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El país de las maravillas

martes, 20 de enero de 2026

 

Publicado en Portafolio el 20 de enero de 2026.

Hace unos meses el gobierno sacó pecho porque The Economist calificó a Colombia como una de las mejores economías en 2025. Pero brillaron por su ausencia las exploraciones de cuáles fueron los criterios para esa clasificación. 

Para ilustrarlo, tomemos la inflación básica, que es uno de los indicadores usados. The Economist toma la variación anual absoluta a octubre de la inflación básica con relación al 2%, que se asume como meta. Esto da lugar a varios sesgos; los países que en el año anterior se acercaron más al 2%, en la medición más reciente lo harán en menos puntos porcentuales y serán bonificados en el ranking; además, el indicador no dice nada sobre la evolución más reciente ni sobre las expectativas. Para el caso de Colombia, el indicador fue 4,3 puntos porcentuales en octubre de 2024 y 3,3 en octubre de 2025; a pesar de esa reducción, quedó en el puesto 34 entre las 36 economías evaluadas. Pero ocurre que ese 3,3 es mayor que el indicador de los meses anteriores; es decir, la foto falla al no percibir que se está revirtiendo la tendencia, que las presiones inflacionarias están creciendo y que se espera que las tasas de interés vuelvan a incrementarse.

El mismo problema que tiene el ranking de The Economist, lo tienen los exitosos balances que presenta el gobierno. La foto muestra que el desempleo bajó, que la tasa de cambio se apreció y que el salario mínimo se incrementó en términos reales en magnitudes sin precedentes. Lo que no muestra es que el país está en una crisis fiscal por la mala política fiscal y que nos deja una economía que en los próximos años crecerá al mediocre 2,5% anual.

Tampoco muestra que el bienestar de la población menos favorecida se deteriora día a día con el chuchuchu que quebró el sistema de salud, que los jóvenes pobres no podrán acceder a la educación superior porque se eliminaron los subsidios del Icetex, que miles de familias no tendrán vivienda porque se suspendió el programa Mi Casa Ya y que el exorbitante incremento del salario mínimo, que beneficia al 10% de los empleados, erosionará los ingresos reales del 100% de la población pobre y de clase media.

La inflación que ya registraba presiones alcistas las incrementará por el efecto del salario mínimo. El país queda ad portas de una crisis energética y las familias de clase media y baja deberán pagar una factura creciente de gas por la pérdida de la autonomía en el abastecimiento, resultante de la inoportuna política contra los combustibles fósiles. En fin, enderezar la economía es la titánica tarea que le espera al próximo gobierno.

Economía a la Trump

martes, 10 de enero de 2017
Publicado en la Revista Misión Pyme No. 94, diciembre 2016 - enero 2017

Los analistas señalan que el malestar de la clase media en Estados Unidos (EEUU) explica los sorprendentes resultados de la votación en la que fue elegido Donald Trump como presidente.

Arianna Huffington, desde 2010 llamó la atención sobre el notorio descontento de ese grupo en su libro Traición al sueño americano. Cómo los políticos han abandonado a la clase media. En él demuestra la pérdida de bienestar por recortes del gasto social en muchos estados, especialmente desde la crisis de 2008-2009.

Además, varios economistas, como Joseph Stiglitz, habían revelado la creciente concentración del ingreso. Señaló Stiglitz, en el libro El precio de la desigualdad (2012), que el uno por ciento de los más ricos es dueño de un tercio de la riqueza total de la economía de EEUU. “Mientras que al 1 por ciento más alto las cosas le iban fabulosamente, la mayoría de los estadounidenses en realidad estaba empobreciéndose”.

Ese empobrecimiento aumentó con la crisis; millones de familias perdieron sus viviendas y sus empleos y muchas se vieron precisadas a consumir su ahorro pensional.

En el mercado laboral se perdió la estabilidad del empleo y aumentó la población con desempleo de largo plazo, lo que, sugiere Huffington, repercutió en cambios en la percepción sobre la democracia en los grupos sociales afectados.

Para completar, la globalización indujo la relocalización o la quiebra de muchas industrias. Según Huffington, “en algunos casos, poblaciones enteras caen en una depresión permanente cuando desaparecen sus industrias principales”. Para ilustrarlo relata el caso de Mount Airy (Carolina del Norte), un pueblito de 9.500 habitantes en el que la industria textil y de confecciones generaba más de 3.000 empleos. Entre 1999 y 2010 las empresas quebraron y se perdieron esos trabajos; eran personas que no estaban preparadas para otro tipo de labores o, por la edad, era difícil su contratación o su capacitación para otras actividades.

