentes.

El primero es el cambio de sistema, que permitió el paso de una economía centralmente planificada a una en la que la producción es realizada en su mayor parte por el sector privado bajo condiciones de mercado. Se incluyen aquí las políticas de incentivos a la inversión extranjera y el mejoramiento del entorno para los negocios.

El segundo, la apertura económica, que incluyó no solo la reducción de aranceles, sino la eliminación de barreras administrativas y la mejora de la eficiencia de los puertos y del sistema de aduanas.

El tercero, el desarrollo de la infraestructura mediante esquemas de financiación privada. A pesar de ser un país de ingresos bajos, ha logrado que las carreteras, la generación de energía, los puertos y los ferrocarriles operen con tarifas que permiten recuperar las inversiones y ser rentables.

El cuarto, las políticas relacionadas con la agricultura. En ese sector se iniciaron las reformas sustituyendo los esquemas de producción colectiva por emprendimiento privado, la liberalización de los mercados y el fortalecimiento de la investigación.

En términos generales Dollar destaca el criterio de temporalidad en varios incentivos, la importancia de hacer “pilotos” antes de generalizar la aplicación de determinadas políticas, el pragmatismo y el papel de las regulaciones regionales en el desarrollo de la infraestructura y la atracción de inversión.

Es evidente que las lecciones no se pueden calcar de una economía a otra. Hay que partir de las características propias, la historia, las dotaciones de recursos y las ventajas en el mundo global. Por eso, la principal lección es: si uno de los países más pobres del mundo pudo, nosotros también podemos.

¿Y la infraestructura qué?

Publicado en Ámbito Jurídico el 21 de abril de 2008


El atraso de Colombia en infraestructura es una realidad innegable. También lo es que no se trata de un problema nuevo, sino que llevamos décadas con él. Pero el proceso de globalización y la decisión del gobierno de adelantar negociaciones comerciales con los principales socios comerciales hacen evidente la necesidad de superarlo; adicionalmente, el sector privado –empresarios y analistas económicos– ha manifestado su preocupación frente al tema. Argumentos sobre estos aspectos se han planteado en múltiples artículos y editoriales en diferentes medios del país, especialmente desde 2004 cuando inició la negociación del TLC (en la página www.tlc.gov.co se recopilan varios de ellos).

La pregunta frecuente es si podremos competir con otros países con la actual infraestructura o si debemos dar un compás de espera mientras se supera el atraso. La respuesta la podemos encontrar en las elaboraciones conceptuales de la economía y en la experiencia de otras economías que se han insertado activamente en la economía globalizada.

La literatura económica es concluyente sobre la importancia de la infraestructura en el desarrollo económico, pero no lo es respecto a sus relaciones de causalidad. En su Informe sobre el desarrollo mundial 1994 el Banco Mundial señaló: “… Aún sigue abierto el debate en cuanto a la índole exacta de las vinculaciones entre la infraestructura y el desarrollo. No obstante, lo que si es cierto es que un aumento en la capacidad de infraestructura y el crecimiento del producto económico van a la par; un aumento de 1% en el capital de infraestructura va asociado a un crecimiento del producto interno bruto (PIB) de 1% en todos los países”.

En el libro Desarrollo productivo en economías abiertas, la Cepal construyó un indicador del acervo de capital de infraestructura para América Latina y dos subgrupos de economías asiáticas. El análisis muestra que en 1970 América Latina contaba con un mayor acervo en energía eléctrica y transporte que los subgrupos de Asia, mientras que en energía eléctrica éstos últimos la superaban en una magnitud moderada. Para el año 2000 en los tres indicadores los asiáticos superan ampliamente a América Latina.

Mientras que en América Latina se implementaba el “regionalismo cerrado”, diversas economías asiáticas subdesarrolladas iniciaron procesos de liberalización comercial desde mediados de los sesenta. Si tenemos en cuenta que varias de ellas tenían un ingreso per cápita similar o inferior al de Colombia, y que hoy nos aventajan ampliamente, es evidente que la superación de los problemas de infraestructura no fue un requisito previo para tomar una senda de crecimiento acelerado.

