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La era Trump

viernes, 20 de enero de 2017
Publicado en Portafolio el viernes 20 de enero de 2017

Donald Trump asume hoy la presidencia de los Estados Unidos y el mundo está expectante por sus decisiones de política económica.

En líneas generales, Trump prometió bajar los impuestos de las empresas desde más del 30% al 15% y aumentar la inversión en infraestructura en US$500.000 millones. Adicionalmente, “reindustrializar” el país forzando el retorno de las empresas que se marcharon a otros países; para lograrlo, impondrá un arancel del 45% a los productos chinos y uno del 35% a los mexicanos.

Algunos analistas aseveran que la política fiscal expansiva impulsará el crecimiento y el empleo, a costa de aumentar el déficit fiscal y la deuda pública; este impulso de la demanda agregada estadounidense también dinamizará el comercio internacional y la economía mundial. Esperan que esos resultados moderen la amenaza contra China y México, pero desestiman que el mayor fortalecimiento de la tasa de cambio puede aumentar el déficit comercial.

Hay dos estudios que estiman los impactos esperados de esa combinación de políticas. Uno de Moody’s (“The Macroeconomic Consequences of Mr. Trump’s Economic Policies”) y otro del Peterson Institute for International Economics (PIIE) (“Assessing Trade Agendas in the US Presidential Campaign”).

Los resultados muestran que, en efecto, puede ocurrir inicialmente una aceleración del crecimiento económico, pero en 2019 la economía entraría en recesión: -1.5% y -0.1%, para Moody’s y PIIE, respectivamente. Para el periodo 2016-2026 el primer estudio estima un crecimiento promedio del 1.4% y el segundo del 2.0%, con lo que se prolongaría el bajo dinamismo registrado desde la crisis mundial.

Según Moody’s, después de alcanzar el pleno empleo, que en buena parte se explicaría por la deportación de 11.3 millones de migrantes ilegales, el desempleo aumenta. El choque de oferta en el mercado laboral induce un incremento de la inflación, a la cual se suma el alza de los precios de los productos importados como consecuencia de los altos aranceles; la FED responderá aumentando la tasa de interés, con el consecuente freno de la demanda agregada. Finalmente, el estudio del PIIE estima que habrá una pérdida de 4.8 millones de empleos.

Si bien se espera una reducción tanto de las exportaciones como de las importaciones, no son claros los impactos por países ni las magnitudes (Moody’s señala que en el punto pico las exportaciones de Estados Unidos caerán en US$85 mil millones, alrededor del 6%).

Aun cuando el PIIE incluye un escenario de “guerra comercial plena”, en el que China y México responden a la política de Trump imponiendo aranceles de igual magnitud a los productos de Estados Unidos, destaca la dificultad de modelar los efectos por países dada la existencia de cadenas globales de valor. Cada empresa conoce el detalle de su cadena, la forma en que los mayores aranceles le impactarán y la probabilidad de relocalizarse en otro país o retornar a Estados Unidos, como lo anhela Trump. Pero esa no es información disponible para los analistas.

El balance esperado no luce muy positivo. Se pueden perder más empleos que los atribuidos a la globalización, es factible una guerra comercial de grandes proporciones –cuya magnitud aún no ha sido medida por las dificultades para modelar las cadenas globales de valor–, y el alto crecimiento será flor de un día. Comenzó la era Trump.

La pelotera industrial

viernes, 21 de agosto de 2015
Publicado en Portafolio el viernes 21 de agosto de 2015

Nuevamente saltó a la palestra el tema de la política industrial y retornaron las inevitables imprecisiones.

Se cayó en la vana discusión de si hay o no política industrial en Colombia, cuando fácilmente se pueden enumerar muchos instrumentos que todos los países clasifican como política industrial. Cosa diferente es que no le guste a todos; que unos la quieran llamar moderna; que otros consideren necesarios más instrumentos; o que algunos añoren volver al pasado proteccionista.

¿Debe existir un ministerio exclusivo para la industria? La realidad del mundo es que son escasos los países que lo tienen. En varios de los desarrollados y de los emergentes que nos llevan ventaja, el ministerio responsable de los temas de industria también lo es de los de comercio; incluso hay casos en los que incluyen los de turismo, energía, construcción, innovación, tecnología, minería o formación para el trabajo.

La política industrial engloba múltiples temas transversales, pero un ministerio que los abarque todos no existe; aspectos como infraestructura, educación, impuestos, licencias sanitarias, tarifas de energía, etcétera, son de competencia de otros ministerios. Por lo tanto, lo deseable para la política industrial es un ministerio que tenga a su cargo algunos elementos transversales y los sectoriales clave, complementados con la capacidad gubernamental de articulación y coordinación efectiva de las agencias públicas involucradas en el desarrollo empresarial.

