El país del NO

miércoles, 30 de diciembre de 2009
Publicado en el diario La República el 11 de septiembre de 2008


Los colombianos nos preciamos de ser emprendedores, gente de iniciativa, “muy vivos” y con mucha “malicia indígena”. ¿Entonces por qué no se reflejan esas cualidades en nuestro nivel de desarrollo?

Quizás porque, como decían los abuelos, no hay nada completo en la vida. Esas potenciales virtudes las neutralizamos con reacciones iniciales de rechazo a cualquier innovación: “no podemos”; “no estamos listos”; “eso es casi imposible”. Son algunas de las expresiones que utilizamos ante las propuestas de cambio.

Pero no paramos ahí. A renglón seguido nos despachamos a criticar todos los detalles de cualquier propuesta novedosa, teniendo cuidado de no plantear alternativas que nos puedan convertir en objeto de crítica. Así se bloquean muchas iniciativas, se demora la adopción de decisiones vitales para el país o lo que sale termina siendo un pálido reflejo de lo que se necesita, cuando no un esperpento que empeora el problema que se pretende solucionar.

Quizás esas sean características que vienen de ñapa con el subdesarrollo, pues (¿afortunadamente?) no tenemos la exclusividad. Un ejemplo, por si hiciera falta, nos ilustra el punto.

Hoy en día Muhammad Yunus tiene fama mundial como uno de los creadores de las microfinanzas y se reconoce ampliamente que ellas mejoran las condiciones de vida de la población más pobre.

Pero no siempre fue así; como relata David Bornstein en su libro “El precio de un sueño”, en 1980 cuando Yunus se empeñaba en crear una entidad bancaria independiente del Banco de Bangladesh, “el proyecto del Grameen Bank recibía críticas desde todos los frentes: de políticos, de académicos, de marxistas y libertarios por igual. Sus argumentos eran diversos; entre todos formaban un conjunto extraordinariamente incoherente: el Grameen era antirrevolucionario, arrojaba migajas al pueblo; los créditos convertían a los aldeanos en minicapitalistas, bajaban los sueldos agrarios y creaban un entorno de intensa competitividad que destruía las opciones de unir a los aldeanos en diversas revueltas. En cualquier caso, el crédito por sí solo era inútil”.

Un problema complementario es que la creatividad aplicada a destruir las propuestas ajenas termina por crear ficciones que son aceptadas como reales por los propios críticos y convertidas en dogmas repetidos por sus áulicos.

Cuenta Jung Chang en “Cisnes salvajes”, que en la dictadura de Mao sus fieles servidores trataban de ocultar las desventajas de la autarquía comunista frente al creciente desarrollo de las economías capitalistas inventando episodios que demostraban la superioridad de su régimen. Así, de la noche a la mañana China alcanzaba rendimientos fantásticos en su agricultura, al tiempo que se gestaba una de las mayores hambrunas del siglo XX, causante de la muerte de millones de personas.

Reacciones similares hemos registrado recientemente en Colombia con la decisión de negociar acuerdos comerciales. Con las nuevas propuestas que se están implementando en materia de transformación productiva, seguramente también proliferarán.

No bien iniciadas las negociaciones del TLC con Estados Unidos, los críticos lanzaron afirmaciones según las cuales se estaba violando la Constitución, los medicamentos genéricos desaparecerían y morirían cuatro millones de colombianos, la industria nacional se evaporaría, etc.

No reconocen que el país se rezagó relativamente frente a la globalización y que ello pone en riesgo la posibilidad de reducir la pobreza en el mediano plazo. Como lo señala el ministro Plata, la realidad es que los tratados negociados y en negociación apenas sí nos nivelarán con el mundo hacia el año 2011.

Lo expuesto no significa que se deba eliminar la crítica. Más bien, que ella no se quede en el cómodo papel de desprestigiar lo que otros proponen; que fortalecida por nuestra viveza y nuestra malicia indígena, sea realmente constructiva y aporte o sepa reconocer y apoyar alternativas viables para el desarrollo.

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