Un ejemplo contundente de esta última idea es China. Los 30 años de autarquía socialista dejaron a este país como el más pobre del mundo; en 1978 su ingreso per cápita apenas llegaba a US$ 165, cuando el de Colombia era US$ 1.541. ¿Qué infraestructura podría tener un país con ese nivel de ingreso? ¿Estaba preparado para enfrentar una economía crecientemente globalizada?

Fan y Chang-Kang (“Road Development, Economic Growth, and Poverty Reduction in China”), señalan que: “…China contaba con una pobre dotación de infraestructura de transporte cuando se iniciaron las reformas en 1978. En 1980 contaba con solo 97 kilómetros de carreteras por cada mil kilómetros cuadrados de territorio…” (Colombia tenía 62).

Las reformas de China incluyeron la reducción unilateral de sus aranceles sin solicitar como contraprestación el acceso preferencial a otros mercados. Pese al atraso en infraestructura, la sustitución del modelo autárquico por uno de desarrollo hacia afuera ha sido exitoso, como lo muestran la impresionante tasa de crecimiento económico de las décadas recientes y los millones de habitantes que han salido de la pobreza. China ya no es la economía más pobre del mundo y ha cerrado gran parte de la brecha de ingreso que tenía con Colombia.

En China se comprobó la relación entre crecimiento económico y avances en infraestructura que menciona el informe del Banco Mundial. El indicador mencionado bordea actualmente el nivel de 200 (el de Colombia 115). No obstante, aún dista del registrado por las economías desarrolladas; el de Estados Unidos está por encima de 700 y el de Alemania y Francia supera los 1.800.

Aun cuando el mundo reconoce el notable avance en la infraestructura portuaria china, los niveles de eficiencia aún son relativamente bajos; su índice de eficiencia portuaria en el Global Competitiveness Report de 2005 es 3.6, mientras que los de los países desarrollados superan el nivel de 6.0 (el índice varía entre 1 y 7).

Con los anteriores argumentos y con lo que se está viviendo en el país, podemos llegar a varias conclusiones. Primero, las economías que nos tomaron la delantera tenían dotaciones de infraestructura inferiores; aún así, optaron por la inserción en la economía global.

Segundo, en el mundo globalizado no hay espacio para esperar. En mayor o menor grado, la mayoría de las economías de la región tienen problemas de infraestructura, pero están avanzando en la negociación de acuerdos con países que también son socios importantes de Colombia. Si el país decidiera aplazar las negociaciones, se ampliaría el rezago que tenemos con relación a otras naciones latinoamericanas en materia de acceso preferencial permanente.

Tercero, el gobierno no se ha quedado quieto frente al atraso en infraestructura. Las obras que se consideran prioritarias para la competitividad del país están previstas en Plan de Desarrollo Estado Comunitario – Desarrollo para todos. Lo cierto es que Colombia puede desarrollar su política de negociaciones y mejorar su infraestructura como lo muestra la experiencia de otros países.

Camino al desarrollo

Publicado en el diario La República el 16 de abril de 2008


Es sabido que Chile es la economía más abierta y más exitosa de América Latina. Pero no es muy conocido cómo tomó la senda del desarrollo sostenido.

José Piñera, exministro de Trabajo del régimen de Pinochet, cuenta cómo al llegar al poder, ni el dictador ni su equipo de gobierno tenían claro un enfoque del desarrollo económico y por eso en los primeros años la política económica priorizó la recuperación del crecimiento. Lo urgente era sacar la economía de la crisis, sanear las finanzas públicas y eliminar la hiperinflación; en 1972, 1973 y 1975 el crecimiento fue negativo, en 1973 el déficit fiscal llegó al 25% del PIB y la tasa de inflación promedio del periodo 1972-1976 fue de 305% anual.

A partir de 1976-1977 se estabilizó la economía y volvió a crecer. Pero no había una visión del desarrollo, por la diversidad de orientaciones de los ejecutivos del gobierno. Como señala Piñera, coexistían “…sectores muy heterogéneos: gente con nostalgias corporativistas, algunos nacionalistas fanáticos, conservadores de viejo cuño, partidarios de la sociedad libre, gente desilusionada de la política y de los partidos, derechistas tradicionales y figuras representativas de una especie de nacional–estatismo con veleidades socialistas”.