La desindustrialización también se debate, pero hay zonas grises difíciles de despejar. Por ejemplo, qué tan cierto es que en los noventa teníamos una industria promisoria y que los TLCs y la enfermedad holandesa la acabaron. Los datos evidencian que la mayor pérdida de participación de la industria ocurrió en la década de los noventa; si eso fue desindustrialización, cambios metodológicos, o tercerización de actividades industriales, es otro debate. También muestran que en el periodo 2001-2007 la industria creció más que la economía y que, a partir de 2008, coincidiendo con la crisis mundial, entró en recesión y luego en un prolongado periodo de estancamiento.

¿Coincidencia con el ciclo de la economía mundial? Probable; esta es una hipótesis por explorar. ¿Efecto TLCs? Dudoso; en el periodo de la crisis mundial no estaban vigentes los que generan pánico a los críticos; los de EEUU, UE y Canadá entraron en vigencia después de iniciada la contracción industrial. Y es bien sabido que los grandes impactos de los TLCs no son instantáneos sino de mediano y largo plazo.

Pero incluso los analistas más calificados se pifian en estas materias. Un reconocido economista declaró que México es la “muestra palpable de que los TLC afectan la industria”. Las cifras del Banco Mundial dicen lo contrario. Entre 1994 y 2014, el valor agregado industrial de México creció 60%, y el de Brasil 22%, expresados en moneda local a precios constantes; y medidos en dólares corrientes crecieron 150% y 69%, respectivamente.

¿Y Colombia? ¡Sorpresa! La industria creció 46% en moneda local y 249% en dólares; además, mientras que en Brasil perdió 6.5 puntos de participación en el PIB entre 2005 y 2014, en Colombia lo hizo en 2.5 puntos.

Buenos son los debates en estas materias. Pero deben ser constructivos y no pensando que estamos en el primer día de la creación. En ese contexto, el documento técnico de la Andi es un destacado aporte.

¿Tragedia mexicana?

miércoles, 30 de mayo de 2012
Publicado en el diario La República el 25 de mayo de 2012

Es muy particular que siempre salga a relucir el caso de México para insinuar las presuntas tragedias que ocasionan los tratados de libre comercio (TLC) en el agro.

Veamos algunos casos. Un excandidato a la alcaldía de Bogotá afirma que “en el transcurso de los [primeros] doce años [del NAFTA] la importación de maíz originario de Estados Unidos sumó 58 millones 635 mil toneladas…” y que “las siembras de maíz en México decayeron de 9,5 millones de hectáreas… a 8,5 millones”. Pero no informa cómo han evolucionado la producción y el consumo en ese periodo.

Varios críticos hacen eco de un estudio de la UNAM, según el cual entre 2006 y 2011 el 72% de los campesinos mexicanos quebró como consecuencia del NAFTA. Pese a que solo se conoce un comunicado de prensa, es evidente que el informe ignora los impactos de la crisis mundial y la abrupta caída de las remesas de los migrantes.

Otro crítico afirmó que en México se quebraron 148 mil ganaderos por el NAFTA, con lo que apenas quedan unos 32 mil. La fuente de la información no se conoce.

Las cifras de los censos agropecuarios de México son contundentes frente a esos argumentos. En un artículo del profesor mexicano Héctor Robles (“Una visión de largo plazo: Comparativo resultados del VII y VIII Censo Agrícola Ganadero 1991-2007”) se resaltan aspectos como los siguientes:

Primero, el minifundio creció, por lo que no ocurrió la trágica desaparición de los pequeños productores como algunos pregonan que ocurrió en México y se repetirá en Colombia; el número de unidades productivas de menos de cinco hectáreas se incrementó en 27.1% entre 1990 y 2007.

Segundo, las tierras ejidales crecieron en área en 23.4% en el mismo periodo y, evidentemente, no se privatizaron.

Tercero, el área cosechada de maíz se redujo en 376 mil hectáreas (4.9%), pero la producción se duplicó entre 1990 y 2007, por el notable incremento en los rendimientos. Por lo tanto, es falso que las importaciones estén acabando el cultivo.

Cuarto, en la ganadería bovina, el número de cabezas se redujo en 2.3%. No obstante, los informes de la Confederación de Ganaderos muestran una tendencia creciente de la producción de carne y leche. Como señala el gremio, “el incremento de la producción proviene más de mejoras en la productividad que del incremento en el número de animales”.

