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Brexit: Un salto al vacío

viernes, 22 de julio de 2016
Publicado en Portafolio, el 22 de julio de 2016

Con el Brexit, la economía mundial quedó sumida en una mayor incertidumbre. Se enfrentan ahora caminos inexplorados y nadie sabe por cuáles rutas optará el nuevo gobierno del Reino Unido (RU), ni a dónde conducirán.

Los impactos económicos, como era de esperarse, arrojan resultados en función de quién defiende cada posición. Así, desde el grupo Economists for Brexit, el profesor Patrick Minford, de la Universidad de Cardiff, asegura que la salida de la Unión Europea (UE) tendrá un impacto positivo y mejorará el bienestar en un 4%, consecuencia del crecimiento esperado del comercio internacional, si el RU baja los aranceles a cero.

Desde otra orilla, un estudio del Tesoro arrojó resultados negativos con el Brexit. La investigación analizó tres de las opciones más probables para sustituir a la UE: entrar al Espacio Económico Europeo (EEE) –conformado por la UE y EFTA sin Suiza–, negociar acuerdos bilaterales y solo enfocarse en la Organización Mundial de Comercio. Los resultados indican que en el primer caso el PIB sería 3.8% inferior al que se registraría si permanece en la UE; en el segundo la reducción sería del 6.2% y en el tercero del 7.5%.

El Tesoro también evaluó los ingresos del gobierno. Puesto que en los diferentes escenarios el crecimiento del PIB sería inferior al de permanecer en la UE, habría una reducción de los recaudos tributarios, que repercutiría en aumento del endeudamiento público y mayores impuestos o recortes del gasto; aun con los ahorros por la eliminación de las contribuciones a la UE, los ingresos serían inferiores en 20 mil millones de libras esterlinas anuales con la adhesión al EEE, en 36 mil millones con los bilaterales y en 45 mil millones con la OMC.

Independientemente de los resultados de los ejercicios técnicos, pocos análisis mencionan como una opción factible la propuesta de Minford. Le dan mayor peso a una negociación para entrar al EEE.

Pero la realidad es que la situación del RU sería inferior a la que tiene en la UE, pues en el EEE también se aplican las cuatro libertades: libre circulación de mercancías, servicios, capitales y personas; esta última, incluye el tema migratorio que fue uno de los detonantes del Brexit. Además, no tendría voto en diferentes decisiones, con lo que pierde la capacidad de influencia que ha tenido en la UE. Por último, tendría que hacer aportes financieros, que fue otro tema sensible esgrimido por los partidarios de la salida.

Peor aún serían los otros dos escenarios, pero especialmente el de los bilaterales, por las dificultades y el tiempo que tomarían las numerosas negociaciones. Con la UE el RU tiene acceso preferencial a los otros 27 miembros y a más de 50 países con los que este bloque tiene acuerdos comerciales vigentes; adicionalmente, están en proceso de ratificación o de negociación más de 20 tratados, de los cuales el más importante es con Estados Unidos.

Con ese panorama, lo más probable es que el RU pierda su relevancia como centro financiero mundial, numerosas entidades bancarias y aseguradoras tenderán a relocalizarse en el continente y la evolución hacia una regulación financiera única en la UE limitará el acceso que se podría lograr desde el EEE. En síntesis, un salto al vacío.

EEUU y UE: determinantes del crecimiento global

martes, 29 de enero de 2013
Publicado en Ámbito Jurídico, Año XVI - No. 362; del 27 de enero al 9 de febrero de 2013


Aun cuando el mundo pareciera ir camino de una recesión en 2013, hay factores que pueden reducir esa probabilidad.

La tendencia a la recesión encuentra sustento en los complejos procesos de adopción de medidas de política económica tanto en la Unión Europea, como en Estados Unidos.

En la zona euro persisten los problemas asociados a la crisis de confianza en la deuda soberana. Las decisiones se dan a cuentagotas y solo cuando el desastre parece inminente, razón por la cual los mercados se mantienen en permanente zozobra y aumenta su volatilidad. El economista español Xavier Sala i Martin resume muy bien este comportamiento: “los reformistas europeos solo se mueven a golpe de pánico y como el pánico ha desaparecido desde hace unos meses, los eurócratas han dejado de tener prisa”.