Durante esos primeros años eran dominantes las posiciones derrotistas que veían a Chile condenado a la pobreza y al subdesarrollo. Simultáneamente un grupo de economistas defensores del liberalismo económico convocaba foros y reflexiones buscando respuestas a varios interrogantes: “¿Puede Chile llegar a ser, algún día, un país desarrollado? ¿Hay potencial en este país para un despegue económico? ¿Cómo podría ser ese país? ¿Qué otras políticas serían necesarias para lograr este objetivo?”.

A medida que ese grupo fue llegando al poder, puso en práctica varias de las reformas que en los debates diagnosticaron como necesarias para entrar en la senda del desarrollo económico.

En el otro extremo del mundo, un grupo de líderes encabezados por Deng Xiaoping daba un viraje al manejo económico de China. Después de tomar el poder, la revolución maoista aplicó durante 30 años la autarquía y todos los matices del proteccionismo, con un balance deplorable. En 1978 era una de las economías más pobres del mundo, con ingreso per cápita de US$ 165.

Este grupo inició la transición gradual de una economía centralmente planificada a una basada en el mercado. Implementaron reformas estructurales que incluyeron el retorno parcial a la propiedad privada, el establecimiento de incentivos de precios en la agricultura, políticas para la atracción de la inversión extranjera, formación de capital humano, autonomía a las provincias para promover las exportaciones y apertura de la economía mediante reducción de aranceles.

En ambos países los resultados están a la vista: son las economías que más crecen en sus respectivas regiones y de las pocas naciones del mundo que han disminuido la pobreza en términos absolutos.

Por décadas en Colombia se ha discutido el tema del desarrollo y algo se ha avanzado. El problema es que siempre hay quien ponga palos a la rueda y no se han logrado políticas de Estado que superen los periodos de gobierno.

El gobierno actual propone el objetivo de alcanzar tasas de crecimiento de largo plazo superiores al 7%, con base en el acceso preferencial permanente al mercado de nuestros principales socios comerciales y en la transformación productiva orientada al desarrollo de sectores de clase mundial, el aumento de la competitividad general de la economía y la reducción de la informalidad.


La evidencia muestra que sí es posible salir del subdesarrollo; pero primero hay que derrotar el pesimismo y aprender de la propia historia, en lugar de anclarse en el “no se puede” y en el “no estamos listos”.

El tigre celta

Publicado en el diario La República el 30 de noviembre de 2007


En pocos años Irlanda pasó de ser una de las economías más pobres de la Unión Europea a ser una de las más ricas del mundo. Mientras que en 1975 su ingreso per cápita a precios de paridad de poder adquisitivo lo ubicaba en el puesto 14 en la Europa de los 15, apenas superando a Portugal, en 2006 llegó a US$ 44.500 y ocupó el segundo lugar en el plano mundial, después de Luxemburgo.

El desempeño de la economía de Irlanda muestra la necesidad de complementar las políticas de integración a la economía mundial con políticas que permitan aprovechar las oportunidades que se crean con el libre comercio. Aun cuando Irlanda adoptó políticas de liberalización de su comercio desde la década de los sesenta y en 1973 ingresó a la Comunidad Económica Europea, sólo inició una fase de alto crecimiento con el acuerdo de un pacto social y el establecimiento de una visión de país.

Son múltiples los factores que contribuyeron al despegue de Irlanda. Habitualmente se mencionan la corrección de los graves desequilibrios fiscales –llegó a tener la tasa de tributación más alta de Europa y su endeudamiento externo llegó al 116% del PIB–, los incentivos a la inversión extranjera, una política macroeconómica creíble, la formulación de una política industrial y el flujo de fondos estructurales comunitarios. Pero con escasa frecuencia se señalan el pacto social y la visión de país.