El creciente descontento en el país se canalizó contra los migrantes, las élites que gobiernan el país y la globalización. Esta última se identifica claramente con la relocalización de empresas en países con mano de obra más barata, y con el aumento de productos importados que compiten o sustituyen la producción nacional.

Este fue el público al que Trump cautivó. De ahí que parte de sus promesas van contra la globalización: volver a traer las empresas que se fueron a otros países; renegociar el NAFTA o salirse de él; salirse del Acuerdo Transpacífico (TPP), que aún no ha sido ratificado; y reducir el enorme déficit comercial, que casi en un 50% es explicado por el comercio con China. En este último caso, Trump dijo expresamente: “Yo pondría impuestos a los productos que vienen de China... Y el impuesto debe ser del 45%” (New York Times, 7 de enero de 2016).

En el mundo hay temor por las consecuencias de implementar esas promesas contra la globalización. No obstante, la lógica da pocas posibilidades de aplicación, como lo muestra el caso con China.

En primer lugar, en el marco de la OMC imponer aranceles a solo un país miembro va contra el principio de Nación más Favorecida (NMF); no se puede discriminar a un país, pues este principio obliga a extender a todos los miembros de la OMC el mejor trato que ofrezca a uno de ellos.

En segundo lugar, es erróneo sancionar a China porque genera la mayor parte del déficit comercial de EEUU. La organización de la producción mundial en cadenas globales de valor volvió irrelevantes las mediciones tradicionales de comercio internacional, como la balanza comercial.

A manera de ejemplo, un estudio de la OMC calculó que la balanza comercial de EEUU en iPhones en 2007 fue deficitaria con el mundo en US$1.900 millones, resultado que fue totalmente explicado por China. Pero el comercio medido con la nueva metodología de la OMC y la OCDE basada en el valor agregado, encuentra que el déficit con China apenas llegó a US$73 millones, esto es, el 3.8% del total. En cambio, Japón explica el 36%, Alemania el 18%, Corea el 14% y el resto del mundo el 29%.

Esto evidencia que el uso de aranceles es obsoleto en la economía globalizada. En el mejor de los casos la consecuencia de un arancel del 45% solo a China, sería el aumento del precio de los iPhones a los consumidores de EEUU; en el peor, Apple quebraría, por la pérdida de competitividad frente a los fabricantes de otros países; otra opción sería el traslado del ensamble a terceros países, mejorando la balanza comercial con China, pero no la global.

En tercer lugar, la experiencia de la Gran Depresión demuestra que los obstáculos al comercio internacional generan reacciones en cadena. Con la Ley Smoot-Hawley, que aumentó los aranceles de EEUU, otros países del mundo incrementaron las barreras a las importaciones. El balance fue el deterioro del comercio mundial, con impactos negativos para todas las economías; ese mismo episodio se podría repetir en este hipotético caso.

Es claro que en la actual situación el primer país en reaccionar sería China, que podría imponer barreras a productos sensibles de las exportaciones de EEUU, como las agropecuarias y las de la industria automovilística.

En cuarto lugar, parte de las elevadas reservas internacionales de China están invertidas en bonos del tesoro de los EEUU. En agosto de 2016 su inversión ascendió a US$1.2 billones, que representan el 30% de las tenencias en manos de extranjeros. En un escenario hipotético en el que China resolviera salir rápidamente de sus bonos, propiciaría el desplome del dólar y nefastos efectos en los mercados financieros mundiales.

En síntesis, si el presidente Trump no quiere profundizar el estancamiento de las economías desarrolladas, ni ocasionar una guerra comercial en la que solo habría perdedores, tendrá que revisar sus planes de gobierno y aterrizarlos para reducir o eliminar los temores que hay en el mundo… Si no va contra

Al Sur

jueves, 19 de septiembre de 2013
Publicado en Ámbito Jurídico No. 378, el 16 de septiembre de 2013


No me refiero al famoso vals de Jorge Villamil, sino al término utilizado en comercio internacional para describir el bloque de economías en desarrollo. La contraparte es el Norte, que comprende el conjunto de economías desarrolladas.