A diferencia de lo ocurrido con la crisis mundial de 2008-2009, este comportamiento impidió la adopción de medidas rápidas y oportunas para conjurar la recesión. La austeridad fiscal desacelera más las economías de la UE a la vez que impide la reducción de los niveles de la deuda pública. La demora en la negociación y aprobación de paquetes de apoyo para las economías con mayores dificultades y la negativa de los gobiernos a aceptar públicamente la urgencia de los rescates, prolonga el desánimo.

Entre tanto, el desempleo sigue creciendo y la baja actividad relativa del Banco Central Europeo contribuye a la apreciación del euro respecto al dólar. Este hecho sumado a los problemas de competitividad de las economías europeas, impide que el comercio tenga un efecto positivo mayor.

No obstante, hay algunos hechos que permiten prever una moderación de las tendencias recesivas en 2013. Alemania, que ha mantenido las posiciones más duras frente a la crisis de la deuda, las ha flexibilizado gradualmente y transmite a los mercados su firme intención de defender el euro.

Adicionalmente, el solo anuncio de las políticas está contribuyendo a restablecer la confianza en la moneda única y a alejar el fantasma de su quiebra, con todos los efectos negativos que podría desencadenar.

Este resultado se observa, por ejemplo, con las declaraciones de Mario Draghi, gobernador del BCE en julio de 2012, en las que anunció que este organismo haría todo lo que fuera necesario para defender el euro, incluyendo la compra masiva de bonos soberanos de los países con mayores problemas; posteriormente hizo la aclaración de que esa compra se aplicaría en el marco de compromisos de ajuste fiscal por parte de esos gobiernos. Aun cuando no se han realizado compras ni compromisos como los mencionados, las presiones de los mercados sobre esos bonos se redujeron notablemente.

En igual sentido han contribuido tanto el acuerdo para poner en funcionamiento un supervisor financiero único para los bancos más grandes a partir de 2014, como las discusiones y documentos de trabajo en torno a posibles acuerdos para complementar la unión monetaria con la unión fiscal y financiera.

En el caso de los EEUU, hay síntomas de recuperación, como el crecimiento del PIB en el tercer trimestre de 2012, el gradual repunte de los indicadores del mercado de vivienda y la reducción de los indicadores de desempleo, aun cuando en este último caso hay preocupación por el lento descenso.

Pero también son evidentes los problemas de incertidumbre que generan las dificultades para la toma de decisiones de política económica. El caso más sonado es el denominado abismo fiscal. Aun cuando su impacto estaba previsto desde el acuerdo de septiembre de 2011 para aumentar el techo fiscal, apenas en la primera semana de 2013 tuvo una solución a medias: el aumento de ingresos será menor al esperado y quedaron pendientes por definir en los próximos meses los temas de recortes de gastos y aumento del techo fiscal.

Sin embargo, en el manejo de la política monetaria no solo se mantiene la flexibilidad de los dos últimos años, sino que potencialmente se amplía. A finales de 2012, la Reserva Federal adoptó lo que se ha denominado como la “regla de Evans”.

Mientras que el compromiso anterior de la autoridad monetaria era mantener la tasa de interés cerca de cero hasta 2015, la nueva regla implica que la expansión monetaria se mantiene hasta que se logre bajar la tasa de desempleo al 6.5% o hasta que la inflación supere el 2.5% anual.

En síntesis, el efecto esperado de las decisiones de política económica en la UE y en EEUU puede prolongar la débil dinámica de la economía mundial, sin ocasionar una nueva recesión, salvo que la resolución del problema fiscal en EEUU tome algún giro inesperado. La mala noticia para las economías en desarrollo será la persistencia de la tendencia de apreciación de la moneda por las políticas monetarias expansivas en ambas regiones.