El censo muestra que el hato ganadero está distribuido en 1.129.217 unidades de producción, lo que da un promedio de 20.6 cabezas por unidad. Si el número de ganaderos se redujo, implicaría que cada uno aumentó su hato de un promedio de 157 a 727 cabezas.

Ni las cifras de crecimiento de la producción, ni el número de unidades de producción, ni las publicaciones gremiales dan la idea de un desastre en el cual el número de ganaderos se hubiera reducido en un 82%.

Para cerrar, otra cifra. Una fuente bien informada publicó que en Estados Unidos hay 9 millones de vacas en ordeño con una producción de 88 mil millones de litros de leche por año, mientras que en el país se ordeñan 7.4 millones y producen 6 mil millones. La conclusión que deriva de ahí, es sorprendente: ¡Estados Unidos produce 14 veces más que Colombia! Otra versión de Robledo enfrentado a un edificio de 54 pisos.

Muy interesante, pero lo más relevante de esos datos es que una vaca estadounidense produce en promedio 9.778 litros anuales… ¡y una colombiana 811!

Retornando a México, su producción de leche es de 11 mil millones de litros por año, con 2.4 millones de vacas lecheras (FAO y OECD). Por lo tanto, con un tercio de las vacas que tiene Colombia, produce casi el doble, porque su productividad es seis veces mayor a la nuestra.

Obvia la conclusión. ¡Escudriñar más las cifras, divulgar las fuentes y, por encima de todo, crecer la productividad!

Adiós Mipymes

martes, 29 de diciembre de 2009
Publicado en Ámbito Jurídico el 13 de agosto de 2007

Una de las etapas que se surten para la adopción de medidas de política económica es la revisión de experiencias internacionales. Es un procedimiento válido y útil, salvo en los casos en que el país es el innovador mundial en una política. El proceso tiene en cuenta que no hay países perfectos y que el objetivo no es convertir a Colombia en un clon de otro país. El estudio de experiencias permite aprender de las políticas que han dado buenos resultados, corregir los problemas de implementación y evitar los efectos no deseados.

En los debates sobre el TLC viene ocurriendo algo muy particular, pues algunos contradictores se van lanza en ristre contra las experiencias internacionales que menciona el gobierno, por considerarlas inadecuadas; no obstante, no dudan en acudir a ellas para favorecer sus posiciones. El problema estriba con frecuencia en la debilidad argumental, basada en el discurso político sin sustento en hechos mensurables.

Es el caso de los efectos esperados del TLC sobre el sector de las mipymes (alrededor del 97% de las empresas colombianas). Los opositores no sólo califican de “ridículo” al presidente de Acopi, por afirmar que las pymes son ganadoras en el TLC, sino que vaticinan la “barrida” de este segmento empresarial; su argumento se basa en la experiencia mexicana que ocasionó la presunta desaparición de 250 mil empresas y el crecimiento del empleo únicamente en la actividad de maquila, bajo condiciones de “envilecimiento” de la fuerza laboral.

Cierto es que la evaluación de los impactos del NAFTA en México es fuente de controversia. En parte por la persistencia de diversos problemas estructurales de vieja data, el profundo deterioro de los indicadores macroeconómicos y sociales como resultado de la crisis del tequila, y la carencia de algunas políticas complementarias al proceso de integración –a un Secretario de Hacienda se le atribuye la frase: “La mejor política industrial es no tener política industrial”–. Y en parte porque no se consultan las cifras que ponen en contexto real la experiencia mexicana y que muestran que dista de ser el estruendoso fracaso pregonado por algunos.

En el caso que nos ocupa, las cifras oficiales no avalan los argumentos de los críticos sobre el impacto en las mipymes. Los censos económicos indican que el total de empresas de México aumentó de 2.2 a 3.0 millones entre 1993 y 2003. Lejos de desaparecer 250 mil empresas, su número se incrementó en alrededor de 800 mil; curiosamente la mayor parte de ese crecimiento (78%) se registró entre 1993 y 1998, a pesar del impacto negativo del efecto tequila.

La evaluación por tamaños de empresa revela que entre 1999 y 2003 las grandes empresas perdieron participación (de 0.3% a 0.2% del total) y que, por lo tanto, las mipymes la aumentaron. No se tuvo acceso a los datos desagregados del censo de 1993 para hacer la comparación por tamaños de empresas, pero se puede colegir que las mipymes no fueron “barridas” entre ese año y 1999. Según el censo de 1999, el número de empresas grandes era 8.474; cualquiera que haya sido su crecimiento, es evidente que alrededor del 99% del aumento en el número total de empresas es explicado por las mipymes.