Irlanda no sólo era la economía más pobre de Europa, sino que estaba aquejada por conflictos entre el gobierno, los empresarios y los trabajadores que bloqueaban las posibilidades de crecer, reducir el elevado desempleo y beneficiarse de su incorporación a la Unión Europea. Con el pacto social de finales de los ochenta los trabajadores aceptaron incrementos de sus remuneraciones muy por debajo de la inflación, el gobierno redujo las tasas de impuestos y los empresarios aceptaron adoptar medidas que mejoraran el bienestar de los trabajadores. Los resultados fueron evidentes: Irlanda registra una de las tasas de desempleo más bajas del mundo (4.6% en 2006), tiene un balance fiscal superavitario y transformó notablemente su estructura productiva; de ser un exportador de ganado en pie, leche y papas, pasó a ser exportador de bienes de alta tecnología.

La visión fue otro elemento importante. Ella planteó convertir a Irlanda en una economía de pleno empleo, basada en sectores de alta tecnología y líder en el mercado global. Para el economista David Lovegrove, uno de los forjadores de la transformación del país, no es aceptable la interpretación de un “milagro irlandés” pues no fue el resultado de algo sobrenatural o no explicable por el conocimiento humano y no ocurrió de la noche a la mañana. Fue el resultado de 15 años de sólido compromiso con una visión compartida y aceptada por toda la población.

En términos coloquiales, tener la visión del país que querían puso a todos a empujar hacia el mismo lado, para que dieran fruto todos los esfuerzos. Así lo afirmó Lovegrove en una conferencia reciente a los funcionarios del Mincomercio: “cuando comenzamos no había un modelo a seguir. Creamos el nuestro mediante innovación, asociada con buenas políticas, trabajo duro, mucha paciencia y numerosos ensayos y errores”.

Varias lecciones quedan para Colombia. Una es que no hay modelos que se puedan calcar; es importante la creatividad y la innovación en la solución de nuestros problemas. Otra es que los milagros no existen; se requieren una visión y el compromiso de toda la ciudadanía. Por último, pasar de pobres a ricos no es una utopía: sí se puede.

¿Economía abierta?

Publicado en el diario La República el 20 de noviembre de 2007


El concepto de economía abierta se asocia con la eliminación de las barreras al comercio internacional y la exposición de los sectores productivos a la competencia del resto del mundo. Es un tema que en Colombia se ha discutido por décadas y con especial énfasis desde la apertura unilateral de los 90 y el reciente desarrollo de las negociaciones de TLCs.

Con la apertura del gobierno Gaviria, en la opinión quedó la idea de que Colombia ya era una economía abierta. La verdad es que apenas estábamos empezando a nivelarnos con otros países. Los países desarrollados emprendieron la reducción de sus aranceles desde la terminación de la Segunda Guerra Mundial; algunos subdesarrollados la iniciaron a mediados de la década del 60 y el resto durante las décadas siguientes. Colombia la adoptó a comienzos de los 90, después de varios ciclos efímeros de liberalización–protección determinados por bonanzas externas. No obstante, el indicador tradicional de comercio como porcentaje del PIB de Colombia apenas pasó de 35% a 43% entre 1990 y 2004; bastante lejos de los niveles de Chile (66%) o Corea (84%).

La comparación de aranceles promedio de Colombia y 11 de los principales socios comerciales, indica que en 1990 teníamos el tercer arancel nominal más alto (27%); en 2003 éramos el cuarto más alto (11.6%). Este, que es un tema poco analizado, indica que la apertura unilateral del país no tendría por qué repercutir en la pérdida de mercados, pues los otros países también redujeron los costos de entrada. Ello se corrobora con las cifras: ese grupo de países representó el 86% de nuestras exportaciones en 1993 y el 79% en 2006, mientras que las importaciones pasaron de 82% a 65% en el mismo periodo.

Otro indicador del grado de apertura de las economías es el porcentaje de las partidas arancelarias con tarifa cero. En Colombia el 1.7% de las partidas está libre de arancel; en el contexto de América Latina y el Caribe apenas supera a Perú (1.4%) y a Chile (0.4%) y queda muy lejos de la Unión Europea (29%) y de Estados Unidos, Japón y los centroamericanos, que tienen libre de arancel alrededor del 50% de las partidas.

En el otro extremo tenemos el porcentaje de partidas con arancel superior al 15%, que en el caso de Colombia corresponde al 28.1%. En América Latina sólo los países del Mercosur tienen un nivel superior. Chile y Bolivia no tienen partidas con esos aranceles.