¿Que no hay qué…?

jueves, 17 de marzo de 2011
Artículo publicado en el diario La República el jueves 17 de marzo de 2011


Circula una especie según la cual en el país no hay política industrial, porque al gobierno lo único que le importa es negociar TLC, bajar los aranceles y dejar abandonados a los empresarios que por décadas han generado empleo en el país.

En el contexto moderno la política industrial se entiende como la intervención explícita o implícita del Estado con el fin de asegurar unas condiciones adecuadas del entorno para el desarrollo de las empresas. Pero, como señala James Zhan, de la Unctad, “mientras que el concepto original de la política industrial era proteger a las industrias de la competencia internacional, el mundo actual exige integrar la capacidad productiva local a las cadenas de valor globales. Para ello es necesario contar con políticas que se basen en exponer a las industrias a la competencia internacional”.

En la Unión Europea es explícita. Por ejemplo, el documento “La política industrial en la Europa ampliada”, señala: “La política industrial, que por naturaleza es de carácter horizontal, tiene por objeto garantizar el establecimiento de unas condiciones marco favorables a la competitividad de la industria”.

El desarrollo de la política industrial europea implica decisiones horizontales y sectoriales, que abarcan temas de acceso a mercados, respeto a los derechos de propiedad intelectual, simplificación legislativa, cambios estructurales en la industria manufacturera, impulso a la investigación y la innovación, y desarrollo de sectores clave (programa espacial, TICs, y ciencias de la vida y la biotecnología), entre otros.

En el caso de Estados Unidos no hay una decisión explícita, pero las herramientas de política industrial se usan, especialmente en los periodos de dificultades económicas como el actual (The Economist “The Global Revival of Industrial Policy”). El gobierno Obama anunció una estrategia de innovación para algunos sectores, el fortalecimiento del Small Business Administration y la creación de una red nacional de incubadoras de empresas, entre otras.

¿Y en Colombia qué? Aquellos que critican la carencia de una política industrial no conocen la política de desarrollo empresarial, que coincide con varios de los objetivos señalados por la Unión Europea, y abarca empresas de todos los sectores. Esa política comprende los temas de competitividad, comercio exterior, financiación, apoyo a las mipymes, incentivos a la inversión, emprendimiento, innovación, formalización y transformación productiva, entre otros.

La crítica a la reforma arancelaria se puede entender, dado que a simple vista no parece favorable a las empresas. El gobierno redujo los aranceles porque sus niveles estaban entre los más altos del mundo, como lo evidencian el IMD, el WEF y el Banco Mundial, y eso afecta la competitividad.

Para ver tales efectos, tomemos como ejemplo la fabricación de pastas alimenticias. Aun cuando el 97% del consumo interno de trigo es abastecido por importaciones, Colombia aplica un arancel del 15%. En países como Perú el arancel es cero en virtud del TLC con Estados Unidos. Como consecuencia, los fabricantes peruanos nos pueden exportar pastas alimenticias sin arancel y con ventajas competitivas de precio, porque la materia prima fundamental no tiene el recargo del 15% que si tienen los fabricantes del país.

En síntesis, no se puede desconocer la existencia de una política de desarrollo empresarial que privilegia el fortalecimiento de la competitividad y el desarrollo de sectores de clase mundial. Para ello cuenta con muchos instrumentos y tal vez la principal falencia sea la escasez de recursos que tienen varios de ellos, lo que limita su impacto. Por eso los críticos deberían más bien propender por su fortalecimiento financiero, antes que abogar por más rentas.

Crepúsculo

jueves, 23 de diciembre de 2010
Publicado en el diario La República del jueves 23 de diciembre de 2010


Podríamos calificar el 2010 como un año crepúsculo, siguiendo la definición del famoso diccionario de María Moliner: “Claridad que precede a la salida del Sol y atenuación de la luz que sigue inmediatamente a su puesta”.

En efecto, el año comenzó con mucha claridad para la economía mundial, pues registró una sólida dinámica que generó la esperanza de un pronto retorno a las altas tasas de crecimiento observadas antes de la profunda crisis de 2008-2009. Pero aparecieron algunos nubarrones que oscurecieron el panorama: las dificultades de las naciones desarrolladas para consolidar la reactivación y el riesgo que ello implica para las emergentes.

