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Problemas y desarrollo económico

jueves, 21 de diciembre de 2023

 Publicado en Portafolio el 22 de diciembre de 2023

Por donde miremos hay grandes problemas que son lastres para el desarrollo de Colombia, reducen la tranquilidad de los ciudadanos e incrementan el pesimismo y el malestar social que se refleja en las encuestas y en las elecciones: inseguridad, corrupción, informalidad laboral, colados en el transporte masivo, florecimiento de riesgosos transportes informales, evasión del Soat, fraudes a granel, bloqueos de vías urbanas y nacionales, etc.

En su gran mayoría esos problemas fueron pequeños, pero crecieron ante la ausencia de controles que hicieran cumplir las normas vigentes, la permisividad y la inacción de las autoridades y la complicidad de la ciudadanía en general. Pensemos en los colados del Transmilenio. Hace nueve años en mi columna de Portafolio llamaba la atención sobre los 70 mil colados diarios; hoy fácilmente sobrepasan el millón. En otra dimensión, siguen asesinando líderes sociales; como se hace de a poquitos pocos le paran bolas, pero, según Indepaz, desde la firma del acuerdo con las Farc, han asesinado 1.588 líderes.

¿Cuál es el costo económico y social de esos problemas? ¿Cuántos empresarios dejan de invertir o de crecer sus empresas y generar más empleos formales como podrían hacerlo en un mejor ambiente? Nadie lo ha calculado, pero es claro que representan un freno al desarrollo, el desangre de recursos públicos y la pérdida o el desvío de dineros que podrían estar mejor asignados para el crecimiento económico. Las pocas cifras que se conocen son exorbitantes; a manera de ejemplo, Transparencia por Colombia calcula que entre 2016 y 2020 se identificaron 967 hechos de corrupción, pero solo en 367 se pudo estimar una cifra del dinero comprometido; este ascendió a $92,8 billones. Como lo resalta Juan Lozano, ellos darían para la construcción de 461.000 casas o 32 hospitales de alto nivel, junto con la contratación del personal médico.

Tenemos leyes, jueces, cortes judiciales, policía e incentivos para los delincuentes que colaboran con la justicia, pero poco funcionan en la práctica; en los índices globales de “imperio de la ley” Colombia aparece en los últimos lugares.

Como no hay un solo problema, sino que ellos abundan y son inmanejables, es imperativo convencernos de que el desarrollo es un tema de decisión. Los grupos dirigentes en lugar de alimentar la polarización deberían aprovechar el fin de año para reflexionar sobre cómo lograr una coalición o un pacto que apoye la decisión de tomar la vía del desarrollo, de recuperar la cultura ciudadana, de reducir o eliminar muchas de las fuentes de pésima asignación de los recursos y hacer sentir la presencia del Estado como garantía para la tranquilidad, el bienestar de la población y la recuperación del territorio.

El tigre celta

miércoles, 30 de diciembre de 2009
Publicado en el diario La República el 30 de noviembre de 2007


En pocos años Irlanda pasó de ser una de las economías más pobres de la Unión Europea a ser una de las más ricas del mundo. Mientras que en 1975 su ingreso per cápita a precios de paridad de poder adquisitivo lo ubicaba en el puesto 14 en la Europa de los 15, apenas superando a Portugal, en 2006 llegó a US$ 44.500 y ocupó el segundo lugar en el plano mundial, después de Luxemburgo.

El desempeño de la economía de Irlanda muestra la necesidad de complementar las políticas de integración a la economía mundial con políticas que permitan aprovechar las oportunidades que se crean con el libre comercio. Aun cuando Irlanda adoptó políticas de liberalización de su comercio desde la década de los sesenta y en 1973 ingresó a la Comunidad Económica Europea, sólo inició una fase de alto crecimiento con el acuerdo de un pacto social y el establecimiento de una visión de país.

Son múltiples los factores que contribuyeron al despegue de Irlanda. Habitualmente se mencionan la corrección de los graves desequilibrios fiscales –llegó a tener la tasa de tributación más alta de Europa y su endeudamiento externo llegó al 116% del PIB–, los incentivos a la inversión extranjera, una política macroeconómica creíble, la formulación de una política industrial y el flujo de fondos estructurales comunitarios. Pero con escasa frecuencia se señalan el pacto social y la visión de país.

Irlanda no sólo era la economía más pobre de Europa, sino que estaba aquejada por conflictos entre el gobierno, los empresarios y los trabajadores que bloqueaban las posibilidades de crecer, reducir el elevado desempleo y beneficiarse de su incorporación a la Unión Europea. Con el pacto social de finales de los ochenta los trabajadores aceptaron incrementos de sus remuneraciones muy por debajo de la inflación, el gobierno redujo las tasas de impuestos y los empresarios aceptaron adoptar medidas que mejoraran el bienestar de los trabajadores. Los resultados fueron evidentes: Irlanda registra una de las tasas de desempleo más bajas del mundo (4.6% en 2006), tiene un balance fiscal superavitario y transformó notablemente su estructura productiva; de ser un exportador de ganado en pie, leche y papas, pasó a ser exportador de bienes de alta tecnología.

La visión fue otro elemento importante. Ella planteó convertir a Irlanda en una economía de pleno empleo, basada en sectores de alta tecnología y líder en el mercado global. Para el economista David Lovegrove, uno de los forjadores de la transformación del país, no es aceptable la interpretación de un “milagro irlandés” pues no fue el resultado de algo sobrenatural o no explicable por el conocimiento humano y no ocurrió de la noche a la mañana. Fue el resultado de 15 años de sólido compromiso con una visión compartida y aceptada por toda la población.

En términos coloquiales, tener la visión del país que querían puso a todos a empujar hacia el mismo lado, para que dieran fruto todos los esfuerzos. Así lo afirmó Lovegrove en una conferencia reciente a los funcionarios del Mincomercio: “cuando comenzamos no había un modelo a seguir. Creamos el nuestro mediante innovación, asociada con buenas políticas, trabajo duro, mucha paciencia y numerosos ensayos y errores”.

Varias lecciones quedan para Colombia. Una es que no hay modelos que se puedan calcar; es importante la creatividad y la innovación en la solución de nuestros problemas. Otra es que los milagros no existen; se requieren una visión y el compromiso de toda la ciudadanía. Por último, pasar de pobres a ricos no es una utopía: sí se puede.