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La destrucción del agro

jueves, 24 de noviembre de 2022

 

Publicado en Portafolio el 24 de noviembre de 2022

En el lanzamiento del Informe Nacional de Competitividad, el director del DNP afirmó: “Vimos pasar las importaciones de alimentos básicos de un millón de toneladas a 15 millones… El pésimo manejo que hicimos de la bonanza del petróleo y del carbón… nos llevó a destruir el aparato agropecuario del país…”.

Aun cuando no quedó claro si la destrucción del agro es consecuencia de las importaciones y/o de la bonanza, cabe presumir que es por lo primero, pues la bonanza también fue de precios de los productos agropecuarios. Además, culpar a las importaciones es consistente con la hipótesis de soberanía alimentaria, que suscribe el presidente Petro.

Es obvia la necesidad de profundos cambios para sacar el agro del atraso. Pero, según el Dane, este año el sector agropecuario ha generado el 5,9% del PIB; más que la construcción (4,8%), el sector financiero (4,8%), la minería (3,9%) y las comunicaciones (3,2%), y ninguno de ellos está destruido. Además, ese aporte supera al de México (3,4%), Brasil (5,2%) y Chile (3,3%), que son destacados exportadores de productos agropecuarios.

El sector agropecuario aporta el 14,7% del empleo nacional en lo corrido de este año y solo es superado por el comercio (18,1%). Esa contribución es muy superior a la observada en los países mencionados. Las importaciones del ámbito agro (OMC), fueron 13,8 millones de toneladas en 2021. Lo primero que sobresale es que ellas no son solo “alimentos básicos”; hay muchas materias primas que son utilizadas para elaborar insumos de la actividad agropecuaria; por ejemplo, tortas de soja y preparaciones para la fabricación de alimentos para animales.

Lo segundo, es que 10 productos representaron el 83,8% del volumen total; maíz, trigo y cebada fueron el 60,2%. En maíz, la producción nacional ha seguido aumentando; pero sustituir las importaciones, como lo plantea la ministra de agricultura, implica triplicar los rendimientos por hectárea para sustituir el 67% de las importaciones, que es abastecido por Estados Unidos. La alternativa es subir los precios de la carne, al usar solo maíz nacional en la producción de alimentos concentrados.

Lo tercero es que las importaciones de trigo y cebada son prácticamente el 100% del consumo nacional, porque son productos típicos de las zonas templadas y no del trópico. Se podrían sembrar en el país; pero como la productividad sería muy baja, los consumidores tendrían que pagar pan y cerveza a precios muy superiores a los actuales.

El director del DNP es un destacado académico y gran conocedor de los problemas del país. Por eso no debería contagiarse de sus colegas, que lanzan juicios sin evaluar las potenciales consecuencias negativas para el país y para el propio gobierno.

¿Hay importaciones agropecuarias masivas?

jueves, 3 de abril de 2014
Publicado en Portafolio el jueves 3 de abril de 2014

En Colombia está funcionando de maravillas el ‘teléfono roto’, o algunos grupos ‘cazadores de rentas’, como los denominan los economistas, están aplicando la técnica de Goebbels: “Una mentira repetida mil veces, acaba convirtiéndose en verdad”. Al parecer, se proponen seguir tergiversando el impacto de los TLC en el sector agropecuario, ganar adeptos para nuevas movilizaciones y ver qué dividendos pueden sacar.

Está demostrado que los TLC no han tenido impactos negativos en la agricultura. Aun así, con el objetivo de promover otro paro agrario, se siguen lanzando declaraciones como las siguientes:

-“En noviembre el agro siguió perdiendo con los TLC”.

-“Freno y mayor regulación a las importaciones de alimentos bajo los tratados de libre comercio reclamaron en Cali los diferentes gremios de la producción agropecuaria, tras señalar que esos productos extranjeros están diezmando al sector”.

-“Nos hemos cansado de solicitar reiteradamente del gobierno nacional la aplicación de medidas contracíclicas compensatorias para paliar esa coyuntura de los TLC en la actual cosecha”.

¿Es cierto que las importaciones agropecuarias crecieron desmesuradamente? Aun cuando esa apreciación se refuta con las cifras de 2013, pues cayeron en 27 mil toneladas, podemos evaluar el periodo 2011-2013, cuando entraron en vigencia varios TLC.

Según el Dane, las importaciones agropecuarias (ámbito OMC) pasaron de 8,5 a 9,7 millones de toneladas en ese periodo. ¿Es desmesurado ese crecimiento? ¿Qué explica el incremento de 1,2 millones de toneladas?

Los 1,2 millones se descomponen en productos ganaderos (64 mil toneladas), agrícolas (694 mil) y agroindustriales (452 mil).

Aparentemente, la producción agrícola sufrió una mayor exposición a la competencia externa, de lo cual algunos coligen que la está diezmando. Pero su incremento resulta del crecimiento de 834 mil toneladas en cereales y la caída de 140 mil toneladas en los demás agrícolas.

El incremento de los cereales se concentró en maíz (815 mil toneladas); sorgo (26 mil); y arroz (118 mil). Trigo y cebada cayeron en 121 mil y 7 mil toneladas, respectivamente.

El cultivo de estos dos últimos productos prácticamente desapareció del país. Y no por efecto del neoliberalismo, que es la trillada explicación de ciertos analistas, sino porque son cultivos de zonas templadas y no de zonas tropicales. Ya en 1970, cuando no había TLC, se importó el equivalente al 68% de la producción de cebada y casi cuatro veces la de trigo.

La tecnificación de la producción pecuaria desde hace casi tres décadas aumentó vertiginosamente la demanda de maíz para la industria de alimentos concentrados. Pero la producción no respondió y, aun cuando registra una tendencia creciente, hay una brecha equivalente al 75% del consumo, que se atiende con importaciones.

El sorgo también se importa para alimentos concentrados. Pero, a diferencia del maíz, su producción viene declinando en Colombia desde comienzos de los noventa. Las importaciones de 2013 fueron 17 veces superiores a la producción.

En los agroindustriales, que son los segundos más afectados, el 92% de la variación absoluta se explica por cuatro productos: residuos de la industria alimentaria (27,7%) que son insumo de la producción de alimentos concentrados, azúcar (24,1%), bebidas (21,9%) y soya (18,7%).

En azúcar, la producción doméstica se estancó desde 2004 y fue afectada por el paro de corteros en 2008 y el crudo invierno de 2010; para atender los mercados industrial y de consumo humano, y la nueva demanda de las fábricas de etanol, las exportaciones disminuyeron. A pesar de las importaciones, según el Informe Anual 2012-2013 de Asocaña, el consumo per cápita cayó durante 2007-2011.

Es cierto que las importaciones de algunos productos, como el arroz, están creciendo con la vigencia de los TLC. Pero se trata de volúmenes previstos desde la negociación los acuerdos, que en el caso de los contingentes representan porcentajes pequeños del consumo nacional.