Con la dinámica registrada en los primeros trimestres, el FMI proyectó para Estados Unidos un crecimiento del 3.2% en 2010, pero con la desaceleración posterior, la bajó a 2.6%. Los problemas de consolidación del crecimiento obedecen a la debilidad de la demanda privada, ocasionada por el alto nivel de desempleo, la menor demanda de crédito y el efecto riqueza negativo que produjo la caída de los precios de la vivienda.

El gobierno y la Reserva Federal siguen siendo los motores de la economía, pero eso plantea riesgos de sostenibilidad del crecimiento por la magnitud que alcance el déficit fiscal y las probabilidades de aparición de presiones inflacionarias.

La reactivación de la Unión Europea (UE) se frenó por la pérdida de confianza en los bonos soberanos, lo que desestabilizó los mercados financieros de todo el mundo desde comienzos del año. En algunos países (Irlanda y España) el problema se originó en las políticas fiscales expansionistas que se adoptaron para salir de la crisis mundial; en otros (Grecia, Portugal e Italia) la crisis agravó las dificultades que tenían de tiempo atrás para cumplir con los parámetros de convergencia: déficit fiscal menor al 3% del PIB y deuda externa inferior al 60% del PIB.

La UE ha tenido que tomarse remedios, hasta hace poco impensables, como la aceptación de financiación del FMI, la compra de bonos de los países de mayor riesgo por parte del Banco Central Europeo y el anuncio de drásticos ajustes fiscales que ya han generado manifestaciones de rechazo en varios países. Actualmente se debate la conveniencia de establecer una especie de “unión fiscal”, al estilo de la unión monetaria, para dar una solución integral a la crisis de la deuda; el tema es de gran sensibilidad y fuente de profundas diferencias, pero, en opinión del director del FMI, sería la vía para evitar una crisis de mayor envergadura y contener el contagio a otras regiones del mundo.

Aun cuando las economías emergentes están creciendo vigorosamente, lideradas por China e India, es evidente que la debilidad de la demanda de las economías desarrolladas puede tener un impacto negativo, dado que son uno de los principales destinos de las exportaciones de bienes y servicios de esos dos países. Además, el reciente anuncio de Estados Unidos de crecer su emisión monetaria en un monto de US$600 mil millones, fortalece las expectativas de apreciación de las monedas del resto del mundo.

El panorama cambiario se complica aún más con el aumento de los precios internacionales de los productos básicos y con la salida de capitales desde las economías desarrolladas hacia las emergentes, atraídos por mejores rentabilidades.

Se da por descontado que la economía mundial no caerá en otra crisis, pero la dinámica de crecimiento será relativamente baja y los ajustes fiscales pueden prolongar ese escenario. Aun cuando en las economías emergentes hay expectativas de mejor crecimiento, para realizarlas tendrán que sortear los efectos de la mayor apreciación de las monedas, conjurar los problemas de enfermedad holandesa y contener la aparición de presiones inflacionarias.

¿Más revaluación?

martes, 16 de noviembre de 2010
Artículo publicado en el diario La República el jueves 11 de noviembre de 2010


La dinámica de la economía mundial muestra dos caras. Mientras las economías emergentes crecen a ritmos elevados, las desarrolladas están empantanadas en un lento proceso de recuperación. El problema es que estas últimas pueden frenar a las primeras.

Los enormes recursos fiscales utilizados en el rescate del sector financiero y el impulso de la demanda, parecen haber encontrado un límite en las economías desarrolladas. Esto es especialmente cierto para la Unión Europea. Aun cuando las pruebas de resistencia del sector financiero dieron a los inversionistas elementos para discriminar los riesgos y reducir la probabilidad de un colapso sistémico, se mantiene la incertidumbre por los efectos que pueden ocasionar los ajustes fiscales de países como Grecia, España, Italia, Irlanda y Portugal.

