Más allá de los TLCs

martes, 27 de septiembre de 2011
Publicado en el diario La República el 1 de septiembre de 2011


Recientemente un destacado analista hizo su particular evaluación de la agenda comercial de Colombia. Da a entender que las negociaciones han sido una reacción a la demora en la aprobación del TLC con Estados Unidos y al colapso del comercio con Venezuela. Asegura que los mercados con los que se han firmado acuerdos son pequeños y de bajo potencial y sostiene que el país está rezagado en el logro de acceso preferencial a otros mercados.

No es cierto que la agenda comercial haya sido una respuesta a las dos situaciones mencionadas. Ese argumento se desmorona con un repaso cronológico.

El Consejo Superior de Comercio Exterior aprobó en noviembre de 2004 la “Agenda para la integración dinámica de Colombia en el mundo”; ella estableció una priorización de las economías con las cuales el país podría buscar acuerdos comerciales. El escalafón surgió de una metodología basada en criterios técnicos y no del afán de buscar alternativas por presuntas dificultades en la aprobación del TLC con Estados Unidos, pues la negociación apenas había comenzado seis meses antes.

Como los ejercicios técnicos tomaron varios meses, podemos presumir que la idea de elaborar la “Agenda” fue, por lo menos, contemporánea con el arranque de la negociación con Estados Unidos.

La negociación con ese país terminó en febrero de 2006 y el tratado se firmó en noviembre del mismo año; hizo su trámite en el Congreso colombiano en 2007 y fue declarado exequible por la Corte Constitucional en 2008. Lo que está pendiente para su vigencia es la aprobación en el Congreso estadounidense.

Pero antes de la firma, ya se había negociado el acuerdo con Chile y había comenzado la del Triángulo Norte de Centroamérica (TNC) – conformado por Guatemala, Honduras y El Salvador–. Y las dificultades comerciales en Venezuela iniciaron en 2009; para esa fecha ya habían terminado las negociaciones de Chile, Canadá, EFTA y Triángulo Norte y había comenzado la de la Unión Europea. Por lo tanto, es evidente que en 2006 no había los problemas que se mencionan.

Salvo que sea un error, no se entiende cómo se pueden considerar pequeños los mercados de países como Canadá, la Unión Europea y EFTA, que son grandes importadores no sólo de bienes no tradicionales intensivos en mano de obra sino también de productos primarios en los que el país tiene que evolucionar en la agregación de valor. Pero incluso en mercados como el del TNC, con importaciones de US$31 mil millones en 2010, de las cuales Colombia apenas participa con cerca del 2%, su importancia radica no sólo en la posibilidad de crecer el peso relativo en comercio, sino en fortalecer los flujos de inversión colombiana bajo reglas de juego claras.

En ese contexto, no es claro cómo se critica al gobierno colombiano por negociar con estos países, pero se alaba a los de Chile y México porque cuentan con 16 y 14 tratados comerciales, respectivamente. Tal vez el analista no revisó que entre los acuerdos de México y Chile están Nicaragua, Costa Rica, TNC, Panamá, y Uruguay, entre otros.

Por último, está la crítica al rezago del país en materia de tratados negociados. En este aspecto tiene razón el analista, pues a pesar del mandato de la reforma constitucional de 1991 pocos avances hubo en la década siguiente. Esa fue una de las justificaciones para diseñar e implementar la agenda de negociaciones.

Según la Cepal, en 2004 Colombia apenas tenía acceso preferencial permanente para el 24% de las exportaciones, mientras que el promedio de América Latina superaba el 60%.

Si se cumple la meta del gobierno de tener 13 TLCs vigentes para 2014, el país exportará alrededor del 85% con acceso preferencial permanente. Entonces se habrá alcanzado lo que un buen número de países de la región logró 10 años antes.

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