En general, se acordaron tiempos de desgravación y exposición gradual a la competencia para poder ajustar las brechas de productividad de los productos sensibles. No obstante, como acabamos de reseñar, no son ellos los que están explicando el mayor volumen de importaciones.

Por último, las importaciones de los sensibles del paro agrario, con excepción de papa que creció 6,6%, registraron caídas en 2013: leche en polvo (-72,2%), lactosuero (-12,8%), fríjol (-26,0%), tomate (-56.0%), arveja (-13,2%). 

Con ese panorama, ¿qué tal un cierre de importaciones como medida contracíclica? ¿Qué pasaría con el abastecimiento interno? ¿Y con los precios al consumidor? El laboratorio del vecindario es ilustrativo.

No hay que seguir buscando el muerto aguas arriba, sino enfocarse en los verdaderos problemas del sector y buscar soluciones acordes con un mundo globalizado. En buena hora el Gobierno Nacional convocó la Misión Rural y su conformación abre muy positivas expectativas para el rediseño de la política agropecuaria.

TLC y agricultura: entre la realidad y la fantasía

jueves, 16 de enero de 2014
Publicado en Portafolio el jueves 16 de enero de 2014


Si la Junta Directiva del Banco de la República aumenta la tasa de interés un viernes, resultaría absurdo que los medios le pregunten el siguiente lunes por los efectos que ha observado en la tasa de inflación. Y sería absurdo porque existen rezagos entre la decisión de la autoridad monetaria y la observación de los resultados esperados.

Algo similar ocurre cuando los acuerdos de libre comercio (ALC) entran en vigencia y a las pocas semanas algunos sesudos analistas pretenden achacarle la culpa de los problemas de un sector, caso que ya se vio con el paro agrario.

La realidad es que el rezago en los ALC es mucho más largo que el de la política monetaria. Como lo enfatiza un documento de la Comisión Europea, que evalúa el acuerdo de ese grupo con Corea del Sur:

“Transcurrido poco más de un año de su funcionamiento, aún es demasiado pronto para evaluar el pleno impacto del ALC, una vez que las disposiciones relativas a las medidas arancelarias y no arancelarias de liberalización, así como las medidas sobre los servicios y las inversiones, entrarán en vigor a lo largo de un período más largo”.

No obstante, esto no implica que no se pueda hacer un seguimiento continuo de la forma en que se van reflejando la reducción arancelaria y otras medidas acordadas sobre el comercio y otras variables. Pero en este caso es imprescindible aplicar el rigor analítico.

Con ese rasero se debe evaluar el reciente estudio de Barberi (“La agricultura, los pequeños productores agropecuarios y el primer año de vigencia del acuerdo de libre comercio suscrito con Estados Unidos”), que pretende evaluar el impacto del primer año de vigencia del ALC de Colombia con los EEUU sobre la “agricultura y los pequeños productores agropecuarios”.

Desde el mismo título hay imprecisiones, pues el autor afirma que “los indicadores… que se estimarán no permiten medir el impacto del Acuerdo sobre un determinado grupo de productores”. En plata blanca, esto significa que no puede medir el efecto sobre la producción campesina que es lo que prometió en el título.

El argumento central del documento es que el crecimiento de las importaciones de alimentos desde EEUU representa una “amenaza para los productos de economía campesina”.

El autor cae en el error habitual de los críticos de las negociaciones comerciales, al desconocer lo que está ocurriendo en el resto del mundo. Por eso no ve que en gran medida el resultado observado en las importaciones de productos agropecuarios desde EEUU refleja una sustitución de proveedores, posiblemente relacionada con los conceptos teóricos de desviación y creación de comercio.

El volumen importado de estos productos desde EEUU en enero-septiembre de 2013 aumentó en 602 mil toneladas con relación al mismo periodo de 2012; con esto se recuperó parcialmente el terreno perdido a septiembre de 2012 (-716 mil toneladas con respecto a septiembre de 2011).

La sustitución es evidente, pues las importaciones agropecuarias del resto del mundo cayeron 615 mil toneladas a septiembre de 2013, mientras que en el periodo anterior habían crecido en 1.5 millones de toneladas.

Barberi seleccionó 14 productos que, según él, reflejan la sensibilidad de la economía campesina a los ALC. En su revisión de las importaciones de los nueve primeros meses de vigencia del TLC (no el año que anuncia en el título), detectó cinco productos con riesgo alto (arroz, lactosuero, leche en polvo, carne de cerdo y maíz blanco), cinco con riesgo medio (trigo, carne de pollo, zanahoria, arveja y tomate) y cuatro con riesgo bajo (fríjol, cebolla, maíz amarillo y sorgo).

Tomando un periodo de 16 meses de vigencia del ALC (que debería mostrar aún más los impactos negativos) y comparándolo con los 16 meses anteriores, se observan datos interesantes. En cinco productos el valor las importaciones desde EEUU registró variaciones absolutas negativas, incluidos dos de los de “riesgo alto”, y en dos de ellos también cayeron las importaciones del resto del mundo. En dos productos el crecimiento de las compras a EEUU se compensa con caídas del resto del mundo; y en cinco crecen las importaciones de ambas fuentes. Por último, la mayor variación corresponde a trigo, producto del cual el país importa el 98% del consumo.


Importaciones de 14 productos agropecuarios desde EEUU y el resto del mundo (US$ millones)
Fuente: Dane, Dian, MinCIT; cálculos del autor.

El análisis debe tener en cuenta que en productos como carne de pollo, lácteos y arroz se negociaron contingentes que en ningún caso superan el equivalente al 3% de la producción anual.

En total los 14 productos importados desde EEUU registraron un incremento de US$20 millones entre los dos periodos, mientras que del resto del mundo aumentaron US$233 millones.

En síntesis, como reza el aforismo atribuido a Patrick Moynihan, “todos tenemos derecho a tener nuestras propias opiniones, pero no nuestros propios hechos”.

Pinocho y los TLC

viernes, 4 de octubre de 2013
Publicado en Portafolio el 4 de octubre de 2013

Pasada la efervescencia del paro agrario, una mirada más reposada y con nuevos datos pone en evidencia cómo manipulan la información algunos supuestos defensores de los campesinos colombianos. En su desesperado afán de endilgar todos los problemas del agro a los TLCs, no dudaron en lanzar afirmaciones poco fiables.

Es claro que el campo colombiano vive una compleja problemática, gestada a lo largo de varias décadas y fuente del malestar social reflejado en el paro. Pero ella no se puede solucionar buscando chivos expiatorios sino encontrando la raíz real de los problemas. Y a eso no contribuyen aquellos que buscan pescar en rio revuelto, con perlas como las siguientes:

El senador Jorge Robledo afirma que “el libre comercio es la causa de la crisis agraria”. Ese es un eslogan que suena bonito, vende bien y genera alianzas, antes imposibles, con aquellos que nunca piensan en el bienestar del consumidor pero sí en preservar su estado de confort.