La reactivación europea se complica por dos factores: 1. La apreciación del euro, que le resta competitividad a las exportaciones, limitando su impacto en el crecimiento. 2. El rezago de su productividad laboral con relación a Estados Unidos; como señala el estudio de McKinsey Global Institute “Beyond Austerity: A Path to Economic Growth an Renewal in Europe”, en parte el problema reside en los efectos no deseados de las excesivas regulaciones que restringen los mercados.

En ese contexto, el peso de la recuperación recae en la política monetaria. En Estados Unidos, las pérdidas de riqueza de los hogares y su tendencia al desapalancamiento, así como el aumento del ahorro, frenaron la reanimación de la demanda que se observó hasta el primer trimestre de 2010. Como las expectativas de inflación están controladas, la FED tiene espacio para mantener bajas sus tasas de interés y seguir suministrando liquidez a la economía, dado el limitado margen fiscal. Eso explica la decisión de inyectar 600 mil millones de dólares mediante la compra de títulos del tesoro para “reducir las tasas de interés de largo plazo y estimular el crecimiento” (Wall Street Journal Americas).

La Unión Europea difiere de esa opción de política monetaria y aun cuando mantiene bajas las tasas de interés, está marchitando las medidas heterodoxas implementadas durante la crisis, y, por ahora, no manifiesta disposición a brindar nuevas inyecciones de liquidez, lo que aumenta la incertidumbre sobre la recuperación.

Como algunos analistas lo han comentado, la poca confianza en el ritmo de reactivación de las economías desarrolladas, los impactos esperados del ajuste fiscal y las bajas tasas de interés incentivan el flujo de capitales hacia las economías emergentes en la búsqueda de mejores rentabilidades. En consecuencia, antes que debilitarse, se fortalecen las presiones a la apreciación de las monedas en el resto del mundo.

Esto plantea un reto para las economías emergentes, pues la apreciación afecta la competitividad de las exportaciones diferentes a los productos básicos; además, las economías que han aumentado las tasas de interés –como Brasil, India, Malasia y Perú– generan una mayor atracción de flujos internacionales de capitales y temores sobre la sostenibilidad del crecimiento.

En ese complejo entorno internacional, es evidente la importancia de las medidas que el Banco de la República y el Gobierno adoptaron, en materia de intervención en el mercado cambiario, eliminación del beneficio tributario al endeudamiento externo, reforma arancelaria y monetización de créditos externos. Falta el vital refuerzo de diversas leyes que hacen trámite en el Congreso, especialmente las que apuntan al aumento del ahorro, como son la reforma a las regalías, la regla fiscal y la eliminación de la sobretasa al consumo industrial de energía. Entre más pronto sean aprobadas, de mejor forma podrá Colombia capotear el vendaval de la apreciación.

¿W?

miércoles, 23 de junio de 2010
Artículo publicado en Ámbito Jurídico No. 298, del 31 de mayo al 13 de junio de 2010

Hasta hace unos meses la discusión de los analistas económicos parecía de lingüistas, pues se hacía un parangón entre la recuperación de la economía mundial y el abecedario. En general las diversas posiciones se enfocaron en tres letras: V, las más optimistas, pues preveían una salida rápida de la crisis; W, las moderadas, que postulaban una caída después del rebote inicial; y L, las pesimistas, que anticipaban una repetición de la Gran Depresión, de la cual el mundo tardó casi una década en salir.

Al parecer ganaron las posiciones optimistas con la rápida recuperación tanto de las economías desarrolladas como subdesarrolladas; el resto del abecedario quedó relegado al olvido y hoy el mundo se está contagiando del optimismo que reflejan los indicadores.

Recientemente The Economist llamó la atención sobre el notable repunte de la economía mundial, que en poco tiempo retornó a crecimientos cercanos a los de pre-crisis. En abril, el Fondo Monetario Internacional (FMI) revisó su proyección de crecimiento del PIB mundial de 3.9% a 4.2% y, según la publicación, algunos analistas lo estiman en 4.5%. Para EEUU se cambió el crecimiento esperado de 2.7% a 3.1%; además, China está creciendo por encima del 10%, India bordea el 9%, y Brasil tiende al 7%.