¿Por qué hablar del Sur? Porque está en ebullición; viene cambiando a gran velocidad y esa tendencia se consolidará en las próximas décadas. Y porque los empresarios, los políticos, los académicos y, en general, los ciudadanos de un país como Colombia, que es parte de ese bloque, deben conocer para dónde va el Sur, con el fin de identificar los efectos, las amenazas y las oportunidades que conlleva ese proceso.

Entre 1970 y comienzos de los 2000, el Sur representaba alrededor del 20% del PIB mundial. Pero en los años siguientes la participación se disparó hasta el 34%; esto es, en menos de 10 años su peso relativo en la economía global se incrementó en 14 puntos.

De entrada, hay que decir que el motor de esos cambios del Sur está en Asia. La notable dinámica de economías como China, Corea e India, explican la mayor parte del incremento y lo seguirán explicando. Así se deduce de un documento reciente del BBVA, según el cual, en la actual década (2012-2022), el 56.4% del crecimiento del PIB mundial será explicado por las economías de Asia, excluyendo a Japón.

Otro cambio que se avecina es el del peso relativo del Sur en el comercio mundial. Tradicionalmente el mayor porcentaje del comercio mundial correspondía a los flujos Norte-Norte; pero su participación, que a mediados de los años ochenta representaba el 65% del total, viene declinando y se espera que hacia el 2018 sea superada por los flujos de comercio Sur-Sur.

La consecuencia más significativa del mayor crecimiento ha sido la reducción de la pobreza y el aumento de las clases medias en el Sur. Se espera que estos dos comportamientos se mantengan en las próximas décadas y, de nuevo, con especial concentración en Asia. Un estudio de Homi Kharas para la OECD (“The emerging middle class in developing countries”) estima que en el 2030 el 66% de la población de clase media en el mundo, estará en Asia Pacífico; en América Latina, si bien el número absoluto de personas en este nivel de ingresos pasará de 181 a 313 millones, su participación en el total de la clase media se reducirá de 10% a 6%.

Son evidentes los impactos que el aumento de la clase media tendrá en la demanda global de productos como los alimentos (en una región que ya es deficitaria), en bienes de consumo duradero y en servicios como la educación, la salud y el turismo.

La provisión de estos bienes y servicios se dará en un entorno de menores obstáculos al comercio, como se deriva de la actual tendencia a la negociación de mega-acuerdos.

Los tradicionales TLC están dando paso a la integración de diversos acuerdos regionales, que implicarán la convergencia de disciplinas comerciales. Lo interesante es que en varios de ellos solo participan economías asiáticas, como en el caso del que están negociando Japón, China y Corea o del Regional Comprehensive Economic Partnership, entre 16 países de Asia y Oceanía.

Hay otros en los que se mezclan diversas regiones del Sur con el Norte, como el Trans-Pacific Partnership, con 11 países, y del cual hacen parte México, Perú y Chile. Hay uno del Norte (TLC Unión Europea – Estados Unidos) y uno de América Latina: La Alianza del Pacífico, que la integran Chile, Colombia, México y Perú, y cuenta con 19 países observadores tanto del Sur como del Norte.

Estos mega-acuerdos serán en poco tiempo el canal básico para la inserción en las cadenas globales de valor y el fortalecimiento del comercio intraindustrial.

¿Qué implicaciones tiene esto para Colombia? Que hay que moverse y aprovechar las ventajas de estar en el Sur. Se debe seguir fortaleciendo la inserción en la economía global, impulsar la vinculación de las empresas en las cadenas globales de valor y aumentar el comercio intraindustrial con la región; esto es vital para acelerar el desarrollo de la industria nacional y del sector de servicios.

Finalmente, la Alianza del Pacífico, como mega-acuerdo, es el vehículo para fortalecer las relaciones con Asia y con los otro mega-acuerdos. También hará posible el aprovechamiento de todo el potencial de demanda de bienes alimenticios de valor agregado.

Lo que no puede hacer Colombia frente a este creciente protagonismo del Sur es adoptar la estrategia del avestruz que quieren forzar algunos sectores promotores de paros. No es demandando políticas proteccionistas y generando miedos infundados frente a los TLC como saldremos del atraso. Esa sería la mejor opción para terminar desplumados y quedarnos del tren del desarrollo.