Curiosamente, pocos días antes de esa afirmación, Portafolio titulaba: “Colombia, la segunda economía más cerrada de A. Latina”. Muchos siguen creyendo que la apertura unilateral de 1991 volvió al país una economía abierta y de libre comercio. Pero con su táctica del avestruz, no ven que el mundo se siguió moviendo mientras aquí nos quedamos maquinando cómo “neutralizar” el “neoliberalismo”.

No de otra forma se pueden entender los resultados del Global Competitiveness Report 2013–2014: en la variable “prevalencia de barreras al comercio”, Colombia está en el puesto 131 entre 148 países; en el de la tarifa arancelaria en el 82, aun después de la reforma arancelaria de 2010 y del diferimiento para bienes de capital e insumos no producidos; y en los coeficientes de apertura en el 143 en importaciones y en el 137 en exportaciones. ¿Es este el libre cambio a la colombiana que explica el paro?

En el mismo artículo el senador Robledo afirmó que: “…arroz, cárnicos, lácteos, oleaginosas, papa, azúcar y hortalizas… vienen desapareciendo con los TLC suscritos y la Alianza del Pacífico, como lo muestra el otro millón de hectáreas de agricultura eliminada entre 2000 y 2012”. Esta afirmación es falsa de ‘cabo a rabo’.

Para empezar, la Alianza del Pacífico no puede estar “desapareciendo” cultivos por la simple razón de que no está vigente. La negociación comercial apenas concluyó a finales de agosto y debe ser aprobada como ley por el Congreso y revisada por la Corte Constitucional antes de entrar en vigencia.

Con relación al área cultivada, las cifras del MinAgricultura indican que en ese periodo, excluyendo café que no tiene datos completos, creció en 240 mil hectáreas. Y respecto a papa, azúcar, hortalizas, oleaginosas y carnes de res, pollo y cerdo, la producción tiene las oscilaciones naturales, pero su tendencia es claramente ascendente; en el caso de leche hay un estancamiento reciente, pero no una caída; y solo en arroz riego se reduce la producción en los últimos años.

La representante Pinilla trinó el 28 de agosto: “TLC con UE puso en total riesgo producción de leche, quesos y mantequillas colombianas por eso se justifica el #ParoNacional”. Este debe ser el TLC con el impacto más veloz en la historia comercial del mundo; entró a regir el 1 de agosto de 2013 y en 27 días tenía en riesgo al sector lechero.

En esa negociación, quedó un contingente de leche en polvo de 4.000 toneladas, equivalente al 0.6 por ciento de la producción anual nacional, y por fuera de él se aplica un arancel del 98 por ciento que se desgrava a 17 años. ¿Será un tiempo suficiente para mejorar la productividad y neutralizar el “riesgo”?

En otro de sus trinos dijo: “Importaciones de alimentos pasaron de 252.516 t en el 1er trimestre del 2011 a 385.196 t en el primero del 2012 TLC con #EstadosUnidos”. Esas cifras son falsas, porque entre los dos periodos mencionados el volumen se redujo en 71.1 por ciento; pero, más importante aún: el TLC con Estados Unidos no estaba vigente en el primer trimestre de 2012.

¡Ese es el tipo de “verdades” con las que defienden a los campesinos! Y con ellas crearon un ambiente que impidió a los ciudadanos de a pie asimilar objetivamente la información con la que el gobierno demostró lo enclenques que eran esos argumentos.

Por si hiciera falta algún dato objetivo más, los resultados del PIB del primer semestre de 2013 que acaba de publicar el Dane, indican que la papa creció 13.5% respecto al 2012, corroborando una buena cosecha que pudo reducir los precios ¿Aun así seguirán sosteniendo que está “desapareciendo” por los TLC, y que eso justifica los paros?

Alimentos: ¿Oportunidades o Apocalipsis?

lunes, 29 de julio de 2013
Publicado en Ámbito Jurídico, Vol. XVI, No. 374, 22 de julio al 4 de agosto de 2013


Algunas sombrías voces pretenden imponer en la opinión pública ideas apocalípticas sobre las perspectivas de la agricultura colombiana con los acuerdos comerciales que están entrando en vigencia.

Al calor de las situaciones recientes en que los cultivadores de algunos productos han realizado movilizaciones de protesta por la reducción de sus ingresos reales –generados por factores de la coyuntura internacional o por problemas específicos de la producción, como plagas, o alteraciones climáticas–, aparecen oportunistas que tratan de aplicar el famoso adagio: “en río revuelto ganancia de pescadores”.

Esas visiones generan actitudes derrotistas que eventualmente originarían casos de profecías autorrealizadas; pueden por ejemplo, inducir a los empresarios de un sector del agro a desistir de su actividad, en lugar de perseverar y buscar la forma de superar los cuellos de botella que los afectan. Con ello, el país desperdiciaría las oportunidades que tiene no solo por su dotación natural sino por la situación proyectada a nivel mundial para los productos del agro y especialmente para los alimentos.

En el tema de alimentos en el mundo el punto de partida ya es complejo: en siete de los últimos ocho años creció más el consumo que la oferta, y el crecimiento de los rendimientos se viene desacelerando.

La creciente demanda de alimentos no solo proviene de las economías más pobres que no tienen una producción suficiente. También hay economías desarrolladas y emergentes de rápido crecimiento, que registran déficits cada vez mayores en estos productos. China, por ejemplo, importa alrededor de 95 millones de toneladas de alimentos por año; Japón, 42 millones; Alemania, 33 millones; Corea del Sur, 24 millones; Italia, 25 millones; Egipto, 23 millones; y Rusia, cerca de 15 millones. Para las próximas décadas es posible que esa brecha tienda a ampliarse, por la sostenida dinámica de la demanda y la incierta capacidad de reacción de la oferta. La mayor fuente de demanda provendrá del crecimiento de la población y del crecimiento de las clases medias, a medida que se reduce la pobreza en las economías en desarrollo.

Homi Kharas en un estudio para la OECD (“The emerging middle class in developing countries”) estima que las clases medias en el mundo se incrementarán en más de 3.000 millones de personas entre 2009 y 2030. Este crecimiento repercutirá en una mayor demanda de alimentos, toda vez que la población que sale de la pobreza destina un porcentaje alto de sus ingresos a mejorar la dieta alimenticia.

Según la FAO, para el 2050, mientras la población mundial se incrementará en 34% con relación a la de hoy, la producción de alimentos tendrá que aumentar en un 70%, lo que plantea un reto para la agricultura.

La respuesta de la oferta está en función de mejorar los rendimientos, aumentar la frontera agrícola y contar con buena disponibilidad de agua. Con relación al primero, como ya se enunció, su variación viene siendo cada vez menor, lo cual solo puede ser revertido mediante innovaciones tecnológicas.