Con relación al empleo, la primera referencia a su evolución es la tasa de desempleo. Su nivel era de 2.4% en 1993; con la crisis del tequila se elevó hasta cerca del 5% y actualmente está 3.3%.

Las cifras para el periodo 1998–2004 muestran que el número total de ocupados se incrementó en 3.6 millones de personas, con una tasa media anual de crecimiento superior a la de la población –los datos más recientes no son directamente comparables con los del periodo mencionado–. Sin incluir el sector agropecuario, que registra una tendencia descendente en la ocupación, el aumento fue de 4.3 millones de empleos; de ellos, el 54% son explicados por las microempresas, el 22% por las empresas grandes y el 13% por las empresas pequeñas.

La actividad de la maquila creció el número de empleos en 448 mil puestos entre 1996 y 2006, de los cuales el 73% correspondió a obreros. Estos niveles, si bien son inferiores a los registrados en el año 2000, vienen creciendo desde 2003. Las variaciones acumuladas reales de las remuneraciones a los obreros de la maquila fueron del 19% durante el periodo mencionado y las de las prestaciones sociales y contribuciones patronales del 20.9%. Aun cuando en algunos años las variaciones reales fueron negativas han sido más que compensadas por los años con variación positiva.

Contrario a lo esperado por los contradictores, los datos anteriores evidencian la utilidad de las experiencias internacionales en el análisis de la política económica. Permiten corroborar que las mipymes no tienen por qué ser “barridas” en los procesos de integración, que su participación en el número de empresas, en el mercado y en la generación de empleo puede aumentar, y que las remuneraciones reales de los sectores vinculados al comercio internacional pueden mejorar. También permiten apreciar lo fácil que es lanzar juicios de valor sin consultar con la realidad.

El sofisma de la tortilla mexicana

Publicado en el diario La República el 13 de julio de 2007

El autor de un artículo publicado en “La Tarde” de Pereira repite una cantaleta que recitó en el Congreso de la República durante los debates al proyecto de ley del TLC.

Con el ejemplo del maíz y las tortillas, el autor pretende demostrar que el Nafta fue un desastre para la agricultura mexicana y que eso mismo ocurrirá en Colombia. Señala que las importaciones de maíz desde los Estados Unidos superaron las 58 millones de toneladas entre 1995 y 2006, mientras el área sembrada se redujo de 9.5 millones de hectáreas a 8.5 millones. Como consecuencia, la tortilla de maíz se ha vuelto muy costosa (el precio se incrementó en 738% en los 12 años), haciendo más oneroso a los mexicanos el consumo de proteínas, calorías, fibra y calcio. Curiosamente se le olvidó mencionar que la producción acumulada en ese periodo ascendió a 231 millones de toneladas y que su crecimiento fue 2% anual, reflejando aumentos en productividad.

Estos argumentos sólo demuestran una cosa: el desconocimiento de la realidad mexicana post­-TLC, pues las cifras oficiales desmienten los argumentos no sólo del autor en cuestión, sino de todos aquellos que los usan como oposición a las negociaciones comerciales.

Los economistas mexicanos Dixia Vega y Pablo Ramírez señalan que “el primer problema en la cadena del maíz se manifiesta a finales de los años 60 y principios de los 70 y consiste en un estancamiento de la producción que afecta el suministro para cubrir la demanda doméstica y que obliga a realizar importaciones significativas del grano. Las primeras importaciones significativas de maíz comienzan en los años 70”. La tendencia creciente de las importaciones se mantuvo en las décadas siguientes a pesar de las políticas de fomento al cultivo.

La Secretaría de Agricultura de México (Sagarpa) publicó este año un documento en el cual indica que la producción de maíz en 2006 fue de 22 millones de toneladas; en 2005 el 92.9% correspondió a maíz blanco, el 6.9% a maíz amarillo y el resto a otras variedades. Sagarpa afirma que “la producción nacional de maíz blanco cubre de manera satisfactoria la demanda de este grano. En varios estados de la República el cultivo se constituye en el sustento directo de millones de personas, tan es así que al consumo humano de maíz blanco se destina más del 50% de la producción nacional, el cual se ingiere en forma de tortilla”. Adicionalmente, señala que “de la demanda total del sector pecuario, el 15% corresponde a maíz blanco (2.1 millones de toneladas) y el 85% a maíz amarillo (11.6 millones de toneladas), el cual en su mayor parte es importado”. Con relación a las importaciones, en 2006 fueron de 7.3 millones de toneladas de maíz amarillo y 0.25 millones de maíz blanco.