Hay otros indicadores como el Índice de Libertad Económica, elaborado por Fraser Institute de Canadá. Uno de sus componentes es el comercio internacional que incluye impuestos al comercio exterior, barreras regulatorias, controles a los capitales y determinación del tipo de cambio, entre otras. En 2005, Colombia fue el penúltimo país de América Latina, sólo superado por Venezuela; en 1975 era el 14 entre 18 países.

Por último, una economía puede tener aranceles muy bajos, pero imponer costos administrativos que actúan como barreras al comercio. Por ejemplo, la reciente publicación Doing Business del Banco Mundial muestra que en Colombia el costo de llevar un contenedor hasta el barco ascendía a US$ 1.440 en 2006, mientras que en China apenas llegaba a US$ 390. Es evidente que ese costo, además de restar competitividad a los productos colombianos de exportación, “protege” industrias nacionales.

Estos argumentos muestran que no somos tan abiertos como creemos y que aún queda camino por recorrer en la eliminación de las barreras al comercio. El gobierno sigue trabajando en esa línea y los acuerdos comerciales están entre los instrumentos utilizados para lograrlo.

¿No tradicionales hasta cuándo?

Publicado en el diario La República el 2 de noviembre de 2007


Después de la segunda posguerra, las economías desarrolladas se enfocaron en la eliminación de las barreras al comercio entre ellas, mientras que las subdesarrolladas optaron por cerrarse e implementar un modelo de crecimiento hacia adentro.

El desarrollo hacia adentro pronto generó problemas de estrangulamiento externo. El comercio exterior dependiente de productos primarios con mercados volátiles y tendencia descendente de sus precios en el largo plazo –fuente de la famosa tesis sobre la “tendencia secular al deterioro de los términos de intercambio”–, acarreó recurrentes situaciones de escasez de divisas, con las consecuentes dificultades para comprar los bienes de capital y las materias primas no producidos en las economías subdesarrolladas.

Se adoptó entonces una política de diversificación de exportaciones con todo su instrumental de apoyos. Desde finales de los sesenta se empezaron a clasificar las exportaciones en dos grupos: las tradicionales, integradas por café, petróleo, ferroniquel y carbón (no es claro por qué estos dos últimos se clasificaron como tradicionales, si no se exportaban a comienzos de los setenta); y las menores o no tradicionales que incluían las demás exportaciones.

De las no tradicionales debían surgir los nuevos productos que contribuyeran a reducir la vulnerabilidad externa. Nacieron así las estrellas de las exportaciones no tradicionales: flores, banano y confecciones. Aun cuando en 1970 las exportaciones no tradicionales representaban apenas el 26%, en pocos años bordearon el 50% y pese a las fluctuaciones registradas en los años siguientes, hoy en día se mantienen en ese nivel. Y no nacieron más estrellas.

Transcurridas más de tres décadas es razonable “graduar” de tradicionales a las estrellas. Pero más razonable es evolucionar hacia una nueva clasificación en la que el criterio dominante sea el valor agregado o la intensidad tecnológica, para estar más a tono con los cambios de la estructura del comercio mundial.

Las exportaciones de productos primarios (PP) y las manufacturas basadas en recursos básicos (MRB) perdieron peso en el comercio mundial; en 1980 sumaban el 42,4% del total y en 2006 apenas fueron el 27.8%. En cambio, las manufacturas de alta tecnología que tenían la más baja participación (10% en 1980), representaron en 2006 el 21.6%, superando el peso individual de las dos categorías mencionadas.

Esta clasificación muestra que Colombia sigue atrás del bus, pues, aun cuando vienen disminuyendo, los PP y las MRB aún son más de la mitad de las exportaciones (64.5% en 2006 frente a 83.7% en 1980).

En estos grupos quedan comprendidos, además de los denominados tradicionales y dos de las estrellas no tradicionales, los elaborados a partir de productos agrícolas y forestales (bebidas, aceites, etc.). Otros productos no tradicionales como las confecciones y el calzado son manufacturas de baja tecnología (categoría que representa el 11% de las exportaciones).