Sobre el segundo, estima la FAO que las economías en desarrollo deben crecer en 120 millones de hectáreas las tierras en cultivo y que el 50% de ellas están en siete países: Angola, Argentina, Bolivia, Brasil, Colombia, República Democrática del Congo y Sudán.

En el caso de Colombia, es conocido que hay disponibilidad de tierras con vocación agrícola y agroforestal, para duplicar las 4 millones de hectáreas que actualmente están en cultivos y las 10 millones en agroforestal. Esto requiere como complemento la reducción de áreas en ganadería extensiva y su mejora tecnológica para reducir costos, mejorar eficiencia y crecer la oferta.

En agua, el mundo afronta una creciente escasez en varias regiones, bien sea por problemas climáticos o por efectos de la destrucción de páramos, la deforestación y la contaminación de fuentes, lo que restringe la expansión de la producción de alimentos, especialmente mediante sistemas de riego. Según la FAO, “hoy, más de 1.200 millones de personas viven en regiones con escasez de agua y para 2025 serán más de 3.000 millones”.

Según este organismo, los recursos totales de agua en el mundo ascienden a 47.750 km3/año, y la región con mayores recursos es Latinoamérica, con el 30.1%. Colombia se clasifica como el séptimo país del globo en riqueza hídrica.

En este contexto, son claras las potencialidades de aprovechamiento que surgen para Colombia, especialmente en aquellos mercados en los que tiene acceso preferencial permanente. Con un uso adecuado de los recursos, el énfasis en la superación de los problemas sanitarios, la destinación de más recursos a investigación y desarrollo, la superación de los problemas de acopio y distribución, y la incorporación de más valor agregado a los productos, los empresarios del campo, en vez de declararse derrotados, tienen la oportunidad de salir beneficiados, y, con ellos, el país.

Los pollos y el teléfono roto

jueves, 28 de marzo de 2013
Publicado en Ámbito Jurídico, Año XVI, No. 366, 25 de marzo al 14 de abril de 2013

Dicen que a un consagrado escritor –posiblemente Ítalo Calvino, Jorge Luis Borges o Ernst Hemingway– le preguntaron qué son los autores clásicos; su respuesta fue: “los clásicos son unos escritores muy famosos de los que todo el mundo habla pero nadie lee”.

Algo similar está ocurriendo con los TLC en Colombia. No hay día en que no se mencionen en los diarios, la radio y la televisión, las revistas de diversa índole, las conversaciones informales y muchos foros gremiales y académicos. Un amplio porcentaje de los colombianos nos formamos ideas y opiniones sobre los tratados comerciales a partir de estas fuentes.

Pero cuando en la mayoría de ellas se pregunta quién ha leído un TLC, generalmente se producen “silencios embarazosos”. Si eso es así, surge el interrogante sobre cómo formamos nuestras opiniones sobre los tratados comerciales y qué tan bien sustentadas están.

Pareciera que las formamos bajo el supuesto de que quienes hacen las afirmaciones en las diversas fuentes han leído y analizado juiciosamente los tratados. Pero si no lo han hecho, como en muchas ocasiones es evidente, estaremos cayendo en la práctica del teléfono roto, aquel juego infantil en el que se empieza a transmitir un mensaje oral de una persona a otra y al final de la cadena se comprueba que se ha distorsionado, por sencillo que sea.

El problema es que ese teléfono roto, aplicado a temas como los TLC es muy perjudicial. Hace que los ciudadanos se creen falsas ideas tanto sobre las bondades como sobre los riesgos que ellos implican. Lo grave es que parte de esa cadena del teléfono roto la integran formadores de opinión con gran influencia en numerosos lectores.

En un caso reciente, Daniel Samper Pizano, prestigioso columnista, hacía un contraste entre la vieja expresión popular “quién pidió pollo” –con la cual se sentenciaba décadas atrás que era un plato de las élites–, y la realidad actual en la que la carne de pollo está al alcance de la mayor parte de los colombianos. Luego, en dos párrafos se despachó contra el TLC de Colombia con EE.UU.

El autor usa la reminiscencia de la mencionada expresión popular para afirmar que ella volverá a ser vigente porque el TLC presuntamente acabará con la avicultura colombiana. ¿Cómo lo demuestra? Da la cifra de importaciones de “gallinas jubiladas” en enero de 2013 (22.672 kilos) y cita de otro artículo de prensa el monto esperado de las importaciones de cuartos traseros para este año: “2.06 millones de kilogramos”; con esos elementos saca su tajante conclusión: “Nos aguarda una avalancha”.

El columnista incurre en el error de retransmitir un mensaje que ya fue mal emitido por el medio del cual tomó el dato. El contingente o cupo de importaciones de cuartos traseros este año no es “2.06 millones de kilos”, sino 28.1 millones; y si con la primera cifra vaticinó una avalancha, ¿qué apocalíptica conclusión habría sacado con la segunda, que es la del texto del TLC?

Afirmar, ´sin ton ni son´, que por “culpa” del TLC las importaciones de cuartos traseros de pollo desde EE.UU. serán de 28.1 millones de kilos, puede generar temor. Pero si se indica que ese volumen equivale al 2.5% de la producción anual de pollo en Colombia, la interpretación es otra.

Una información balanceada sobre la negociación del pollo en este TLC debería indicar como mínimo: 1. Que el arancel aplicado para las importaciones por fuera del contingente es de 164.4% para los cuartos traseros refrigerados y 70.0% para los condimentados. 2. Que esos aranceles se mantienen iguales para los primeros 5 años en el caso de los refrigerados y de 10 años en el caso de los condimentados; solo después de esos plazos comienza su reducción. 3. Que el plazo total para eliminar los aranceles es de 18 años. 4. Que los contingentes de importación de cada año se negociaron de forma que no pongan en riesgo la producción nacional durante el periodo de desgravación; aun suponiendo que la producción no crezca, en el año 17, las 50.645 toneladas asignadas representarían menos del 5% de la producción nacional. Hay varios elementos adicionales, pero estos serían suficientes para brindar al lector una información de mayor calidad.

Quienes se proclaman como voceros, generadores de opinión, analistas, docentes y conferencistas tienen una seria responsabilidad. En el caso que nos ocupa, tienen la obligación de acudir a las fuentes primarias (es decir, los textos oficiales de los TLC), a las secundarias con alta credibilidad técnica, y sopesar las posiciones antagónicas; así, sus opiniones contribuirán realmente con rigurosos argumentos a cuestionar o a elogiar las decisiones económicas de trascendencia nacional y a orientar a la ciudadanía. En caso contrario, seguirán jugando al teléfono roto.

¿Tragedia mexicana?

miércoles, 30 de mayo de 2012
Publicado en el diario La República el 25 de mayo de 2012

Es muy particular que siempre salga a relucir el caso de México para insinuar las presuntas tragedias que ocasionan los tratados de libre comercio (TLC) en el agro.

