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TLC y agricultura: entre la realidad y la fantasía

jueves, 16 de enero de 2014
Publicado en Portafolio el jueves 16 de enero de 2014


Si la Junta Directiva del Banco de la República aumenta la tasa de interés un viernes, resultaría absurdo que los medios le pregunten el siguiente lunes por los efectos que ha observado en la tasa de inflación. Y sería absurdo porque existen rezagos entre la decisión de la autoridad monetaria y la observación de los resultados esperados.

Algo similar ocurre cuando los acuerdos de libre comercio (ALC) entran en vigencia y a las pocas semanas algunos sesudos analistas pretenden achacarle la culpa de los problemas de un sector, caso que ya se vio con el paro agrario.

La realidad es que el rezago en los ALC es mucho más largo que el de la política monetaria. Como lo enfatiza un documento de la Comisión Europea, que evalúa el acuerdo de ese grupo con Corea del Sur:

“Transcurrido poco más de un año de su funcionamiento, aún es demasiado pronto para evaluar el pleno impacto del ALC, una vez que las disposiciones relativas a las medidas arancelarias y no arancelarias de liberalización, así como las medidas sobre los servicios y las inversiones, entrarán en vigor a lo largo de un período más largo”.

No obstante, esto no implica que no se pueda hacer un seguimiento continuo de la forma en que se van reflejando la reducción arancelaria y otras medidas acordadas sobre el comercio y otras variables. Pero en este caso es imprescindible aplicar el rigor analítico.

Con ese rasero se debe evaluar el reciente estudio de Barberi (“La agricultura, los pequeños productores agropecuarios y el primer año de vigencia del acuerdo de libre comercio suscrito con Estados Unidos”), que pretende evaluar el impacto del primer año de vigencia del ALC de Colombia con los EEUU sobre la “agricultura y los pequeños productores agropecuarios”.

Desde el mismo título hay imprecisiones, pues el autor afirma que “los indicadores… que se estimarán no permiten medir el impacto del Acuerdo sobre un determinado grupo de productores”. En plata blanca, esto significa que no puede medir el efecto sobre la producción campesina que es lo que prometió en el título.

El argumento central del documento es que el crecimiento de las importaciones de alimentos desde EEUU representa una “amenaza para los productos de economía campesina”.

El autor cae en el error habitual de los críticos de las negociaciones comerciales, al desconocer lo que está ocurriendo en el resto del mundo. Por eso no ve que en gran medida el resultado observado en las importaciones de productos agropecuarios desde EEUU refleja una sustitución de proveedores, posiblemente relacionada con los conceptos teóricos de desviación y creación de comercio.

El volumen importado de estos productos desde EEUU en enero-septiembre de 2013 aumentó en 602 mil toneladas con relación al mismo periodo de 2012; con esto se recuperó parcialmente el terreno perdido a septiembre de 2012 (-716 mil toneladas con respecto a septiembre de 2011).

La sustitución es evidente, pues las importaciones agropecuarias del resto del mundo cayeron 615 mil toneladas a septiembre de 2013, mientras que en el periodo anterior habían crecido en 1.5 millones de toneladas.

Barberi seleccionó 14 productos que, según él, reflejan la sensibilidad de la economía campesina a los ALC. En su revisión de las importaciones de los nueve primeros meses de vigencia del TLC (no el año que anuncia en el título), detectó cinco productos con riesgo alto (arroz, lactosuero, leche en polvo, carne de cerdo y maíz blanco), cinco con riesgo medio (trigo, carne de pollo, zanahoria, arveja y tomate) y cuatro con riesgo bajo (fríjol, cebolla, maíz amarillo y sorgo).

Tomando un periodo de 16 meses de vigencia del ALC (que debería mostrar aún más los impactos negativos) y comparándolo con los 16 meses anteriores, se observan datos interesantes. En cinco productos el valor las importaciones desde EEUU registró variaciones absolutas negativas, incluidos dos de los de “riesgo alto”, y en dos de ellos también cayeron las importaciones del resto del mundo. En dos productos el crecimiento de las compras a EEUU se compensa con caídas del resto del mundo; y en cinco crecen las importaciones de ambas fuentes. Por último, la mayor variación corresponde a trigo, producto del cual el país importa el 98% del consumo.


Importaciones de 14 productos agropecuarios desde EEUU y el resto del mundo (US$ millones)
Fuente: Dane, Dian, MinCIT; cálculos del autor.