El principal cambio en la estructura comercial de Colombia está en las manufacturas de tecnología media, que fueron las que más ganaron participación (de 3.7% a 17.0% en el periodo). El sector automotriz, los productos químicos, las pinturas y los fertilizantes son algunos de los productos que contribuyeron a ese cambio. Las de alta tecnología son las de menor importancia relativa (aumentaron de 0.7 a 2.4% entre 1980 y 2006).

Cabe esperar que el aumento de las exportaciones con mayor intensidad tecnológica, refleje la incorporación de más valor agregado nacional y los avances en el conocimiento científico y tecnológico. Ese es el propósito del Ministerio de Comercio al establecer entre sus metas que las exportaciones de más valor agregado –las totales menos los PP y las MRB– representen el 45% del total en el año 2010.

Volver al pasado

martes, 29 de diciembre de 2009
Publicado en el diario La República el 28 de agosto de 2007

En la sustentación de su demanda contra el presidente Álvaro Uribe por el hipotético delito de traición a la patria, el senador Robledo expone una visión muy particular sobre el comercio internacional. Su tesis acepta las exportaciones como un medio para acceder a los medios de pago internacionales, que permiten importar los bienes y servicios que el país necesita; pero postula que las exportaciones sólo tienen sentido si los recursos obtenidos se usan de forma exclusiva para importar lo que el país no produce.

Ese argumento es una añoranza del modelo sustitutivo de importaciones. El gobierno debe controlar en qué se gastan los medios de pago internacionales y, por lo tanto, qué se importa; ello implica volver al control de cambios, licencias de importación y otros trámites que ya el país ensayó durante muchos años y acarrearon, además del rezago relativo del país, la proliferación de la corrupción. Complementado con la propuesta del senador de aumentar los aranceles, sólo falta añadirle los subsidios, el monopolio en la comercialización y el control de precios para regresar a la década de los 60.

El Nobel de economía Gary Becker afirma que después de la segunda posguerra el mundo desarrollado retornó a la senda del libre mercado, mientras que las economías del tercer mundo optaron por los modelos proteccionistas que acarrearon el rezago relativo de sus indicadores de desarrollo. Tanto el reciente Reporte de Economía y Desarrollo de la CAF como un artículo del Nobel de economía Edward Prescott concluyen que sólo los países africanos se rezagaron más que los de América Latina. En el caso colombiano, es evidente que esas políticas permitieron el desarrollo de algunos sectores, pero también generaron problemas que hoy son un lastre para la productividad y competitividad del país.

El argumento proteccionista olvida que el aislamiento de las empresas locales de la competencia internacional conlleva la pérdida de incentivos a la actualización tecnológica y, por lo tanto, el atraso. Para qué gastar recursos en la mejora de productividad y competitividad, si hay un mercado cautivo; para qué destinar recursos a investigación y desarrollo si la innovación pierde sentido en una economía cerrada; para qué mejorar la calidad de los productos si los consumidores no tienen con qué compararlos.

Una dificultad adicional es que el retorno a las políticas proteccionistas no es tan sencillo en la economía global. Hoy en día no puede un país poner obstáculos al comercio de productos de otros países y quedarse tranquilo. Aún en casos en los que le asisten poderosas razones a un gobierno, como ocurre con el reciente episodio de Colombia con Panamá, el país queda expuesto a litigios internacionales y a medidas de retaliación.

En últimas, la política debatida constriñe a los consumidores a aceptar mayores costos y menor calidad en los bienes de consumo, lo que deteriora su calidad de vida frente al mundo. En cambio la exposición a la competencia internacional induce a los empresarios nacionales a mejorar la productividad y competitividad para preservar su permanencia en el mercado; los consumidores tienen así mejores opciones, una oferta más diversificada y precios y calidades con estándares internacionales. De forma complementaria las empresas pueden obtener economías de escala y ampliar sus mercados mediante el acceso a otros países.

Desde luego, la alternativa del libre comercio no implica abandonar los mecanismos de defensa del sector productivo nacional sino su racionalización. Por ejemplo, los aranceles diferentes de cero reflejan la existencia de producción nacional y un grado de protección adecuado frente a la competencia internacional ¿Seguimos en el siglo XX, o entramos al XXI?