Veamos algunos casos. Un excandidato a la alcaldía de Bogotá afirma que “en el transcurso de los [primeros] doce años [del NAFTA] la importación de maíz originario de Estados Unidos sumó 58 millones 635 mil toneladas…” y que “las siembras de maíz en México decayeron de 9,5 millones de hectáreas… a 8,5 millones”. Pero no informa cómo han evolucionado la producción y el consumo en ese periodo.

Varios críticos hacen eco de un estudio de la UNAM, según el cual entre 2006 y 2011 el 72% de los campesinos mexicanos quebró como consecuencia del NAFTA. Pese a que solo se conoce un comunicado de prensa, es evidente que el informe ignora los impactos de la crisis mundial y la abrupta caída de las remesas de los migrantes.

Otro crítico afirmó que en México se quebraron 148 mil ganaderos por el NAFTA, con lo que apenas quedan unos 32 mil. La fuente de la información no se conoce.

Las cifras de los censos agropecuarios de México son contundentes frente a esos argumentos. En un artículo del profesor mexicano Héctor Robles (“Una visión de largo plazo: Comparativo resultados del VII y VIII Censo Agrícola Ganadero 1991-2007”) se resaltan aspectos como los siguientes:

Primero, el minifundio creció, por lo que no ocurrió la trágica desaparición de los pequeños productores como algunos pregonan que ocurrió en México y se repetirá en Colombia; el número de unidades productivas de menos de cinco hectáreas se incrementó en 27.1% entre 1990 y 2007.

Segundo, las tierras ejidales crecieron en área en 23.4% en el mismo periodo y, evidentemente, no se privatizaron.

Tercero, el área cosechada de maíz se redujo en 376 mil hectáreas (4.9%), pero la producción se duplicó entre 1990 y 2007, por el notable incremento en los rendimientos. Por lo tanto, es falso que las importaciones estén acabando el cultivo.

Cuarto, en la ganadería bovina, el número de cabezas se redujo en 2.3%. No obstante, los informes de la Confederación de Ganaderos muestran una tendencia creciente de la producción de carne y leche. Como señala el gremio, “el incremento de la producción proviene más de mejoras en la productividad que del incremento en el número de animales”.

El censo muestra que el hato ganadero está distribuido en 1.129.217 unidades de producción, lo que da un promedio de 20.6 cabezas por unidad. Si el número de ganaderos se redujo, implicaría que cada uno aumentó su hato de un promedio de 157 a 727 cabezas.

Ni las cifras de crecimiento de la producción, ni el número de unidades de producción, ni las publicaciones gremiales dan la idea de un desastre en el cual el número de ganaderos se hubiera reducido en un 82%.

Para cerrar, otra cifra. Una fuente bien informada publicó que en Estados Unidos hay 9 millones de vacas en ordeño con una producción de 88 mil millones de litros de leche por año, mientras que en el país se ordeñan 7.4 millones y producen 6 mil millones. La conclusión que deriva de ahí, es sorprendente: ¡Estados Unidos produce 14 veces más que Colombia! Otra versión de Robledo enfrentado a un edificio de 54 pisos.

Muy interesante, pero lo más relevante de esos datos es que una vaca estadounidense produce en promedio 9.778 litros anuales… ¡y una colombiana 811!

Retornando a México, su producción de leche es de 11 mil millones de litros por año, con 2.4 millones de vacas lecheras (FAO y OECD). Por lo tanto, con un tercio de las vacas que tiene Colombia, produce casi el doble, porque su productividad es seis veces mayor a la nuestra.

Obvia la conclusión. ¡Escudriñar más las cifras, divulgar las fuentes y, por encima de todo, crecer la productividad!

Estructura productiva y cadenas de valor

martes, 8 de febrero de 2011
Publicado en Ámbito Jurídico No. 314, 31 de enero al 13 de febrero de 2011


La globalización está cambiando la geografía de la producción mundial y la estructura del comercio internacional. Esa realidad plantea interrogantes a la economía colombiana: ¿La estructura productiva permite atender las nuevas corrientes de demanda mundial? ¿Hacia dónde se debe orientar sectorialmente el país?

Hay actividades, como la minería, que seguirán sin mayores cambios, con el fin de atender la creciente demanda de materias primas de los países líderes del crecimiento global; pero ellos difícilmente pueden generar los encadenamientos y los efectos de arrastre para fundamentar una modernización de la economía colombiana y el cierre de las brechas de ingreso con el mundo desarrollado y con los países emergentes de alto crecimiento.

El sector agrícola tiene grandes retos. El país no aprovechó el auge internacional del periodo 2004-2008 por la escasa oferta exportable, la baja productividad y la alta informalidad. Pero el panorama para los próximos años nuevamente es favorable por el riesgo de escasez alimentaria que enfrenta el mundo. Así lo indica el Índice FAO de precios de los alimentos, que en diciembre de 2010 alcanzó el nivel más alto de las últimas décadas.

El gobierno considera el agro como una de las locomotoras de la economía, por lo que cabe esperar su fortalecimiento y el desarrollo de actividades de alta productividad y fundamentadas en la investigación. Esa es una senda con buenas probabilidades de éxito, como lo muestran las experiencias de Chile, Brasil, Australia y Nueva Zelanda. El reto radica en la velocidad a la que pueda reaccionar la estructura productiva y adaptarse al nuevo entorno.

Con relación a los sectores de manufactura y servicios es imprescindible mejorar la productividad, reducir la informalidad y potenciar las actividades con mayor futuro en la economía globalizada.

Con el fin de aumentar la competitividad, el gobierno viene adelantando el programa de transformación productiva en ocho sectores y se espera la incorporación de al menos otros ocho en los próximos años; el programa comprende sectores establecidos que serán sometidos a un proceso de reingeniería y sectores nuevos y emergentes que registran una creciente demanda internacional.

Aun cuando ese programa llevará a la creación de sectores de clase mundial, se debe buscar su inserción en la nueva “división internacional del trabajo”, definida por la fragmentación geográfica de la producción en el plano mundial. Esto se puede lograr mediante una política explícita o mediante decisiones de los empresarios.

Cada día más y más productos se vuelven globales. De ahí que el “made in” esté perdiendo sentido, mientras que el “design in” gana creciente importancia. Los vehículos, los computadores y la mayoría de los productos de alta tecnología de consumo masivo son el resultado de la integración de partes diseñadas y fabricadas en muchos países y finalmente ensamblados en uno de ellos.

Son múltiples las implicaciones que acarrea ese cambio y es necesario que los empresarios y las autoridades económicas las entiendan y las aprovechen. Por ejemplo, debilitan las mediciones tradicionales del comercio internacional.