En el caso de Colombia, la proyección oficial es del 2.5% y los analistas privados se habían ubicado alrededor de ese nivel. Pero los indicadores sectoriales están registrando dinámicas superiores a las previstas, lo que sumado a la decisión de la autoridad monetaria de reducir su tasa de intervención al 3.0%, está alimentando las expectativas de un crecimiento superior: Fedesarrollo revisó al alza su pronóstico del 2.1% al 2.7%, la Andi del 3.0% al 3.5%, Anif de 2.3% a 2.5% y Asobancaria de 2.0% a 2.4%.

¿Será posible que la crisis de 2008-2009, que se ha calificado como la más profunda desde la Segunda Guerra Mundial, haya quedado superada tan rápidamente? ¿Fueron tan efectivas las políticas monetaria y fiscal para asegurar la sostenibilidad del crecimiento recientemente observado? ¿Desapareció por completo el riesgo de las otras letras? En realidad, hay diversos síntomas en la economía mundial que llaman a la cautela.

- Como destaca The Economist, la dinámica del PIB no es similar en todas las regiones y es especialmente preocupante el bajo crecimiento de la Unión Europea, con una proyección de apenas 1.0%.

- En Brasil hay preocupación por el recalentamiento de la economía, por lo que se espera aumento de las tasas de interés. En muy poco tiempo pasó de una caída del PIB de 0.2% en 2009 a un crecimiento excesivo de la demanda, que generó expectativas de inflación.

- Adicionalmente el problema de los bonos soberanos en Europa se tiende a agudizar con el descubrimiento del “engaño” de las autoridades de Grecia sobre la verdadera magnitud de su déficit. Ya se vieron las primeras consecuencias con la reducción de la calificación a Grecia, Portugal y España. Aun cuando el paquete de ayuda de la UE y el FMI por 750.000 millones de euros tranquilizó los mercados, un número creciente de economistas cree que este es apenas un paliativo.

En el ambiente hay grandes inquietudes: la estabilidad de la unión monetaria; el potencial contagio a otras economías del mundo, por la vía de los bancos que dieron créditos a los gobiernos europeos o invirtieron en sus bonos de deuda; la capacidad real de los gobiernos para adoptar el drástico ajuste fiscal requerido. En este último caso, para tener una idea de la magnitud del problema, según el columnista Iván Duque en Portugal sería necesario un ajuste de 10 puntos del PIB en tres años.

- Por si fuera poco, los precios internacionales de los productos básicos retornaron a la tendencia ascendente de la pre-crisis. El barril de petróleo West Texas Intermediate, según el Economist Commodity-Price Index, se incrementó en 67% entre abril de 2009 y abril de 2010. El mismo índice muestra que los bienes industriales aumentaron en 82% anual, en ese periodo. El índice FAO de alimentos, que registró tasas anuales negativas de crecimiento hasta octubre de 2009, creció al 20% anual promedio en el primer trimestre de 2010; y productos como el azúcar se incrementaron en 81% en el mismo periodo, los lácteos en 64% y los aceites en 30%.

Ese panorama deja varios interrogantes. ¿El problema de la deuda soberana ocasionará problemas en otras economías de la Unión Europea? ¿Habrá un efecto contagio hacia el mundo subdesarrollado, similar al que ocasionó el incumplimiento de la deuda rusa a finales del siglo pasado? ¿Las reacciones de las bolsas del mundo antes del paquete de apoyo de la UE, no son un indicador de la sensibilidad al problema europeo? ¿Las tasas de cambio de las economías subdesarrolladas enfrentarán una mayor apreciación por los flujos de capitales que salgan del mundo desarrollado? ¿Qué pasará con las presiones inflacionarias ocasionadas por los precios de los alimentos y de las diferentes fuentes de energía?

Pareciera que el complejo escenario que presentó Kiril Sokolff en Colombia Compite, de aumento de la inflación mundial, altas tasas de interés y burbuja especulativa de bonos soberanos, estuviera haciéndose realidad antes de lo imaginado. ¿Qué pasará con el crecimiento económico? ¿Vuelve la lingüística al escenario?