El análisis debe tener en cuenta que en productos como carne de pollo, lácteos y arroz se negociaron contingentes que en ningún caso superan el equivalente al 3% de la producción anual.

En total los 14 productos importados desde EEUU registraron un incremento de US$20 millones entre los dos periodos, mientras que del resto del mundo aumentaron US$233 millones.

En síntesis, como reza el aforismo atribuido a Patrick Moynihan, “todos tenemos derecho a tener nuestras propias opiniones, pero no nuestros propios hechos”.

Pinocho y los TLC

viernes, 4 de octubre de 2013
Publicado en Portafolio el 4 de octubre de 2013

Pasada la efervescencia del paro agrario, una mirada más reposada y con nuevos datos pone en evidencia cómo manipulan la información algunos supuestos defensores de los campesinos colombianos. En su desesperado afán de endilgar todos los problemas del agro a los TLCs, no dudaron en lanzar afirmaciones poco fiables.

Es claro que el campo colombiano vive una compleja problemática, gestada a lo largo de varias décadas y fuente del malestar social reflejado en el paro. Pero ella no se puede solucionar buscando chivos expiatorios sino encontrando la raíz real de los problemas. Y a eso no contribuyen aquellos que buscan pescar en rio revuelto, con perlas como las siguientes:

El senador Jorge Robledo afirma que “el libre comercio es la causa de la crisis agraria”. Ese es un eslogan que suena bonito, vende bien y genera alianzas, antes imposibles, con aquellos que nunca piensan en el bienestar del consumidor pero sí en preservar su estado de confort.

Curiosamente, pocos días antes de esa afirmación, Portafolio titulaba: “Colombia, la segunda economía más cerrada de A. Latina”. Muchos siguen creyendo que la apertura unilateral de 1991 volvió al país una economía abierta y de libre comercio. Pero con su táctica del avestruz, no ven que el mundo se siguió moviendo mientras aquí nos quedamos maquinando cómo “neutralizar” el “neoliberalismo”.

No de otra forma se pueden entender los resultados del Global Competitiveness Report 2013–2014: en la variable “prevalencia de barreras al comercio”, Colombia está en el puesto 131 entre 148 países; en el de la tarifa arancelaria en el 82, aun después de la reforma arancelaria de 2010 y del diferimiento para bienes de capital e insumos no producidos; y en los coeficientes de apertura en el 143 en importaciones y en el 137 en exportaciones. ¿Es este el libre cambio a la colombiana que explica el paro?

En el mismo artículo el senador Robledo afirmó que: “…arroz, cárnicos, lácteos, oleaginosas, papa, azúcar y hortalizas… vienen desapareciendo con los TLC suscritos y la Alianza del Pacífico, como lo muestra el otro millón de hectáreas de agricultura eliminada entre 2000 y 2012”. Esta afirmación es falsa de ‘cabo a rabo’.

Para empezar, la Alianza del Pacífico no puede estar “desapareciendo” cultivos por la simple razón de que no está vigente. La negociación comercial apenas concluyó a finales de agosto y debe ser aprobada como ley por el Congreso y revisada por la Corte Constitucional antes de entrar en vigencia.

Con relación al área cultivada, las cifras del MinAgricultura indican que en ese periodo, excluyendo café que no tiene datos completos, creció en 240 mil hectáreas. Y respecto a papa, azúcar, hortalizas, oleaginosas y carnes de res, pollo y cerdo, la producción tiene las oscilaciones naturales, pero su tendencia es claramente ascendente; en el caso de leche hay un estancamiento reciente, pero no una caída; y solo en arroz riego se reduce la producción en los últimos años.

La representante Pinilla trinó el 28 de agosto: “TLC con UE puso en total riesgo producción de leche, quesos y mantequillas colombianas por eso se justifica el #ParoNacional”. Este debe ser el TLC con el impacto más veloz en la historia comercial del mundo; entró a regir el 1 de agosto de 2013 y en 27 días tenía en riesgo al sector lechero.

En esa negociación, quedó un contingente de leche en polvo de 4.000 toneladas, equivalente al 0.6 por ciento de la producción anual nacional, y por fuera de él se aplica un arancel del 98 por ciento que se desgrava a 17 años. ¿Será un tiempo suficiente para mejorar la productividad y neutralizar el “riesgo”?

En otro de sus trinos dijo: “Importaciones de alimentos pasaron de 252.516 t en el 1er trimestre del 2011 a 385.196 t en el primero del 2012 TLC con #EstadosUnidos”. Esas cifras son falsas, porque entre los dos periodos mencionados el volumen se redujo en 71.1 por ciento; pero, más importante aún: el TLC con Estados Unidos no estaba vigente en el primer trimestre de 2012.