Un trabajo reciente de Yuqing Xing and Neal Detert, investigadores del Asian Development Bank Institute (ADBI), titulado “How the iPhone Widens the United States Trade Deficit with the People’s Republic of China”, demuestra esa implicación.

Xing y Detert señalan que en el enfoque tradicional de medición del comercio, Estados Unidos registra un déficit comercial enorme con China, comúnmente explicado por el empeño de éste último en mantener artificialmente depreciada su moneda. Sin embargo, esa perspectiva del problema no tiene en cuenta los cambios estructurales que se han registrado en la integración de cadenas globales de valor y los efectos que ellas ocasionan en la estructura del comercio internacional.

Para ilustrar sus hipótesis, los autores toman el caso del iPhone, un emblemático producto de alta tecnología de consumo masivo, diseñado por la empresa estadounidense Apple. Pero en su fabricación intervienen nueve empresas ubicadas en seis países, incluido Estados Unidos. Todos los componentes son enviados a China en donde se hacen los procesos de ensamble y exportación al resto del mundo.

Las estadísticas de 2009 indican que China exportó a Estados Unidos US$2.023 millones en iPhones; dado que algunas empresas de Estados Unidos exportaron a China insumos para este producto por un monto de US$122 millones, el neto arroja un déficit de US$1.901 millones para los estadounidenses.

Pero los cálculos de los investigadores del ADBI muestran que en China sólo se incorpora el 3.6% del costo total de un iPhone, básicamente por concepto de mano de obra. Por lo tanto la balanza comercial sería superavitaria para Estados Unidos en US$48 millones por concepto de intercambio de este bien entre los dos países; e implícitamente sería deficitaria con los países que fabrican los demás componentes.

Este caso ilustra la forma en que se está articulando la nueva producción global. Y es en esas cadenas de valor en las que el país debe insertase para obtener los beneficios de la globalización. Por lo tanto, hay bienes que el país no tiene que fabricar totalmente, sino especializarse y ser los mejores en el mundo en producir uno o varios componentes de un conjunto de productos o servicios finales.

¿Podremos alcanzar ese objetivo? ¿O nos resignaremos a ver pasar indias y chinas que nos van dejando atrás, porque nos negamos a aceptar la nueva realidad de la organización productiva mundial?

Los TLC y los campesinos

lunes, 6 de diciembre de 2010
Publicado en el diario La República el jueves 25 de noviembre de 2010


Esta semana se presentó un libro sobre el impacto del tratado de libre comercio de Colombia con Estados Unidos en la economía campesina, escrito por tres destacados investigadores nacionales.

El punto de partida es la visión negativa y pesimista que ellos tienen de los acuerdos comerciales. Después de anotar las limitaciones estadísticas de la investigación (no se sabe cuántos campesinos hay ni cuánto producen), señalan que el TLC afecta cultivos que cubren el 29% del área cosechada por la economía campesina y generan el 16% de sus ingresos brutos. En la ganadería el riesgo pesa sobre el 6% de los ingresos de los campesinos; y hay otro 22% en doble propósito, que así como puede enfrentar amenazas tiene oportunidades de exportación.

Por lo tanto, aun cuando los autores no lo hacen explícito, es claro que el 71% del área en agricultura y el 56% de los ingresos totales no se ven afectados, a lo cual habría que sumar el efecto neto de la ganadería de doble propósito.

Los ejercicios realizados por estos investigadores señalan que el ingreso de los campesinos se reduciría en 10% con el TLC y que los productos más afectados serían fríjol, carnes de cerdo y pollo, trigo, sorgo y maíz.

Es muy respetable el punto de partida de los autores, pues no todo el mundo tiene que estar de acuerdo con los TLC. Pero hay aspectos del mundo real que, al ser menospreciados, impiden ver los efectos positivos que espera el gobierno.

Por ejemplo, ver el ATPDEA como sustituto del TLC, no tiene sentido. Esa preferencia unilateral ha sido positiva para Colombia, pero tiene limitaciones. El caso de Bolivia muestra que es temporal; en cambio el tratado asegura un acceso preferencial permanente. Además, no incluye los servicios, que son el sector más dinámico del comercio mundial, ni las medidas no arancelarias, que son el principal obstáculo para los productos del agro; ambos son parte del TLC.

No es razonable seguir incluyendo el trigo como una gran pérdida en los TLC. Desde hace muchas décadas se comprobó que no somos competitivos en ese producto, como no lo es ninguna economía del trópico. Actualmente se importa alrededor del 98% de lo que se consume y aún así ese producto tiene un arancel que paga el consumidor final. Con la entrada en vigencia del acuerdo CAN-Mercosur el cereal se está importando sin gravamen y desde el año entrante también podría ingresar desde Canadá con arancel cero.

Un aspecto que se debe tener en cuenta es la experiencia de otros países que ya tienen vigente su TLC con Estados Unidos o con otras economías desarrolladas. En México, Chile y el Triángulo Norte de Centroamérica no hay evidencias sólidas de la presunta destrucción de la economía campesina. En el primer país, hay debates sobre los efectos; pero en el caso emblemático del maíz, el volumen y los rendimientos han crecido tanto en la producción tradicional como en la de riego; y en la producción de maíz blanco, que es para el consumo humano, prácticamente se autoabastecen.

Otro elemento que no incorpora el estudio es el cambio que se empezó a dar en Colombia como consecuencia de las negociaciones del TLC: la sustitución de protecciones en frontera por ayudas internas, mediante el programa Agro Ingreso Seguro (actualmente en reestructuración). La protección no desaparece y, mientras el Congreso de ese país aprueba el TLC, el sector agropecuario tiene el doble beneficio de aranceles y ayudas internas.

Loable el propósito de los autores desde el punto de vista académico, pero dejan sus pesimistas escenarios sin las recomendaciones de rigor. Sería importante conocer sus opiniones sobre los cambios institucionales que se están generando con los TLC y sobre la situación del consumidor en un escenario hipotético sin tratados.

Competitividad departamental

miércoles, 13 de enero de 2010
Publicado en el diario La República el 16 de enero de 2009


¿Las apuestas productivas departamentales mantienen su vigencia? ¿O fueron desplazadas por la política de sectores nuevos y emergentes y la de sectores “más y mejor de lo bueno”? ¿Tienen algún papel los departamentos en la política de competitividad?

El tema de las apuestas productivas departamentales surgió en 2004 como una idea novedosa de construir el desarrollo regional de abajo hacia arriba; desde lo local hacia lo nacional. Su propósito era generar una reflexión local sobre las potencialidades de crecimiento económico de cada departamento.

El resultado de ese ejercicio ha generado debates porque en su mayoría no fueron apuestas novedosas, predominaron los sectores primarios, en servicios se concentraron en turismo y, en algunos casos, se limitaron a un ambicioso listado de productos.