Los precios de la tortilla simplemente reflejan lo que sucede con precios sustentados ficticiamente: generan problemas cuando tienen que ser ajustados a la realidad del mercado. Según Sagarpa, “El índice de precios de la tortilla de maíz observó importantes aumentos en los años 1997, 1998 y 1999… Estas variaciones se explican por la eliminación de subsidios a la tortilla, la cual tuvo lugar a finales de los años noventa”. La situación reciente está vinculada al crecimiento de los precios internacionales del maíz por la mayor demanda para la producción de etanol.

En síntesis, Nafta poco y nada tiene que ver con el precio de la tortilla y es artificiosa la pretensión de derivar de ese ejemplo conclusiones sobre el impacto del TLC en la agricultura colombiana.

Y dale con el maíz mexicano

lunes, 28 de diciembre de 2009
Publicado en el diario La Republica el 1 de marzo de 2007
En su reciente visita a Colombia, la Representante Demócrata, Linda Sánchez, señaló que el TLC con Estados Unidos arrasará con el sector agropecuario. Como prueba aportó lo ocurrido en México con el Nafta, que, según ella, ocasionó un desastre, especialmente en el emblemático cultivo del maíz. Esta percepción es aceptada sin discusión por muchos críticos de las negociaciones comerciales.

Es innegable que el crecimiento de la economía mexicana no ha registrado un comportamiento similar al de China y que en el sector agropecuario subsisten problemas serios de pobreza, distribución del ingreso, reducción del ingreso real, migración, rigidez en los mercados de tierras, y rezagos en tecnología e infraestructura, entre otros. Pero atribuir todos los males al tratado con Estados Unidos y Canadá es desconocer la historia de México y olvidar que varios de ellos son complejos problemas estructurales de vieja data.

La posición de los críticos se mantiene inmune a la creciente evidencia empírica que refuta la existencia de tal desastre. Según las cifras oficiales de México, en el periodo 1994-2004 los crecimientos del PIB agropecuario y del PIB agropecuario por habitante rural (1.9% anual en ambos casos) fueron mayores ­que en los periodos 1980–1990 y 1989–1993.

El documento de la Cepal “México: crecimiento agropecuario, capital humano y gestión del riesgo”, comprueba que en el periodo 1988–1993 las tasas medias anuales de crecimiento del valor agregado de los subsectores agrícola, pecuario y pesca y caza fueron negativas, mientras que en el periodo 1993­–2003 fueron positivas.Un estudio realizado por Andrés Rosenzweig, consultor de la Cepal, concluye que entre 1993 y 2003 la producción de los diez cultivos básicos “registró un aumento acumulado de 4.5 millones de toneladas”; adicionalmente, las exportaciones y las importaciones agropecuarias crecieron a una tasa similar, la productividad laboral agrícola creció, y se diversificaron las exportaciones agroalimentarias y pesqueras.

Con relación al maíz, la producción no dejó de crecer. Su tasa media anual de crecimiento en el periodo 1984–1994 fue de 3.61% y la del periodo 1994-2004 fue de 1.74%. El área cosechada se redujo, lo que indica que el incremento en la producción refleja mejor tecnología; los rendimientos aumentaron a una tasa media anual del 1.8% en el primer periodo y de 2.4% durante el segundo.

Si el menor crecimiento en la producción de maíz se atribuye al Nafta, se desconocerían las particularidades de la estructura agraria, la coyuntura internacional y la evolución de la producción en periodos anteriores. La producción de maíz se redujo en 3.2 millones de toneladas entre 1985 y 1989; una caída de esa magnitud y por cuatro años consecutivos no se ha apreciado en el periodo posterior a 1994.

El crecimiento de la producción después de 1994 se concentra en el maíz temporal (producción campesina tradicional). En efecto, mientras que la tasa media anual de crecimiento del maíz riego fue del 11.9% en el periodo 1984–1994, en el periodo 1994–2004 se contrajo al 0.2% anual; entre tanto, el maíz temporal se contrajo en el primer periodo al 0.3% anual, pero creció al 3.2% anual en el segundo.

No obstante que ese resultado permitió un aumento del 1.7% en la producción per cápita de maíz entre 1994 y 2004, la diferencia con el aumento del consumo per cápita se debió atender con importaciones.Es claro que estas cifras no hablan de una catástrofe, aun cuando tampoco de un milagro. Una mirada más equilibrada muestra una experiencia con lecciones valiosas para moderar los problemas y aprovechar mejor las oportunidades del TLC.