¡Ese es el tipo de “verdades” con las que defienden a los campesinos! Y con ellas crearon un ambiente que impidió a los ciudadanos de a pie asimilar objetivamente la información con la que el gobierno demostró lo enclenques que eran esos argumentos.

Por si hiciera falta algún dato objetivo más, los resultados del PIB del primer semestre de 2013 que acaba de publicar el Dane, indican que la papa creció 13.5% respecto al 2012, corroborando una buena cosecha que pudo reducir los precios ¿Aun así seguirán sosteniendo que está “desapareciendo” por los TLC, y que eso justifica los paros?

Los TLC y los campesinos

lunes, 6 de diciembre de 2010
Publicado en el diario La República el jueves 25 de noviembre de 2010


Esta semana se presentó un libro sobre el impacto del tratado de libre comercio de Colombia con Estados Unidos en la economía campesina, escrito por tres destacados investigadores nacionales.

El punto de partida es la visión negativa y pesimista que ellos tienen de los acuerdos comerciales. Después de anotar las limitaciones estadísticas de la investigación (no se sabe cuántos campesinos hay ni cuánto producen), señalan que el TLC afecta cultivos que cubren el 29% del área cosechada por la economía campesina y generan el 16% de sus ingresos brutos. En la ganadería el riesgo pesa sobre el 6% de los ingresos de los campesinos; y hay otro 22% en doble propósito, que así como puede enfrentar amenazas tiene oportunidades de exportación.

Por lo tanto, aun cuando los autores no lo hacen explícito, es claro que el 71% del área en agricultura y el 56% de los ingresos totales no se ven afectados, a lo cual habría que sumar el efecto neto de la ganadería de doble propósito.

Los ejercicios realizados por estos investigadores señalan que el ingreso de los campesinos se reduciría en 10% con el TLC y que los productos más afectados serían fríjol, carnes de cerdo y pollo, trigo, sorgo y maíz.

Es muy respetable el punto de partida de los autores, pues no todo el mundo tiene que estar de acuerdo con los TLC. Pero hay aspectos del mundo real que, al ser menospreciados, impiden ver los efectos positivos que espera el gobierno.

Por ejemplo, ver el ATPDEA como sustituto del TLC, no tiene sentido. Esa preferencia unilateral ha sido positiva para Colombia, pero tiene limitaciones. El caso de Bolivia muestra que es temporal; en cambio el tratado asegura un acceso preferencial permanente. Además, no incluye los servicios, que son el sector más dinámico del comercio mundial, ni las medidas no arancelarias, que son el principal obstáculo para los productos del agro; ambos son parte del TLC.

No es razonable seguir incluyendo el trigo como una gran pérdida en los TLC. Desde hace muchas décadas se comprobó que no somos competitivos en ese producto, como no lo es ninguna economía del trópico. Actualmente se importa alrededor del 98% de lo que se consume y aún así ese producto tiene un arancel que paga el consumidor final. Con la entrada en vigencia del acuerdo CAN-Mercosur el cereal se está importando sin gravamen y desde el año entrante también podría ingresar desde Canadá con arancel cero.

Un aspecto que se debe tener en cuenta es la experiencia de otros países que ya tienen vigente su TLC con Estados Unidos o con otras economías desarrolladas. En México, Chile y el Triángulo Norte de Centroamérica no hay evidencias sólidas de la presunta destrucción de la economía campesina. En el primer país, hay debates sobre los efectos; pero en el caso emblemático del maíz, el volumen y los rendimientos han crecido tanto en la producción tradicional como en la de riego; y en la producción de maíz blanco, que es para el consumo humano, prácticamente se autoabastecen.

Otro elemento que no incorpora el estudio es el cambio que se empezó a dar en Colombia como consecuencia de las negociaciones del TLC: la sustitución de protecciones en frontera por ayudas internas, mediante el programa Agro Ingreso Seguro (actualmente en reestructuración). La protección no desaparece y, mientras el Congreso de ese país aprueba el TLC, el sector agropecuario tiene el doble beneficio de aranceles y ayudas internas.

Loable el propósito de los autores desde el punto de vista académico, pero dejan sus pesimistas escenarios sin las recomendaciones de rigor. Sería importante conocer sus opiniones sobre los cambios institucionales que se están generando con los TLC y sobre la situación del consumidor en un escenario hipotético sin tratados.