Para poner en contexto esas evaluaciones es importante recordar que la Agenda de productividad y competitividad tenía dos dimensiones: las apuestas productivas departamentales y las cadenas productivas. Por esta razón el sector industrial no figura en la mayoría de las apuestas departamentales. El análisis de la cadena algodón–fibra–textil–confecciones, por ejemplo, se orienta a superar la problemática común que frena su competitividad; esto hace difícil aislar un solo eslabón dentro de una apuesta productiva departamental (aún así, algunas regiones incluyeron las confecciones). En ese contexto, los departamentos sintieron que sus apuestas quedaban limitadas al sector primario y a los servicios.

Como complemento a la Agenda, en los años recientes el gobierno viene implementando políticas orientadas al desarrollo de sectores nuevos y emergentes y al fortalecimiento de sectores ya existentes. Pero esto no significa que la dimensión regional haya perdido importancia. Todo lo contrario; es necesario darle mayor impulso, pero también un redimensionamiento.

Las apuestas basadas en agricultura y ganadería, se deben enfocar hacia la modernización de la producción, priorizando las actividades con mayor potencial. Los éxitos exportadores del agro colombiano están conformados por organizaciones empresariales modernas tanto en la producción como en la comercialización (café, flores, banano, caña de azúcar y aceite de palma). En cambio, la producción en otros sectores es informal, con baja productividad y carente de los mecanismos que aseguren la calidad, la estandarización y los volúmenes que demandan los mercados internacionales.

Aún tratándose de productos agropecuarios, en el mercado mundial existen lo que Chan Kim y Reneé Mauborgue denominan “océanos azules”: nichos en los que los productos se logran diferenciar y la competencia es menos encarnizada. Eso se puede aprender de las experiencias internacionales de desarrollo basadas en el fortalecimiento del sector primario mediante la combinación de investigación y mayor valor agregado; los casos de Chile, Australia y Nueva Zelanda son ilustrativos.

El Ministro de Agricultura tiene el firme propósito de aplicar en el sector agropecuario las metodologías que viene empleando el Ministerio de Comercio, Industria y Turismo en los sectores nuevos y emergentes y en los sectores “más y mejor de lo bueno”. Esto permitirá el redimensionamiento de las apuestas departamentales basadas en productos agropecuarios, enfocando los esfuerzos con criterios claros y fijando un norte más definido que el reflejado en la versión inicial de las apuestas productivas.

Por último, no se puede perder de vista que el entorno de creciente globalización y el cambio del modelo de desarrollo colombiano hacia un regionalismo abierto acarrearán el surgimiento de nuevos sectores y la relocalización de empresas, que buscarán las regiones del país que cuentan con los mejores entornos para el desarrollo de los negocios. Como lo demostró el Doing Business Colombia 2008, las acciones departamentales sumadas a las nacionales son decisivas en esa materia.

Los anteriores elementos ponen en evidencia por qué las políticas departamentales siguen teniendo relevancia en el plano de la competitividad nacional.

Revolcón sectorial

miércoles, 30 de diciembre de 2009
Publicado en el diario La República el 12 de noviembre de 2008


¡Se cayó la agricultura! ¡Aun no comienza el TLC y ya el sector agropecuario muestra su debilidad! ¡Se aceleró la desagrarización de la economía colombiana!

Expresiones como esta se han demorado en aparecer en las opiniones de ciertos analistas. Pero surgirán cuando desprevenidamente comparen la cifra del peso relativo del agro que todos tenemos en la memoria (12% del PIB) con la publicada para el segundo trimestre de 2008: 8%.

Esto significa que el valor agregado del agro como porcentaje del PIB fue superado por el comercio (11%) y que el de la construcción (5%) se le acerca, pues es el sector que más está ganando participación.

¿Qué ocasionó este trastorno? La respuesta está en algunos ajustes metodológicos en el cálculo del valor agregado sectorial y en el cambio de base de las cuentas nacionales, que pasó de contabilizar el PIB con precios de 1994 a hacerlo con precios de 2000.

El Dane aclaró en una nota metodológica que en la nueva estimación hay dos cambios que reducen la participación del sector agropecuario: la exclusión de los ilícitos y la contabilización de la trilla de café en el sector industrial.

Los cultivos ilícitos fueron introducidos en el cálculo del PIB desde al año 1994; en ese año su valor agregado representó el 1.1% del PIB. Luego de alcanzar un máximo de 1.5% en los años 1999 y 2000, su participación descendió continuamente, como consecuencia de las políticas de erradicación de cultivos, hasta 0.5% en 2007.

Con relación al café, el cambio repercutió en una menor participación de 0.8 puntos porcentuales de la agricultura en el PIB, pero sólo incrementó la del sector industrial en 0.13 puntos porcentuales.

Cuando se compara la participación de los demás sectores en 2007 con las dos bases, se observa que sólo ganan participación la minería, el comercio, los servicios a las empresas y los servicios sociales. En los demás casos se reduce el peso relativo. Si bien hay algunos ajustes metodológicos adicionales a los mencionados, ellos no alcanzan a explicar la totalidad de los cambios.

Queda por lo tanto el impacto que ocasiona el cambio de base. Es ampliamente conocido que el año base de referencia se debe actualizar con alguna frecuencia y que ella implica cambios en los niveles de algunos sectores y en las tasas de crecimiento resultantes.

Este hecho fue evidente con los resultados de 2007. Con la base anterior, se anunció que la economía creció 7.5%; pero con la publicación de la nueva base el crecimiento fue de 8.2% (la revisión posterior lo dejó en 7.7%).

Las diferencias surgen porque el cambio de año de referencia arrastra múltiples factores que modifican los precios relativos de la economía, como por ejemplo, el impacto de los avances tecnológicos o de las diferencias en competitividad entre sectores.

Señala el economista Olivier Blanchard que en el caso de los Estados Unidos, con el cambio de base “se escribía, de hecho, la historia económica cada cinco años”. Para solucionar el problema el Bureau of Economic Analysis (BEA) empezó a calcular desde 1995 el PIB real con un método de índices encadenados. Con esa metodología se usa una base móvil que compara dos años seguidos y reduce los efectos que producen los precios en los pesos relativos de cada sector y en sus tasas de crecimiento.

Nadie duda del profesionalismo del Dane y de su esmero por incorporar las mejoras en la calidad de la información al cálculo del PIB. Sería importante avanzar adoptado una metodología de encadenamientos como complemento de la información actual. Entretanto, el esfuerzo podría orientarse a recalcular series largas que faciliten la vida de los investigadores que las necesitan.

El sofisma de la tortilla mexicana

martes, 29 de diciembre de 2009
Publicado en el diario La República el 13 de julio de 2007

El autor de un artículo publicado en “La Tarde” de Pereira repite una cantaleta que recitó en el Congreso de la República durante los debates al proyecto de ley del TLC.

Con el ejemplo del maíz y las tortillas, el autor pretende demostrar que el Nafta fue un desastre para la agricultura mexicana y que eso mismo ocurrirá en Colombia. Señala que las importaciones de maíz desde los Estados Unidos superaron las 58 millones de toneladas entre 1995 y 2006, mientras el área sembrada se redujo de 9.5 millones de hectáreas a 8.5 millones. Como consecuencia, la tortilla de maíz se ha vuelto muy costosa (el precio se incrementó en 738% en los 12 años), haciendo más oneroso a los mexicanos el consumo de proteínas, calorías, fibra y calcio. Curiosamente se le olvidó mencionar que la producción acumulada en ese periodo ascendió a 231 millones de toneladas y que su crecimiento fue 2% anual, reflejando aumentos en productividad.

Estos argumentos sólo demuestran una cosa: el desconocimiento de la realidad mexicana post­-TLC, pues las cifras oficiales desmienten los argumentos no sólo del autor en cuestión, sino de todos aquellos que los usan como oposición a las negociaciones comerciales.

Los economistas mexicanos Dixia Vega y Pablo Ramírez señalan que “el primer problema en la cadena del maíz se manifiesta a finales de los años 60 y principios de los 70 y consiste en un estancamiento de la producción que afecta el suministro para cubrir la demanda doméstica y que obliga a realizar importaciones significativas del grano. Las primeras importaciones significativas de maíz comienzan en los años 70”. La tendencia creciente de las importaciones se mantuvo en las décadas siguientes a pesar de las políticas de fomento al cultivo.

La Secretaría de Agricultura de México (Sagarpa) publicó este año un documento en el cual indica que la producción de maíz en 2006 fue de 22 millones de toneladas; en 2005 el 92.9% correspondió a maíz blanco, el 6.9% a maíz amarillo y el resto a otras variedades. Sagarpa afirma que “la producción nacional de maíz blanco cubre de manera satisfactoria la demanda de este grano. En varios estados de la República el cultivo se constituye en el sustento directo de millones de personas, tan es así que al consumo humano de maíz blanco se destina más del 50% de la producción nacional, el cual se ingiere en forma de tortilla”. Adicionalmente, señala que “de la demanda total del sector pecuario, el 15% corresponde a maíz blanco (2.1 millones de toneladas) y el 85% a maíz amarillo (11.6 millones de toneladas), el cual en su mayor parte es importado”. Con relación a las importaciones, en 2006 fueron de 7.3 millones de toneladas de maíz amarillo y 0.25 millones de maíz blanco.

Los precios de la tortilla simplemente reflejan lo que sucede con precios sustentados ficticiamente: generan problemas cuando tienen que ser ajustados a la realidad del mercado. Según Sagarpa, “El índice de precios de la tortilla de maíz observó importantes aumentos en los años 1997, 1998 y 1999… Estas variaciones se explican por la eliminación de subsidios a la tortilla, la cual tuvo lugar a finales de los años noventa”. La situación reciente está vinculada al crecimiento de los precios internacionales del maíz por la mayor demanda para la producción de etanol.

En síntesis, Nafta poco y nada tiene que ver con el precio de la tortilla y es artificiosa la pretensión de derivar de ese ejemplo conclusiones sobre el impacto del TLC en la agricultura colombiana.

Y dale con el maíz mexicano

lunes, 28 de diciembre de 2009
Publicado en el diario La Republica el 1 de marzo de 2007
En su reciente visita a Colombia, la Representante Demócrata, Linda Sánchez, señaló que el TLC con Estados Unidos arrasará con el sector agropecuario. Como prueba aportó lo ocurrido en México con el Nafta, que, según ella, ocasionó un desastre, especialmente en el emblemático cultivo del maíz. Esta percepción es aceptada sin discusión por muchos críticos de las negociaciones comerciales.

Es innegable que el crecimiento de la economía mexicana no ha registrado un comportamiento similar al de China y que en el sector agropecuario subsisten problemas serios de pobreza, distribución del ingreso, reducción del ingreso real, migración, rigidez en los mercados de tierras, y rezagos en tecnología e infraestructura, entre otros. Pero atribuir todos los males al tratado con Estados Unidos y Canadá es desconocer la historia de México y olvidar que varios de ellos son complejos problemas estructurales de vieja data.

La posición de los críticos se mantiene inmune a la creciente evidencia empírica que refuta la existencia de tal desastre. Según las cifras oficiales de México, en el periodo 1994-2004 los crecimientos del PIB agropecuario y del PIB agropecuario por habitante rural (1.9% anual en ambos casos) fueron mayores ­que en los periodos 1980–1990 y 1989–1993.

El documento de la Cepal “México: crecimiento agropecuario, capital humano y gestión del riesgo”, comprueba que en el periodo 1988–1993 las tasas medias anuales de crecimiento del valor agregado de los subsectores agrícola, pecuario y pesca y caza fueron negativas, mientras que en el periodo 1993­–2003 fueron positivas.Un estudio realizado por Andrés Rosenzweig, consultor de la Cepal, concluye que entre 1993 y 2003 la producción de los diez cultivos básicos “registró un aumento acumulado de 4.5 millones de toneladas”; adicionalmente, las exportaciones y las importaciones agropecuarias crecieron a una tasa similar, la productividad laboral agrícola creció, y se diversificaron las exportaciones agroalimentarias y pesqueras.

Con relación al maíz, la producción no dejó de crecer. Su tasa media anual de crecimiento en el periodo 1984–1994 fue de 3.61% y la del periodo 1994-2004 fue de 1.74%. El área cosechada se redujo, lo que indica que el incremento en la producción refleja mejor tecnología; los rendimientos aumentaron a una tasa media anual del 1.8% en el primer periodo y de 2.4% durante el segundo.

Si el menor crecimiento en la producción de maíz se atribuye al Nafta, se desconocerían las particularidades de la estructura agraria, la coyuntura internacional y la evolución de la producción en periodos anteriores. La producción de maíz se redujo en 3.2 millones de toneladas entre 1985 y 1989; una caída de esa magnitud y por cuatro años consecutivos no se ha apreciado en el periodo posterior a 1994.

El crecimiento de la producción después de 1994 se concentra en el maíz temporal (producción campesina tradicional). En efecto, mientras que la tasa media anual de crecimiento del maíz riego fue del 11.9% en el periodo 1984–1994, en el periodo 1994–2004 se contrajo al 0.2% anual; entre tanto, el maíz temporal se contrajo en el primer periodo al 0.3% anual, pero creció al 3.2% anual en el segundo.

No obstante que ese resultado permitió un aumento del 1.7% en la producción per cápita de maíz entre 1994 y 2004, la diferencia con el aumento del consumo per cápita se debió atender con importaciones.Es claro que estas cifras no hablan de una catástrofe, aun cuando tampoco de un milagro. Una mirada más equilibrada muestra una experiencia con lecciones valiosas para moderar los problemas y aprovechar mejor las oportunidades del TLC.